Antojo – La Casa de Asterión

Por Fernando Vixtha / @FerVixtha / fernandovixtha@capitalinoerrante.com


 

“Cómete este chapulín, está muy rico”, Andrés observa a su madre y hace una mueca de asco, parece que hubiera chupado un limón. La madre insiste: “ponle tantita sal, ya verás que te gusta”. Cierra los ojos, con una mano se tapa la nariz y con otra se mete el insecto a la boca. Mastica.

Abre los ojos y busca la bolsa donde están los pequeños bichos crujientes, toma un puñado de ellos y, esta vez sin sal, los devora. Andrés engulle los animalitos como otros niños lo hacen con los chetos. Cuando los chapulines se terminan tiene ganas de brincar y va al patio a saltar la cuerda con sus primos.

1368553748_109418_1368554415_noticia_normalAndrés se acostumbró a probar cosas raras; conejo rostizado, tortas de iguana, sopa de rata. Poco a poco su hambre iba creciendo y su sentido del gusto era más exigente. Una tarde mientras estaba sólo, preparó su primer platillo. Cuando su madre le preguntó si había visto a Bruno, el perro de la familia, Andrés no se atrevió a decir la verdad. Esa noche le aulló a la luna su vergüenza pero no su arrepentimiento; Bruno había sido lo más exquisito que había probado.

El estómago le gruñía como un animal salvaje. Percibió a la mujer a lo lejos y por un momento creyó que sería buena idea invitarla. No fue su rostro ni la ropa que usaba, fue su olor. Le gustaba cocinar pero nadie va a la casa de un desconocido. “Ya será después”, pensó y se acercó a ella.

Pronto comenzaron una relación. “Lo amo, haría cualquier cosa por él”. En el cine ella comía palomitas y él le olía el cabello; durante las noches de baile Andrés sacaba sus mejores pasos, Tania se excitaba al ver sus movimientos; Andrés le decía a Tania qué comer y qué tomar; museos, tardes de películas, a Tania le parecía que Andrés era insaciable: “se come diez rebanadas de pizza y no engorda, no sé cómo lo hace”. Él seguía esperando.

Habían pasado ya un “magnífico primer año”, según Tania, razón por la cual rechazaba irse de antro con sus amigas. “Perdón pero neta que hoy no puedo. Andrés me va a hacer de cenar, lleva mucho tiempo planeándolo”.

Todo estaba muy ordenado. Andrés trabajaba en la cocina. Sobre el comedor había velas, una botella de vino, un plato y un juego de cubiertos. Tania entró. “Te ves muy guapa, dulzura”. Un beso, dos, ella comenzó a acariciarlo mientras él le lamía el cuello. La cena aún no estaba lista así que pasaron a la habitación. Andrés amarró las manos y las piernas de Tania, le vendó los ojos, la olfateó. Después de destazarla, la sirvió en un plató y la aderezó con salsa. Al fin estuvo satisfecho:

—Valió la pena tanta espera, estás justo en tu punto.

—Yo también te amo cariño— desde la cocina venía la voz de Tania, todavía un poco cruda.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


Déjanos un comentario