El relato de la peda en la CDMX

Hoy es viernes y la neta no tenía planes. Me imaginaba tirado en la cama con una lata de chela en la mano y la laptop reposada en mi barriga, viendo Netflix. Pero me habló mi compa, dijo su frase mágica y pues ya me ando bañanado.

Seguro vamos a ir a uno de esos lugares del centro donde ponen ‘de todo’, como nos encanta decir. Obvio no ponen la quinta sinfonía de Bethoven: el DJ se encarga de pinponear entre cumbia, salsa, reggaeton, pop de los 90, Luis Miguel, banda y dos o tres de José José.

Llegamos a las 6pm porque a esa hora arranca la peda en la Ciudad de México. Al menos para los que sólo llevamos 500 pesos en el bolsillo y no queremos acabar con ellos en 20 minutos -saludos a Polanco-. Una bola de estudiantes recién salidos de la Voca y del CCH están alrededor de la puerta enseñando sus IFE que sacaron la semana pasada y vinieron a estrenar. 

Las niñas se meten el celular en el brassiere, del lado izquierdo -siempre del lado izquierdo- y entran riendo con sus amigas. Las que van con su wey se hacen las serias, con la firme intención de no perrear el día de hoy.

Buscamos una mesa entre las 300 personas y el ruido de una rola que no se entendía desde afuera, pero que ahora caigo que no le hables a él, no llores por él. Nos sentamos en unos bancos altos, junto a una mesa alta, de ésas en las que no cabe nada. Y pedimos un cartón. Ya tenemos 23, ya estamos calados, garantizados: nos lo damos, sin pedo.

Mi compa saca la cajetilla -ésa que se va a acabar en media hora- y empezamos a cazar. Yo sólo quiero bailar. Aprendí en la universidad. Bueno, en el bar que está junto a la universidad. De hecho es lo único que aprendí en 4 años de ir al escuela: fumar, beber como camello y bailar. Bailar poquito.

Y sólo quiero bailar porque siempre decimos que vamos a ligarnos a una chava, pero sólo acabamos pedos y cantando mi padrino el diablo. Es así. Entonces aprovecho las dos horas de consciencia para sacar a dos tres morras a bailar dos tres cumbias, una salsa y fingir que le hago a la bachata. La segunda está guapa, le pregunto su nombre y a qué se dedica. Dice algo, pero no la escucho y no insisto. A la última ni le vi la cara, sólo estaba preocupado por no perder mi paso. Ya luego me siento a acabarme el segundo cartón. Ahorita me paro otra vez.

La fiesta sigue, la gente se va. Es que tienen que llegar a casa porque si no hay tabla. La mamá los espera. A mí me esperan mis peces, así que no hay prisa. Me ando orinando. Ya ando medio erizo, así que me concentro. Un pie, el otro pie. Visualizo la puerta del baño y empiezo a caminar de lado. Esquivo aquí, esquivo allá. Evito a las parejas que bailan, o ellas me evitan. Los capitalinos tenemos esa cualidad nata de bailar sorteando a los borrachos. Siempre lo haces sin darte cuenta.

Libero las aguas, le doy un cinco al del baño -en esta ciudad siempre pagas por mear- y me dirijo a mi mesa. Mi compa  ya está acostado en la mesita y aún quedan un par de cervezas. Me siento a acabar con ellas.

Doy un recorrido al lugar con la mirada. Está por acabarse el desmadre. El DJ ya está poniendo vendedora de caricias y frente a frente. Los chakas hacen su aparición, con su bolsita cruzada de hombro a cintura y su peinado característico, con una lamida de vaca en un costado. Es su hora de cazar, a ver quién le arriman el camarón. Es momento de irnos. Ya no me paré de nuevo a bailar.

Me bebo la última cerveza y empiezo a despertar a este wey. Me tocan el hombro. Es la chica de la cumbia número tres. Ni madre que me acuerdo de su nombre. Me dice que la agregue al Face. Saco mi cel, pero tengo cero batería. Me dice cómo la encuentro y enfoco toda mi atención en recordar…

Mi compa se levanta y nos vamos. Caminamos a Bellas Artes y agarramos el metro. Llego a mi casa y prendo la compu. Abro Face. Chale. Se me olvidó.

Me hubiera quedado a ver series.

 

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Fundador y Director de Capitalino Errante. Periodista, escritor, fotógrafo, viajero. Puedes hablar mal de mí en twitter.com/eder_bay.


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