El amor está en el aire – La Casa de Asterión

Las brasas se encandecían al filo de la noche, del tiempo, de los cuerpos. La habitación se nublaba con los vapores del alcohol y la pasión guardada desde hace mil años explotaba en un sinfín de recuerdos, coincidencias y variantes; unos en un cuarto y otros por ahí, aquella casa vio acontecer la casualidad.

Por Eduardo Ángeles

Con resaca un par de cuerpos yacían tendidos, parlantes, ilusos, tonteando. Se hablaban de todo y de nada; las piernas cual cuerdas juntaban el tiempo por el que habían esperado, los besos por otro lado recordaban, el primero, o el último, aquellos dedos filosos laceraban la piel que alguna vez abandonó por ella, la mente que vació, las letras que dejó, nada hasta entonces le parecía real…

Vapores densos que le decían más que sus labios, y el beso en el cuello, y en la espalda, y en sus manos, sus piernas tiernas y tibias, de ensueño… y la media noche se acercaba, el cielo abrió sus puertas…

Pero fuera de aquella habitación, bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana, se disfrazaban los zumbidos, los aleteos voraces de calor e imparable gloria, sucios movimientos, resbalaban, de la mesa al suelo, de la cocina al sillón… algo para lo cual había nacido, como todos los que son como él…

Un rechinido en la puerta de la habitación contigua parecería ser suficiente para calmar la marea, para apagar un sol, pero no es así, nunca lo es… Los pasos se escuchaban más cerca de la cocina y las galaxias estallaban, los pasos, los pasos, los pasos, los pasos, los pasos… la cripta ya estaba esperando, la luz venía de todos lados, aquel último movimiento…

¡Crack!

Aquel que venía del cuarto se sobresaltó, asquerosa reacción, no quiso caminar nunca más, repugnante…

Levantó el pie de una vez por todas y encontró el ahora cementerio de galaxias… dos moscas yacían pegadas… se espantó y después rió… dejó aquellas estrellas muertas en la basura y salió de la casa deseoso de encontrar una farmacia abierta.

El amor está en el aire - La Casa de Asterión

Por Roger Dean

 



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