El nuevo sexo débil

Hoy me siento como un malhechor. Jamás imaginé ir por la vida quebrantando la ley, pero soy un hombre y soy un criminal; lo malo es que nunca me había dado cuenta, pero créanme, nunca más lo olvidaré.

POR DANTE GARCÍA

Ser varón está penado, por la sociedad y por absurdas reglas, que nos hacen creer que somos máquinas de violar, entes maquiavélicos que en cualquier momento pierden la razón y son capaces de todo con tal de saciar su libido.

El acoso callejero es un tema serio, y como tal merece especial atención, pero dudo que sea válido responder con mayor violencia a un hecho que de por sí es reprobable, que no genera más que odio y de paso parte la sociedad en dos.

La Ciudad de México nos aporrea sólo por nuestro sexo y sí, hay mucha gente enferma por las calles, pero eso no justifica una segregación generalizada, el ser señalados a cada momento como desequilibrados mentales, como si fuéramos idiotas.

¿Si una mujer roza mi pelvis tengo derecho a golpearla? ¿Podré exhibirla en Facebook con la sangre corriendo por su rostro? Juro que si eso ocurre yo estaría en prisión, pero eso no ocurre si hablamos de una mujer, con evidentes privilegios en el apego a la ley.

Convertimos en heroínas a mujeres que violentan a los violentos, y tachamos de villanos a todos los hombres que viajan en el transporte público; ya no escuchamos de razones, y la intolerancia es lo peor que podría ocurrirnos.

No hablemos de equidad de género cuando no somos capaces de preservar la paz. Hoy me asusta que me insulten por una confusión, que me linchen por un accidente; no quiero ser exhibido por rozar accidentalmente o mirar de reojo a una dama.

En esta ciudad ser hombre es un delito, y se paga con sangre. Yo me rehuso a salir a la calle, porque aunque no lo entienda, soy un peligro, como un Mr Hyde de la promiscuidad.

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