EstereopITos – La Casa de Asterión

Por Fernando Vixtha / @FerVixtha / fernandovixtha@capitalinoerrante.com


 

Yo soy una gran vagina pero no siempre fui así. Nací siendo un pito chico, hijo de un Gran Pene. Desde que tengo memoria he orinado de pie. Un día tuve muchas ganas de hacer del baño, me senté y Gran Pene me regañó: ¡Qué haces! ¡Levántate de ahí! Tú tienes que crecer y convertirte en un pito; heredarás mis venas y tendrás vellos por todo el cuerpo, como yo.

Entré a la escuela y conocí vaginas elegantes, penes hermosos sin pellejos colgándoles de la cabeza ni vellos despeinados. Entendí que cada uno decide la vida que quiere tener. Que hay miembros de todo tipo y que tus gustos sólo dependen de ti. Tuve amigas que se perforaban el clítoris y compañeros que presumían sus tatuajes a lo largo de su cuerpo fálico. Vaginas se frotaban con otras vaginas y en ocasiones mis amigos “jugaban a las espaditas”. Algunos miembros incluso eran más grandes que Gran Pene, y eso que él se creía La Verga. En estos días me enamoré de Glande, el más listo de la clase. Un día, mientras me ayudaba a repasar las partes que nos componen, le di un beso. Él se enojó y jamás volvimos a hablar. Al parecer no era tan listo.

Fue también en estos tiempos de escuela en los que me relacioné más con Vulva. Ella, a diferencia de Gran Pene, me apoyaba en todo lo que hacía. Le conté mis gustos y mis miedos. Vulva escuchaba sin hacer preguntas. Era extraño, aunque a mí nunca me gustaron las vaginas, veía en Vulva algo distinguido que me hacía admirarla; quizá eran los diminutos vellos que se acomodaban cubriendo su clítoris o la manera tan inteligente en que ocultaba sus sentimientos debajo de dos pliegues de piel. Nadie que Vulva no quisiera, entraba en ella.

Recuerdo el día que me fui de la casa. Vulva había salido a comprar la comida. Me dirigí a su habitación y me puse el vestido blanco, ese con el que aparecía en el cuadro de la sala. Nunca comprendí por qué alguien como ella se había casado con alguien como Gran Pene. Me desenredé los pelos asquerosos que me habían comenzado a salir y me pinté de rojo la única parte de mi cuerpo que me gustaba. Mi boquita de Pito Chico. Puse música, subí el volumen y comencé a bailar sobre la mesa en que todos nos reuníamos a la hora de la cena. No sé cuánto duré así.

Escuché rechinar la puerta de la casa y corrí para recibir a Vulva, quería bailar con ella. Quería que nos frotáramos. Cuando Gran Pene me vio me quedé paralizada -bueno, en ese entonces paralizado. Me tomó de los vellos y con la hebilla de su cinturón me comenzó a pegar en todo el cuerpo. Los testículos me sangraron y por días no pude estar erecto. Cuando llegó, Vulva limpió mis heridas. Nunca me llevaron al hospital porque “qué iba a decir la gente”. Pese a todos los esfuerzos y la atención que Vulva me dio, mi uretra sufrió una grave lesión que me impedía orinar.

Me fui sin siquiera despedirme de Vulva.

No tenía amigos, así que tuve que trabajar de cualquier cosa. Comencé limpiando pisos, vendiendo ropa que yo jamás me pondría, haciendo llamadas telefónicas a miembros de todas partes del país. Nunca era suficiente. Por no poder orinar tuve una enfermedad muy grave. Comencé a prostituirme para pagar la operación. La primera vez que otro Pene me besó fue maravillosa. Recuerdo que estuvo haciendo círculos en mi espalda y cuando mi ano estuvo listo, se metió en mí. Por un momento no me importó la enfermedad ni el dinero. Aunque fue sin amor, lo disfruté.

Me volví un experto en el arte de expandir y contraer el orto, cada eyaculación la disfrutaba como si fuera la última. Cuando junté el dinero necesario fui a una clínica, me agarré los testículos y con seguridad le dije al doctor: “quiero ser una gran vagina”.

La operación no fue difícil, me contó el doctor. Debido a la enfermedad gran parte de mi cuerpo se estaba pudriendo y lo mejor fue extirparlo. Me hicieron una Vagina preciosa, con vellos pequeños rodeando un clítoris mediano y rosa. Regresé a trabajar y gané el doble que antes, conocí nuevos clientes. Nunca más fui un pito chico. Nunca más oriné de pie.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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