Capítulo VI – Una Vida Secreta

Por MaryJose Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjose@capitalinoerrante.com


EL CAMBIO

Después de aquella aventura tortuosa, mi mente se encontraba en un punto muerto, la moral me perseguía a cada segundo del día siguiente. De hecho hasta creo haber olvidado cómo fue que salí de aquel lugar. Me olvidé casi de todo por un segundo, de Lucio, de mamá, del señor Vicencio, de la escuela, de casi todo menos de alguien, de aquel astro que me mantenía ubicada cuando yo no alcanzaba a distinguir más allá de lo que podía ver. Pensar en Bruno cuando pasaba por momentos poco favorables para mí, era como el alcohólico que buscaba un trago de vino para calmar sus penas, era como el drogadicto inyectándose heroína para acallar a su conciencia, con la gran diferencia de que él no causaba daño alguno a mi organismo, todo lo contrario.

Sin embargo había veces en las que me sentía peor al no poder decirle cuál era mi trabajo y qué era lo que hacía. De camino al trabajo me hice la pregunta “¿por qué no puedo decirle lo que me ocurre?, estoy en una situación entre la espada y la pared, no tengo muchas opciones y la mejor solución a esto es cumplir con lo pactado con el señor Vicencio.” Pero no, obviamente que él no entendería todo lo que me está pasando. Y lo peor de todo no era decirle todo este asunto de ser asesina a sueldo, sino el hecho de que llegaría un momento en el que él comenzaría a sospechar e investigaría, obviamente Bruno se enteraría de todo y me odiaría de por vida.

En cuanto llegué al trabajo el doctor salió del pequeño cuarto en donde guardaba la mayoría de su material, dirigió hacia mí una sonrisa y cerró su puerta. Yo tenía la cabeza perdida, me daba cuenta de que el teléfono sonaba ya que habían colgado y la lucecita roja parpadeante de los mensajes captaba mi atención, sólo así me daba cuenta de que había habido una llamada. 

Una vez terminado mi turno lo único que hice fue tocar a la puerta donde el doctor estaba con su paciente y decirle “Me voy a la escuela. Hasta mañana, doc”.

Llegué a la casa y comencé a subir las escaleras para llegar a mi cuarto y tomar mi mochila, cuando al abrir la puerta de mi habitación veo que Bruno había llegado antes, había pasado por mí para irnos juntos a la escuela. Inmediatamente él sabía que algo estaba mal y fue por el aspecto de mi cara que lo supo.

  • ¿Estás bien, Audrey?- tomó mis hombros y me miró fijamente a los ojos.
  • Sí, Bruno estoy bien es sólo que ya sabes que tengo problemas para dormir y últimamente con tantas cosas me he sentido más cansada de lo normal- un intento fallido para evitar sospechas.
  • Pero no hemos tenido muchas cosas que hacer, no hay exámenes en puerta y tampoco ha habido muchas tareas, ¿segura que estás bien?
  • Sí, tú tranquilo que no pasa nada. Ya mejor vámonos a la escuela antes de que se nos haga tarde.

Se había ido otra oportunidad en la que pude haberle dicho todo lo que estaba pasando. Sin embargo, un rato después de haber estado con él, escuchando sus pláticas, chistes y anécdotas las cosas comenzaron a mejorar un poco, pude sonreír una que otra vez y lograr sacar de mi mente aquellas escenas del asesinato de Lucio por algunos instantes. Saber que tomaba de mi mano era la calma y el consuelo que necesitaba.

El día transcurrió como siempre; clases, amigos, bromas, chistes, todo aquello que me hacía sentir normal me ayudo a volver a la realidad por ese día. Mi mente se mantuvo despejada y distraída sobre la noche anterior.

Cuando terminaron las clases Bruno me acompañó al metro toreo, me dijo que me había visto bastante dispersa.

  • Bruno, son más de las nueve de la noche; deberías de ir rumbo a tu casa, sabes que no me gusta que andes tan tarde y solo en la calle. No me va a pasar nada
  • Hoy estás particularmente extraña, dime qué es lo que tienes y prometo que dejo de insistir tanto en el tema.- nunca he podido resistirme a esos ojos que él tiene, son una espiral a la perdición y tan sólo con verlos unos cuantos segundos sabía que le iba a terminar diciendo todo.
  • Nada, Brunito es sólo que son cosas con mi mamá, no puedo zafarme de cosas que debo hacer por ella
  • ¿Cómo? ¿Te ha pedido que hagas cosas por ella? No te entiendo bien, Audrey
  • Algo así, es que no hace las cosas que le tocan hacer y las termino haciendo yo, por eso estoy un poco más cansada de lo normal. Eso es todo
  • ¡Ah! Ya veo, haré como que te creo, pero espero que algún día me digas bien las cosas. Yo estoy aquí para cuidarte y escucharte cuando lo necesites, no seas tan terca.- me abrazó por los hombros y me recostó en su pecho y era como si en lugar de querer ver cómo pasa tiempo, como avanza mi vida, lo único que quisiera fuera escuchar el palpitar de su corazón así de cerca, así de fuerte; lo único que quería era llevar el ritmo de sus latidos y dejar que la vida pasara mientras yo estaba recostada en su pecho.

Llegamos al metro y ahí nuestros caminos se desviaron, él se fue a su camión, no sin antes darme un poco más de esa dosis de él que tanto necesito, esa dosis que sólo él podía darme con sólo un beso. Seguí mi camino pensando en él, en nada más ya no había ningún malestar en mí sólo estaba Bruno con su increíble persona llenando mi mente.

