Capítulo V – Una Vida Secreta

Por MaryJose Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjosehinojosa@capitalinoerrante.com


EL CRIMEN

No pude evitar salir corriendo de la casa del señor Vicencio, ese hombre estaba demente. Yo no me creía capaz de matar a alguien, además ni siquiera sabría cómo hacerlo.

Definitivamente era algo que no podía manejar, ya ni siquiera me quedé a escuchar la historia de cómo fue que se conocieron él y mi madre. Traía el estómago revuelto, sin mencionar el enorme nudo en la garganta.

Me fui a la escuela para ver a Bruno, seguro en él encontraría la calma que necesitaba. Subí a los salones y di con él.

-¡Audrey!- gritó con una sonrisa pintada en su rostro; al ver a Bruno todo pasaba a segundo término, nada parecía peligroso o malo, simplemente existía.

No pude evitar poner, una vez más, esa cara tonta que uno pone cuando siente todas sus neuronas ir a su estómago y hacerle cosquillas.

-¡Mi amor!- fue casi automático el reflejo de ese beso.

-¿Dónde andabas? Pensé que no vendrías, corazón.

-No lo iba a hacer; hoy no tenía la más mínima intención de venir a la escuela, pero fue imposible quedarme lejos sin verte.

-¿Qué tienes, Audrey?-ahí estaba, esa mirada fija plantada en mis ojos; como si fuera un imán que obliga salir a las mentiras. -Hay algo que estás ocultado; estás actuando muy rara y siento que te callas algo.

-No, Bruno sólo he estado algo ausente, es todo. No es la gran cosa.

Él ya se había dado cuenta de que ocultaba algo…

-Tienes razón, Bruno. Sí me pasa algo que no puedo manejar…- pensé en decirlo todo de una vez, en contarle que me acababa de enterar que mi madre había sido una asesina a mi edad y que ahora yo debía de continuar con lo que ella había empezado. -No sé cómo fue que me pasó todo esto, pero te amo.- no pude hacerlo y ahora le había revelado, por fin había salido de mis labios aquella otra confesión que ni diez personas tras mi cabeza iban a lograr; amarlo me llevaría a la muerte más lenta.

Sus ojos se llenaron y su sonrisa, grande como el sentimiento que llenaba mi cuerpo, me lo dijeron todo. Ya no había marcha atrás y debía de solucionar todo lo del señor Vicencio de la mejor manera y evitar que Bruno supiera toda la verdad para no perderlo.

Al día siguiente el muchacho escuálido que entró por mi ventana la otra noche, volvió a aparecer para llevarme con mi nuevo jefe. Una vez más sentado en su enorme sala me dijo qué era lo que tenía que hacer.

-Esta noche acompañarás a Lucio; verás lo que hace y comenzarás a familiarizarte con tu trabajo. ¿Entendido, Audrey?- odiaba esa mirada que tenía, él sabía que tenía poder sobre mí y yo nunca he podido con eso.

-Entendido, señor Vicencio. Pero sí tengo una pregunta, ¿Quién es Lucio?

-En un momento llegará, no ha de tardar.- Atravesando la entrada un muchacho de traje entró, erguido y formal, con un traje azul marino que lo hacía ver alto y elegante.

-Él es Lucio, Audrey. Tal vez puedas aprender algo de él. Por el historial que tiene tu madre, no creo que tú vayas a tener mucho problema con tu deber, has de llevar algo de eso en la sangre.- mis manos sudaban de nervios y mi corazón latía como si quisiera salir del pecho y echar a correr.

-¡Tranquila, niña! Hasta acá escucho tu corazón; no te va a pasar nada, no hay trabajo más fácil que éste.- me dijo Lucio con su mirada arrogante y su tono de voz tan cínico; a él en efecto le provocaba un enorme placer su trabajo.

-¿Tiene que ser esta noche, señor?

-¡Claro Audrey! Necesito que comiences cuanto antes.- extendió su mano y en ella había un celular. -Es para ti, con esto nos mantendremos comunicados. Ahora váyanse, Lucio.- me tomó por el brazo y me dijo que lo siguiera. En ese momento yo deseaba que mis pies se convirtieran en plomo y no poder moverme.

Subimos al coche de Lucio, era negro, con un toque elegante igual al de su traje y vidrios polarizados. Adentro del coche tenía escondidas por todas partes armas, desde navajas hasta rifles con miras. Sentía que estaba sentada en miles de cadáveres. ¿A cuántas personas habrá matado con todas estas armas? Mi boca no podía evitar hacer una mueca de desagrado.

-Yo sé lo que estás pensando.- acomodó su retrovisor y arrancó al coche.

-¿Ah, sí… y qué es lo que pienso?- me agarré fuerte del cinturón de seguridad.

-Te estás preguntando los motivos por los cuáles hago lo que hago. Es normal que te preguntes eso. Para mí es un trabajo como cualquier otro; así como muchos van a la oficina, yo mato gente.- se sonrió levemente. No tuve una respuesta a lo que él me había dicho. No había remordimiento alguno en sus palabras.

Llegamos a una calle con casas grandes y lujosas, inmediatamente a mi mente vino la imagen de mis abuelos.

-Llegamos, novata.- sacó unos binoculares de su bolsillo y comenzó a mirar hacia una de las casas; no era la más grande de la calle, estaba construida con ladrillos y ventanales grandes, con un jardín mediano y una pequeña fuente a unos metros de la puerta principal.

-¿Tardará mucho, Lucio?

-Lo tomaría como un reto pero no tardaré mucho, niña. Lo más tardado es esperar el momento preciso, esperar esa señal en el ambiente que te permita entrar y hacer tu trabajo. Yo lo llamo “el efecto”.

El sol comenzaba a agonizar y su llamado “efecto” cada vez estaba más cerca de él.

-Sólo tengo una duda respecto a ti, niña, ¿Qué es lo que haces aquí? No entiendo cómo el señor Vicencio fue capaz de contratarte; no te ofendas pero no sabes nada sobre este trabajo.

-Tuve que aceptarlo, no fue algo que yo deseara o planeara.

-Tienes cara de ser una persona “recta”…- dobló sus dedos y rió un poco. -Tu mirada se me hace familiar, aunque sólo he visto una vez en toda mi vida a una persona con los ojos grises; bueno, ahora contigo son dos veces.

-Estoy aquí porque debo de hacerlo, seguro mi mamá estará orgullosa de mí.- dije con un tono sarcástico.

-¿Tu madre? ¿Trabajaba con Vicencio? Aparte de ti sólo ha habido tres mujeres más en la AAS.- su rostro palideció y su mirada quedó perdida en aquel cielo que comenzaba a ponerse en penumbras. Tomó un maletín que llevaba bajo su asiento y salió del coche. -Te recomiendo que vengas conmigo. Hoy vas a aprender algo muy valioso…

-Espere Lucio, ¿usted conoció a mi madre?- lo tomé por su brazo antes de que bajara del coche.

-Te repito que sólo había tres mujeres más que han trabajado con Vicencio, sólo conocí personalmente a una, de las otras dos sólo escuchaba historias. En fin, no vale la pena seguir hablando de eso. Vamos de una vez que se hace tarde.- su mirada se quedó perdida por un lapso corto hasta que bajamos del coche.

Entrar y salir de esa casa no fue cosa complicada, ni siquiera el acto que cometió Lucio; lo difícil fue tratar de quitar esos pensamientos de mi mente, el morbo que había crecido en mí y, por supuesto, también fue difícil quitar de mí la sed y el deseo que habían surgido.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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