El Satanista: Anton LaVey

A continuación se reproduce una ficción producto de una investigación. Aunque dicho encuentro nunca haya sucedido, los hechos mencionados están sustentados en obras de consulta fiables, las cuales puedes consultar aquí. 

En casa del Papa Negro

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Anton LaVey está de pie frente a su congregación. Viste su túnica negra que cae hasta el suelo. Frente a él una mesa larga con todo lo necesario para llevar a cabo el ritual. Levanta la campana y la hace sonar, dando inicio a la ceremonia. Primero lo hace mirando de frente, después repite la acción girando en sentido contrario a las agujas del reloj. Nueve veces en total. Detrás de él se encuentra una figura de Baphomet, la representación de Satán utilizada por los caballeros templarios.

Levanta la espada y la apunta hacia el frente. Con su voz grave comienza a hablar:

—In nomine de nostri satanás luciferi excelsi…” En nombre de satán, gobernante de la tierra… —Sus palabras resuenan por toda la cámara de descompresión, ubicada debajo de su casa en San Francisco, un lugar de lo más mágico y místico. El altar está conformado por piedras que, según se dice, fueron traídas desde el antiguo Imperio Romano por el capitán de un navío a quien le perteneció la casa y desapareció misteriosamente en el siglo XVII. — ¡Abrid las puertas del infierno de par en par y apareced del abismo para acogerme como vuestro hermano y aliado!

—¡Avanzad y responded a vuestros nombres manifestando así mis deseos! ¡Oh, escuchad los nombres —Entonces comienza a enlistar nombres de demonios, deidades y figuras paganas, que van desde culturas hindúes, árabes, nórdicas e incluso mexicas.

Recoge el cáliz y bebe de él. Lanza su invocación al aire, y después hace su petición, exclamando con más seguridad y énfasis que nunca. Toca la campana una vez más y termina su ritual exclamando “Shemhamforash”, sus seguidores le hacen coro. “Así sea hecho”, concluye.

El ritual ha terminado. Los asistentes descubren su rostro y se miran unos a otros, sonrientes y satisfechos, seguros de que sus deseos se harán realidad.

LaVey baja del altar. Se encuentra con su esposa, Diane. Se besan y caminan con el resto hacia la salida. Una vez arriba, despide a cada uno de sus invitados, como buen anfitrión. Cuando llega mi turno me pide que regresar mañana temprano, pues tiene algunas cosas que desea compartir.

En la jaula del león

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A la mañana siguiente llego hasta la puerta de la Casa Negra, una vieja construcción victoriana que destacaba por ser una mancha oscura en un vecindario vestido de blanco. Diane abre y me invita a pasar. Me indica que Lavey está en el sótano, alimentando a Togare, su léon de tres años de edad.

— Siempre me he sentido más cómodo cerca de los gatos que de las persona —me cuenta mientras acaricia al gran felino. —Aunque ya no usa su vestimenta ceremonial, su ropa negra sigue inspirando malicia.

—¿Es por eso que te uniste al circo? —le pregunto

—Me uní al circo porque nunca encontré cómo relacionarme con gente de mi edad. Recuerdo una vez que estaba con otro niño en su patio trasero jugando con pistolas de balines. Cuando él apuntó hacia un pájaro, impulsivamente le disparé en la espalda, tras lo cual salió llorando a su casa. Fui llevado a la jefatura de policía donde me dieron una “lección de camaradería” y me explicaron que sólo un cobarde le dispara a otra persona en la espada. “Después de todo sólo era un pájaro” me dijeron.

—Aun así, debes sentir cierto amor por los animales para tener un trabajo de ese tipo. —le digo.

—”Amo a los animales, siempre he sido parte de ellos y siempre han sido parte de mí”. Mi primer trabajo en el Circo de Beaty fue alimentar a los grandes gatos. Rápidamente les tomé cariño, y cuando Beaty se dio cuenta de esto me comenzó a entrenar como domador. Apenas tenía 18 o 19 años.

Mira a Togare, quien tiernamente atrapa el brazo de Anton con sus dientes. Se lo podría arrancar fácilmente, pero LaVey lo controla y hace que lo suelte. —Además, se aprende mucho de los gatos, en especial cuando te derriban. Estando debajo de sus fauces, a punto de ser mordido aunque sea de manera juguetona, debes aprender a controlar tu fuerza de voluntad y llenar tu cuerpo de adrenalina para emitir los suficientes “rayos gama” como para que penetren en el cerebro del animal e impedir que te muerda. Cualquier buen entrenador lo sabe.

—¿De eso se trató el ritual de ayer, cierto? usar la fuerza de voluntad y decisión de uno mismo para alcanzar tus objetivos. Eso es la magia

—La magia es el cambio de situaciones de acuerdo a la voluntad de uno, que, de usar métodos normalmente aceptados, permanecerían inmutables. Sin embargo, hay algo que todo mago debe saber. De la vida obtienes exactamente lo que a la vida le inviertes. La vieja mujer que busca un hombre debajo de su cama nunca lo va a encontrar si no comienza a buscar fuera de su recamara.

—¿Pero no es eso más que psicología aplicada?

—Sí, para ser un mago competente uno debe entender los principios de la psicología aplicada. El ritual tiene como propósito aislar la adrenalina de otro modo disipada y otras energías emocionalmente inducidas. Es un acto puramente emocional e incluso intelectual.

Termina de alimentar a su gato. Alguna vez escuché que, cuando trabajaba como domador, solía poner su hamburguesa en el suelo y comer junto a ellos, imitando sus rugidos.

Continuará…



Escritor, estudiante de comunicación. Fan de la vida, los libros, la música y un buen café.


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