El camino de regreso a casa fue tan sereno, pero no iba a durar así por mucho tiempo. Al llegar a casa, mi casera me dijo que alguien me estaba esperando en mi cuarto. De nuevo un malestar estomacal apareció. Subí rápidamente las escaleras pensando en los posibles personajes que podrían estar ahí esperando, el señor Vicencio, Lucio, mi madre, los achichintles de don Vicencio…era una lista larga.

Abrí la puerta y me encontré con que era mi madre la que esperaba por mí. No sabía si abrazarla o gritarle por todo lo que me estaba sucediendo, por su culpa estaba en riesgo de perder a mi amor y la vida que apenas había comenzado, la vida en la que yo quería y creía ya no sería más esclava de alguien.

  • ¿Qué haces aquí mamá? ¿Le pasó algo a los abuelos?- dejé mis cosas sobre la silla y me dirigí hacia ella.
  • No, hija ellos están bien. Sólo vengo a ver cómo estás tú y si necesitas algo.
  • Sí, estoy muy bien; vengo llegando de la escuela, mamá y estoy algo cansada.
  • ¿Nadie te ha molestado?- me miró fijamente y dio un paso hacia adelante.
  • ¿Quién tendría que molestarme? No creo molestar a alguien para que me hagan algo.- me acerqué a ella, había algo de sospechoso en mi madre.
  • No, Audrey, nadie. Sólo quería saber si estabas bien.- se sentó en mi cama y bajo la mirada.
  • Está bien, mamá, ya dime lo que pasa. Estás muy sospechosa y tus preguntas no me dan buena espina, ¿qué está pasando?- temía que hubiera recibido alguna amenaza de Vicencio.
  • Audrey, no pasa…
  • Ya, mamá dime la verdad.- mi paciencia comenzaba a agotarse.
  • Es que ha habido alguien merodeando por la casa de tus abuelos…- interrumpí angustiada
  • ¿Quién? ¿Conoces a esa persona? ¿La has visto antes?
  • ¡Tranquila, Audrey! no, no la he visto antes.- titubeó un poco.
  • ¿Estás segura mamá? Dime la verdad.
  • No, hija, estoy segura de que nunca antes la había visto…
  • ¿Cómo es? ¿Es hombre o mujer?
  • Es un hombre, bueno un muchacho flaco, alto; las facciones no las he podido ver bien…
  • ¿Les ha hecho algo?
  • Audrey, ¿por qué estás tan alterada? Sólo ha estado merodeando; no sé qué es lo que quiera, probablemente sea un ladrón primerizo.

La sangre se me había subido a la cabeza, estaba segura de que Vicencio había mandado a su achichintle a vigilar a mi familia y pero aún a Bruno. Ahora sí tenía que poner un límite.

  • Pues…-titubeé un poco- me preocupo por ustedes, qué tal que ese hombre quiere hacerles algo. Tengan mucho cuidado. Ahora si me disculpas, mamá, tuve un día muy ocupado en la escuela y me siento cansada. Hasta pronto.- la levanté de mi cama y la llevé hasta la puerta de la casa para despedirla. Sabía que en unos minutos iba a llegar el enviado de Vicencio por mí y entonces sólo así sabría la verdad sobre lo que estaba pasando en casa de mis abuelos.

Pasado un rato por mi ventana apareció aquel estúpido escuálido, yo ya esperaba su llegada y en el momento en el que atravesó mi marco, no sé cómo, solté un puñetazo en su mandíbula arrojándolo a los pies de mi cama. Dentro de la euforia misma puse mi rodilla en su pecho.

  • Vicencio te mando a vigilar a mi familia, ¿verdad?- empujaba cada vez más mi peso sobre su pecho.
  • No puedo respirar…
  • No me importa, contesta lo que te pregunté o te juro que tú vas a ser mi primer asesinato.- continué presionando mi rodilla contra su pecho y parte de su garganta.
  • No te atreverías, Vicencio estaría detrás de ti…- apenas y podía soltar las palabras.
  • ¿Tú crees que a él le importas? A un hombre que paga a personas para matar sin razón alguna a otras personas, ¿crees que a ese hombre le importas? Mejor dime la verdad.- en un ataque por no obtener las respuestas que quería apreté con más fuerza mi rodilla, pero esta vez sobre su garganta, asfixiándolo más.
  • Sí…él me dijo que lo hiciera…- sus ojos comenzaban a ponerse rojos.
  • ¿A quiénes has estado vigilando? ¡Contesta!
  • A todos, abuelos, a tu mamá, papá, Bruno, al doctor a ti y a tu casera…- estaba a punto de matarlo, lo juro, cuando comprendí que él sólo seguía órdenes y con quien debería de hablar era con Vicencio.
  • Te necesito vivo por hoy…-dejé de apretar su cuello con mi rodilla- llévame con Vicencio.- bajamos por la ventana y llegamos al coche. Condujo hasta la casa de Vicencio pero esa noche no había miedo ni preocupación en mí, había una rabia enorme, más grande que el mismo miedo que alguna vez llegué a sentir por Vicencio. Me desconocí por esa noche, jamás me había sentido tan enojada y lo que pasaría después, claramente jamás me habría atrevido a hacerlo en mi estado normal. Esa noche puse en riesgo todo y a todos.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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