Mi celebración a La Gran N

Super Nintendo

Foto: Youtube

 

El viernes pasado se estrenó en el mercado el nuevo producto de la empresa que alguna vez fue líder en la industria de los videojuegos: el Nintendo Switch, consola que por el momento no vale la pena comprar por su limitado catálogo de juegos de lanzamiento y su excesivo costo, al menos en México. Basta mencionar su característica principal para que sobresalga por sí misma: la facilidad de llevar juegos de sobremesa al lugar más silencioso e íntimo de toda persona, el baño, debido a  su versatilidad de poder convertirse en un dispositivo portátil.

La Gran N representa, al menos para mí, y seguramente para muchas personas de mi edad, la nostalgia, el recuerdo de una infancia que jamás volverá, el regreso a lo que fue, las despreocupaciones por el siguiente paso, por el futuro, por la economía, la vida bien vivida y divertida de lo que solían ser las tardes sin complicaciones ni ocupaciones, la libertad absoluta, sin miedo en la consciencia ni peligro presente.

Evoco los momentos cuando mi enojo, innato por ser hijo único, era tan grande porque mi escasa habilidad, que aún conservo, con los controles tenían como consecuencia las muertes en pantalla del plomero saltarín. Viene a mi memoria que al regresar a casa luego de jugar futbol con mis amigos veía a mi mamá, como intrusa, en mi recámara practicando su destreza en el Super Mario Kart para darme una de las lecciones de vida más importantes cada que podía: que no siempre se gana. El go-kart de la Princesa Peach daba vuelta para salirse de la pista y tomar atajos inexistentes por la terracería de 16 bits al mismo tiempo que la princesa de la vida real inclinaba su cuerpo como si ayudara al personaje a que su maniobra automovilística fuera más efectiva o en los saltos más difíciles del Super Mario World ella también brincaba chicoteando el control sacrificando al Yoshi en pos de llegar a la meta.

Como cualquier pasión pausada, el deseo de probar más dosis inevitablemente siempre regresa. El juego como última válvula de escape para el infante inmortal que habita en cada uno de nosotros. La necedad de intentar siempre rescatar lo último de inocencia, bondad y nobleza que nos queda está en los videojuegos. Ahora me queda en la sensación post-hartazgo de la seriedad desempolvar mis viejos Nintendos e intentar recuperar el tiempo perdido en la realidad fantástica, reunir recursos para revivirme y agradecer a quien me presentó la primera jeringa de diversión en casa.

 

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


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