El lugar del éxito inmediato

 

Plaza Inn

Foto original

 

Dicen que las máquinas no tienen palabra de honor. Mi laptop, que me permite escribir en la intimidad, sin interrupciones, en el aislamiento de mi recámara, sobre una mesita de madera de doscientos pesos, entró en terapia intensiva, al año de haberla comprado. Por eso, diseccionando su sistema operativo en busca de su estabilización y reinicio, estuve ausente de estas páginas la semana pasada. Llamé a Asistencia Técnica. El manual del operador me indicó las instrucciones a través de la voz tropical de una colombiana detrás de una bocina telefónica, una Siri sudamericana. Aquellos procedimientos sólo lograron inducir el coma a la extensión digital de mi propia vida. La latinísima voz sugirió llevar el computo a un Centro de Asistencia. Me proporcionó teléfono y dirección. Tenía que cruzar la ciudad.

En Buenavista, los colmenares de gente se amontonan en las bocas del Metrobús. Es por eso que camino a la siguiente estación, donde apenas hay dos o tres personas preparadas para ser devoradas por las voraces fauces automáticas del transporte público, el mejor que puede haber en la Ciudad de México, por supuesto, fuera de horas pico. En cuarenta minutos me encuentro, desde mi segundo hogar, mapa que tengo trazado en la palma de mi mano, hasta otra realidad en la misma metrópoli. Leo el e-book a lado de una pequeña ventana corrediza, donde sienta aire, escape, para no marearme. Olvidé tomar mi Dramamine. Y cuando la claustrofobia me agobia miro pasar los grandes edificios, negocios, restaurantes, bares, tables y womens club que encierran al gusano urbano para que su camino siga derecho y no se desvíe.

 

Plaza Inn

Foto original

 

Plaza Inn, la plaza más aburrida del mundo. Tenía que bajar en la estación Altavista. Bajé una antes sólo para llevarle la contraria al policía que me dijo que el lugar al que iba estaba en la estación siguiente. Dejar el dispositivo esencial del siglo veintiuno no fue problema. Tardé sólo diez minutos en explicar su enfermedad e ingresarla a revisión. Se comunicarían conmigo en los próximos días para revelarme el diagnóstico. Bastante recorrido para tan poca estancia. Sentí inútil mi viaje. Necesitaba hacer que valiera un poco más la pena la visita: ver alguna librería conocida, videojuegos y las películas que había en su cine. Ésta plaza no tenía nada de eso. Un Starbucks en el centro y alrededor de él, en forma de prisma geométrico, crecen los diferentes pisos de Plaza Inn. Barbería de Petro estilo clásico; un desconocido SHB Café; Yupi Toys con diferentes figuras de plástico; podólogos; Librería Francesa; Atención Pediátrica Integral; restaurantes gourmet; bares de dedo meñique alzado y un Chili’s vacío escondido, como si fuera la vergüenza de la Plaza. Lo más mainstream de todos estos servicios y tiendas únicas era Erotika, la sex shop más conocida de la Ciudad, hasta arriba, en una esquina.

Era la hora de comida, tres y media de la tarde. Todos los hombres vestían traje. Los mayores barbudos mirando despectivamente, caminando soberbio con un palillo entre los dientes. Los jóvenes con camisas rosas y saco, trabajados en el gimnasio o eso aparentaban, sintiéndose galanes de telenovela, elegidos, privilegiados por poder comer en uno de esos restaurantes. Alguno puesto en ridículo por mí frente a sus amigas al evidenciar una penosa mancha blanca sobre su pantalón. Otros con cortes finos en sus platos, en silencio, mientras sus hijas parten el postre y ponen más atención al teléfono que al padre ausente por el trabajo y el divorcio, aquel que casi no ven. Las mujeres en falda oscura, algunas debajo de las rodillas, otras dejando ver un poco de pierna. Todas formadas en Nutrisa, a la entrada de la Plaza, esperando su turno para bajar de peso con el postre, acompañadas por uno de esos pseudogalanes que seguro quieren acostarse con ellas. Otras, las mayores, comiendo solas, atentas a una conversación telefónica tan vacía como su esperanza de que su mundo gire, ilusionadas con una llamada que nunca va a llegar, de un hijo olvidado.

 

Yupi Toys

Foto original

 

Abordo el Metrobús en la estación correcta. Dejo atrás esa realidad alterna que no me toca y que no deseo bajo ninguna manera vivirla, sentirla cerca. Si ése es el supuesto éxito; vestir trajes costosos, comer lujoso, ir a una barbería única y especial, lucir un cabello totalmente lleno de gel, usar camisas ajustadas, preparar polvos proteínicos en mi lugar de trabajo, salir al estacionamiento y encontrarme un auto último modelo que no sé manejar, beber una cerveza de cien pesos; prefiero morir en mi inmundicia. No quiero esa vida. Para mí el verdadero éxito no está en nada eso, ni siquiera en tener un buen trabajo, un título universitario o un hijo. El éxito, el logro real, está al final de la vida, postrado inmóvil en una cama con respirador y que mi último pensamiento o mis últimas palabras sean: “me la pasé bien chingón”.  Mi epitafio será mi propia calificación para mi propia vida.

Aprendí que las máquinas no tienen palabra de honor, ni tampoco los hombres. Escribo desde un humilde café internet a nueve pesos la hora. Aún no me hablan para revelarme el diagnóstico de mi laptop. Creo que ya se la robaron.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

Sígueme en Twitter:

//



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


Déjanos un comentario