En busca de un disfraz para Jalowin

 

Río Blanco

Foto original

 

El Mercado Río Blanco es un loop, un cliché para los que vivimos en el norte de la Ciudad. Para cada festividad los comerciantes se arman con su mejor mercancía chatarra. Las calles se vuelven temáticas. La gente transita buscando en qué monería gastar su dinero, no hay nada mejor qué hacer en un ambiente de este tipo que comprar utensilios de un solo uso.

Visito la Río Blanco para ver qué puedo vestir en alguna de las múltiples fiestas que se organizan en Jalowin este fin de semana. Un buen billete escondido en la cartera que al mismo tiempo aseguro en la bolsa de mi chamarra en lugar del bolsillo trasero de mi pantalón, para que en los pasillos los entusiastas que respiran en mi nuca fallen en su intento de bolsearme. Nacientes ganas de orinar por haber olvidado hacerlo antes de salir casa. Él, ella; él, ella; él y yo. Todos en pareja, potencial falso noviazgo. Me toca compartir amor y arrimón con mi amigo. Ni modo.

Las almas bajan el Día de Muertos y a algunas les gusta ejercitarse para su camino de regreso al infierno, a la tumba o al limbo, ya nadie va al cielo. Boxeadores de barrio que les pesa la nostalgia en muerte consiguen mover los aparatos terrestres del gimnasio de banqueta colocados afuerita, a un costado de la entrada principal del mercado sobre ruedas.

 

 

Uno busca un aceptable disfraz, un mediocre antifaz, con el que se logre mimetizar en la fiesta godín, chavorruca o de adolescentes que intentan emular las fiestas gringas de vaso rojo que pasan en las películas, para no ser el marginal, porque eso no está de moda, que va a un Jalowin sin aunque sea una máscara.

Mi amigo, con el que me tocó caminar en pareja, cuasi agarrado de la mano para no perdernos por los pasillos de ida y vuelta del tianguimercado, desea conseguir un cuchillo de plástico, pieza faltante e indispensable para completar su anhelado sueño de la infancia de disfrazarse de Alex de La naranja mecánica. Lleva meses dejándose crecer el cabello. Meses bebiendo leche caduca para sentir la ultraviolencia correr por su cuerpo. Y meses intentando conseguir el pinche cuchillo. Hoy es la oportunidad, pero lo único que encontramos son armas fluorescentes que nada tienen que ver con Alex, porque ese personaje de Anthony Burgess es más real que cualquiera de nosotros y no usa utilería para niños. Piensa un momento en quitarle el filo a un cuchillo de verdad y cuidarlo la noche entera para que no lo regañe su mamá si lo pierde. Luego se arrepiente pues entre nosotros y más en épocas de terror, siempre ronda un malacopa en potencia. No vaya a ser la de malas y le devuelva su peligrosidad con sólo desearlo.

Mi alcoholismo no me abandona. Busco ingenuamente un lugar donde vendan chela. Observo a la gente para preguntar dónde consiguió su gran y pesado vaso azul de la cerveza más reconocida en el mundo, pero nadie carga uno. Volteo a los puestos y sólo encuentro Brayans limpiando las mesas donde una nalgona se sentó a comer pozole. Voltea a ver la cámara. Pienso en invitarlo a sonreír. Sonríe, Brayan. Desisto porque tal vez crean que les quiero robar el alma con el flash. La foto sale movida.

 

Río Blanco

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Los antifaces colgados antiestéticamente en una rejilla cubierta por una tela negra cuestan veinte pesos. Lo compraría si fuera a celebrar a los muertos de fantasía en un lugar de perlas, rubís y colores fosforescentes. Máscaras piteras de no sé qué monstruo a sesenta baros. No me convencen. Están horribles y pequeñas, aparte de que no espantarían a nadie, aunque no esté seguro que un hombre de plástico verde y cachetón asuste a alguien o si acaso ese es el objetivo que deseo conseguir o si de eso se trata disfrazarse o simplemente de reírse del de a lado, cambiar mi vestimenta de niño fresa y “divertirse”. Los rostros de superhéroes zombis cuestan doscientos setenta pesos y son las que mejor están hecho, pero o gasto eso en la caracterización o en la botella que me voy a empinar este Saturday Night.

Lo pienso mejor mientras me llega el delicioso olor a incienso que queman en los puestos precedentes de la mini feria de hasta el fondo a la que nos negamos a entrar, pero que a todos nos traen recuerdos de infancia. Luces neón. Canicas. Tinas con agua. Globos. Dardos. Y un odioso animador, como todos, a todos los odio. Ridículos. Será mi condena ser animador alguna vez por odiarlos tanto, pienso.

 

Río Blanco

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Un disfraz completo del Capitán América que encontramos de regreso cuesta seis mil pesos. No vale la pena comprarlo por varias cosas: no tengo ese dinero; me faltarían incontables músculos para llenarlo; tendría que vestirlo a diario y sacarme fotos con niñitos para que sintiera que rindió frutos mi gasto o de lo contrario permanecería colgado por un año entero al lado del traje que también me queda guango y que llevo dos años sin ponerme.

Falta de dinero, exceso de prudencia y nula motivación para disfrazarme provoca que me de hambre. Decidimos cenar unos tacos. Cuatro de suadero… perdón, mejor que sean cinco. Los taqueros derraman sobre el aceite la manteca blanca y grumosa frente a donde estoy sentado. Parece vómito de vaca y cerdo alimentados con su propio sobrepeso. Al mismo tiempo el aceite caliente se derrama por atrás del comal y la sangre de la carne cruda deja un camino que gotea en el suelo como película de Freddy Kruegger. Le falta más picor a la salsa, más sabor al suadero y más amor al taquero.

Salimos del tianguimercado y el fantasma boxeador ya se ha ido a descansar. En tanto, el agua desabrida de horchata que pedí en los tacos toma cauce dentro de mi vejiga. Me felicito por no gastar en cualquier porquería que al principio me hubiera parecido simpática. Orino en un terreno baldío y veo en la pared que salpica mis tenis las luces bicolor de una patrulla. Eso sí me da miedo.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


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