Capítulo V. Segunda Parte – Una Vida Secreta

Por Mary Jose Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjosehinojosa@capitalinoerrante.com


 

***

Salimos del coche y Lucio lanzó al techo una cuerda por la cual trepó hasta llegar a uno de los balcones. Una vez que estuvo arriba me dio la señal para que yo subiera de la misma manera, era claro que yo no podría hacerlo tan fácil, pues escalar por edificios no era mi pasatiempo, además estaba aquel asunto de ir a matar a alguien y en su propia casa.

Tomé la cuerda con las dos manos y con un pequeño brinco subí mis dos pies sobre la pared, y a la par de ir subiendo mis manos por la cuerda caminaba por encima de los ladrillos de aquella casa. No sé qué era más molesto: la quemazón por la fricción de la cuerda con mis manos o mi consciencia sofocándose. Después de un largo rato logré llegar al balcón con Lucio; me sujetó por el brazo para ayudarme a subir y abrió la puerta del balcón para poder estar al fin dentro de la casa.

Dio pasos cuidadosos y largos para avanzar y salir de la recámara en la que estábamos. La habitación tenía varias máquinas de ejercicios; una caminadora, bicicleta estática, una de esas pelotas grandes, una escaladora y unas pesas, era un cuarto bastante grande.

Yo me quedé pegada al balcón cerrado mientras Lucio llegaba a la puerta de la recámara para ver si había alguien que nos pudiera ver en el pasillo. Siguió avanzando hasta salir del cuarto, en el momento en el que salió de la habitación, mis manos comenzaron a sudar y me fui aproximando cada vez más a la puerta hasta que Lucio regresó y con una seña me indicó que lo siguiera. Comencé a caminar detrás de él, sin dejar de ver la alfombra beige que se encontraba debajo de mis pies.

Lucio se detuvo abruptamente y volteando su cabeza hacia mí me dijo:

-Aquí es…- sacó un cuchillo afilado y llevando su dedo a sus labios de dijo que guardara silencio.

Podía escuchar el latido de mi corazón acelerar cada vez más, como si fuera algún coche de carreras. Lucio entró cuidadosamente a la habitación, yo sequé mis manos en mi sudadera y entonces me animé a avanzar más. Levanté la mirada para entrar al cuarto cuando Lucio ya tenía su mano izquierda tapando la boca de la víctima y con la derecha sujetando el cuchillo que estaba a punto de cortar la yugular de ese pobre hombre. Mis pupilas dilataron y mi visión pareció ponerse un poco borrosa.

-¡Ven acá! Acércame esa silla y del maletín saca la cinta- me quedé un rato sin moverme, sin poder reaccionar, hasta que mi “maestro” de crímenes me gritó que reaccionara.

Inmediatamente me dirigí a un lado de la cama y empecé a jalar la silla que ahí se encontraba. A pesar de su esbeltez, Lucio arrojó a la silla a aquel hombre que pesaba lo doble que él o un poco más, y comenzó a atarlo al instrumento de madera con la cinta; ató sus manos por detrás y su pecho a la recargadera, tomó su pañuelo y lo metió en la boca del señor para después pegar la cinta y dejarlo completamente sin poder hablar.

-Mayagoitia, creo que sabes lo que pasará pero prometeré hacerlo rápido, aunque el dolor no aseguro que sea poco…- los ojos rojos y llorosos, desorbitados del señor parecían pedirme a gritos mudos que lo salvara. -Hasta nunca, Mayagoitia. Abrió de tajo la camisa del sentenciado y encajó su filo con saña, lo deslizó lentamente por todo su torso haciendo brotar la sangre de su carne y sus entrañas.

Una vez que sus entrañas lagrimearon el líquido vital, Lucio se fue más arriba y cortó, como si se tratara de un pedazo de bistec, una a una sus orejas, para después, en una especie de extraño y enfermizo ritual, meterlas en sus vísceras. Se detuvo por un rato y yo creí que todo había terminado, pero claramente estaba más que equivocada. Entre los pujidos y lamentos del señor Mayagoitia me atreví a dirigirme a Lucio.

-¿No crees que ya es suficiente? Te mandaron a matarlo, no a torturar al hombre.- él soltó una pequeña risa.

-¡Ay, niña! Aún no sabes cómo funciona el negocio. Tú sólo aprende.- se dirigió a su maletín y sacó de ellos una pequeña pala de metal, se dirigió a su torturado y de un golpe le metió la pala de metal en un ojo y ejerciendo presión en él lo sacó de su cuenca haciéndolo rodar por el suelo, para después hacer lo mismo con el ojo que aún quedaba. Aunque ya no tenía ojos, la expresión en su rostro mostraba dolor y sus sollozos eran tan perturbadores que aún los recuerdo.

Lucio se hincó frente a Mayagoitia y lo tomó por los hombros, le dijo que se tranquilizara y el hombre respondió agachando su cabeza. Lucio destapó sus ojos y posesionado por algo malévolo más grande que él, y que aún sigo sin comprender, quitó la cinta y el pañuelo que al inicio había metido en su boca para meter por la garganta sus ojos y tomando su cuchillo filoso cortó su cuello haciendo brotar, más que brotar, estallar la sangre por todos lados.

Era un hecho. Lucio había terminado con la vida de un hombre del cual yo no sabía causa o motivo alguno por el cual haya sido torturado. También era un hecho que yo había sido testigo y cómplice de un asesinato tan brutal.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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