Continuación Capítulo IV – Una Vida Secreta

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MaryJose Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjosehinojosa@capitalinoerrante.com

Destino sellado

-Eres igualita a ella, sólo que tus ojos son diferentes.- Su cabello del color de la luna y su mueca siniestra acompañada por la cicatriz de su mejilla, su voz rasposa y vieja. Sin embargo, por el alumbrado del parque no pude ver bien sus ojos, pues sobre de ellos la sombra se posaba.

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-¿Usted ha sido el que me ha estado mandando las notas? ¿Quiénes son los demás y qué es lo que quieren?- el miedo comenzaba a invadir mi cuerpo, pues no imaginaba que me encontraría con tantas personas y el ambiente tétrico de la noche posesionando mi paisaje no ayudaba en nada.

-¡Así es Audrey! En efecto, quiero algo de ti y tú necesitas algo de mí.

-Explíquese mejor. ¿Cómo necesitaría yo algo de usted si jamás lo he visto en mi vida?- Dio un paso más hacia mí y la luz lo alumbró completamente. Pude ver su expresión poco amigable y sus ojos cafés poseídos por algo más.

-Pues es algo extraño porque yo lo sé todo de ti, por algo te he encontrado. No puedo creer que tu madre no te haya contado nada sobre mí.

-¡Mi madre! ¿Qué tiene que ver ella en esto? ¿Dígame de una vez que es lo que quiere y quién es usted?

-¡Qué grosero que soy! Mi nombre es Vicencio Aldama. Soy un viejo amigo de tu madre y a ti te conocí cuando aún estabas en brazos.

-Mi madre nunca me habló de usted- comencé a alejarme un poco de él -¿para qué me quería ver?

-No tengas miedo, Audrey. Estoy aquí para ayudarte, o más bien para ayudar a tu mamá.- comenzó a acercarse cada vez más a mí hasta tomarme por los hombros. -Tu madre me debe mucho y si quieres que ella no sufra ningún accidente, comenzarás a trabajar para mí.

-Mi madre no puede deberle nada, si la conociera sabría que tiene mucho para no tener deudas…

-No, Audrey, no. Tu madre no me debe dinero, me debe mucho más que eso.

-Disculpe pero no entiendo lo que dice y no quiero trabajar para usted. Con permi…

-¡No estoy jugando! No tienes otra opción, si es que quieres protegerla.

-¡Pero no lo entiendo! ¿Qué es lo que le debe mi madre y por qué tengo que trabajar para usted?

-Si quieres saber la historia tendrás que trabajar para mí y acatar mis órdenes. No creo que sea algo muy difícil.

-¡Acepto!- en ese momento yo ya había perdido el control sobre mí misma, mi maldita curiosidad me había condenado de por vida, sin embargo, tampoco quería que nada malo le pasara a mi madre.

Tomé la bicicleta y me fui a toda velocidad de ahí sin saber cuándo volvería a verlo, ni tampoco qué era lo que tenía que hacer. Llegué a mi cuarto y, como ya era costumbre, no pude dormir pensando en todo lo que había pasado esa noche.

Al otro día pensé en contarle a Bruno, pero no pude; temí que él pudiera preocuparse y meterse en algún lío. Aquel hombre parecía estar hablando en serio.

Él siempre ha tenido ese sexto sentido para oler los problemas.

-¿Qué tienes, Audrey?

-Nada, sólo estoy cansada, no pude dormir en toda la noche.

-Te acompaño a tu casa para que duermas un rato, el maestro ya no va a llegar.

Nos fuimos a la casa y en el camino yo quería contarle todo, pero algo dentro de mí no me daba la suficiente confianza como para decirle; no quería que se metiera en problemas.

Parecía algo increíble, pero al estar a su lado podía dormir, podía cerrar mis ojos y soñar cosas diferentes. Bruno era ese faro que me llamaba e iluminaba cuando todo estaba en penumbras.

Cuando desperté él ya no estaba, al mover la cortina un rostro apareció detrás de ella.

-Me manda el jefe…

-¿Cuál jefe…el doctor?- pregunté extrañada.

-No, el señor Vicencio…- entró a mi habitación, yo estaba sorprendida -me mandó a decirte que no intentes escapar ni evadir tus responsabilidades. Tu cita con él es hoy al mediodía. Tú y yo nos vamos a ver en el parque de la China, de ahí te llevaré con el jefe.- Su tono tan despreocupado se veía estar tan acostumbrado a su trabajo.

¿Ahora qué iba a hacer? No iba a poder ir a la escuela, no estaba segura de que fuera buena idea ir con el señor Vicencio, pero también me sentía entre la espada y la pared.

Amaneció y yo seguía pensando qué hacer, pero después de darle tantas vueltas preferí ir y terminar de una vez con todo esto.

Llegué al parque como me había indicado el muchacho que entró por mi ventana. Me subió a un coche negro y arrancó el coche.

Tomamos camino a lo que, me dijo él, era la sala de reuniones de mi ahora jefe.

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Llegamos a una puerta enorme de metal, un hombre preguntó algo al muchacho que había ido por mí, y al contestar él, la puerta se abrió dejando pasar el coche a un patio con jardín enorme.

Bajé del coche y miré detenidamente todo lo que se encontraba a mi alrededor. El joven con el que venía me dijo que lo siguiera a una casa, entramos a ella y en la sala el señor Vicencio estaba sentado.

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-Me da gusto que hayas decidido venir acá, Audrey. Nos entenderemos muy bien tú y yo.

-Dígame de una vez qué es lo que quiere que haga para que terminemos con esto.

-Ese carácter tuyo, igual al de tu madre. Tranquila, ahora te voy a decir lo que vas a hacer.

-Lo escucho- un escalofrío entró a mi cuerpo pero no podía ni quería demostrarle que tenía un poco de miedo al no saber qué era lo que estaba pasando.

-Lo que vas a hacer es algo muy fácil, no te va a costar mucho, lo llevas en las venas…

-Ya diga de una vez lo que quiere y…

-Tú, Audrey vas a hacer el mismo trabajo que tu madre hacía para mí: te vas a convertir en la mejor asesina, igual que tu madre. Vas a encargarte de terminar con las personas que yo te indique…

-¿Asesina mi madre? ¡Por favor, señor Vicencio!- solté una pequeña risa. -Yo creo que usted se está confundiendo, yo no voy a matar a nadie.

-Lo harás si no quieres que yo mate a tu madre o si me haces enojar de más me encargaré yo mismo, con mis propias manos, de tu padre y de tus abuelos. Acabaré con toda persona que quieras si no me obedeces.

¡Mi padre! ¿Pero qué es todo esto? No puedo creer que mi madre sea una asesina, ¿qué tiene que ver mi padre en todo esto? Cada vez entiendo menos. No puedo permitir que le hagan daño a nadie por mi culpa, ni a mis abuelos o a mamá, ni a mi padre aunque no lo conozca y mucho menos a mi Bruno, él era el menos culpable de todo esto.

A partir de ese momento mi destino quedó sellado, a partir de ese momento me convertí en lo que he sido hasta el día de hoy, en una asesina a sangre fría.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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