Figo

Cuando Emiliano cumplió cuatro años le compré su primera mascota, yo quería un perro pero el vendedor me aconsejó que lo mejor sería un gato. No sabía mucho de razas, sólo que los gatos son más limpios que los perros y que los gatos negros atraen la mala suerte. Compré un gato blanco con ojos azules, lo llamamos Figo.

La madre de Emiliano ya no está con nosotros, no murió, nos abandonó. ¿Cómo decírselo? Apenas sabe hablar, aún no va a la escuela pero cuando entre, notará la diferencia. Yo trabajo de madrugada, después de cenar dejo a Emiliano dormido, tomo a Figo y lo dejo a los pies de la cama. “Me lo cuidas”, le digo al gato y me voy. Me duele dejarlo sólo, una parte de mí siempre está preocupada porque algo le pueda pasar a Emiliano, no quiero que sufra, no quiero que crezca.

Ser policía no es algo que me guste, pero trabajar de madrugada me deja todo el día para estar con mi hijo. Cuando llego todavía duerme. No podría lastimarlo, es tan tierno. Se pasa el día jugando con su gato, se duermen juntos, les arrojo una bola de estambre y Figo salta por ella, Emiliano corre detrás de él y cae, se raspa las rodillas, entonces Figo se acerca y le lame la sangre. Emiliano no llora, se levanta, me trae la bola y me dice: “ota papi, ota”.

Quizá Figo era un gato raro, varias veces se comportaba como perro, creo que depende de la educación. “Es bien sabido que los gatos de la calle no saben maullar, ese sonido sólo lo hacen los felinos que se saben mascotas y que aprendieron a pedir comida, el comportamiento de tu gato dependerá de cómo lo trates”, leí en internet. Mucha gente dice que los gatos tienen nueve vidas, pero no es así. Figo sólo tenía una. Jugábamos en el parque con la bola de estambre. La arrojé demasiado fuerte y se detuvo en la avenida, corrí y alcancé a Emiliano, lo tomé del brazo mientras veíamos cómo una camioneta atropellaba a Figo. Emiliano no hizo nada, no lloró y de regreso a casa estuvo callado. Preparé la cena pero Emiliano no la probó, se fue a dormir.

Cuando despertó, Emiliano no podía hablar, comenzó a gatear, le serví el desayunó pero él se acercó al plato de Figo y comenzó a devorar la comida que había quedado. Sacaba su lengua y tomaba agua. “Deja ahí Emi, esa comida es de Figo”. Entonces el volteó a verme y maulló. No podía creerlo, no era al típico “miau” que cualquier niño hace, era un sonido agudo y prolongado, como si se estuviera quejando de algo que le duele mucho.

“Figo, Figo”, le digo a mi hijo y él se acerca a donde yo estoy. Se para y me encaja sus uñas en mi pantalón, me agacho y me lame la cara. Tomo una bola de estambre y se la aviento, Emiliano corre por ella y juega como si se tratara de un ratón. Emi se comienza a lamer el brazo y yo pienso qué voy a hacer con mi hijo. Tal vez si le compró otro gato que se parezca a Figo, vuelva a la normalidad. Quizá sea buena idea llevarlo con un psicólogo, Emiliano vio cómo atropellaban a su gato, eso debe ser algo traumático. Pero pensándolo bien, qué de malo tiene tener un hijo gato. Los gatos son animales muy limpios y un sobre de comida es más barato que un kilo de huevo. Ya está, tendré un hijo felino.

Fue pasando el tiempo y todo era muy fácil. Cambié de horario en el trabajo. Además de muy higiénicos, los gatos son animales muy inteligentes, ya no me preocupaba que algo le pasara a mi hijo. Figo (como tuve que llamar a Emi para que me obedeciera) se dormía conmigo. Nos despertábamos y mientras él masticaba whiskas, yo leía el periódico. Cuando terminábamos de comer comenzábamos a jugar. Tenía una lámpara que proyectaba sobre la pared, a Figo le gustaba perseguir la luz. Compré un rascador y le enseñé a hacer del baño en un cajón arenero. Quizá nunca fui un buen padre, pero desde niño he sido un dueño responsable.

Los últimos días Figo ha estado muy extraño, se pasa la noche maullando y no me deja dormir, es un gato adulto, quizá es hora de que deje la casa. Es difícil pero comprendo que tiene necesidades que se deben satisfacer. Entonces me levanto y le abro la puerta. Figo se acerca a mí y me ronronea antes de salir corriendo hacia la calle. Mañana compraré un perro.



Tengo veinte años, escribo y estudio comunicación. ¿Por qué comunicación? Simple, porque me gusta ver la tele, ir al cine, leer. Aunque hay materias dirigidas hacia el periodismo y eso no me gusta; ¿se imaginan vivir de lo que hacen los demás? Sin duda es una profesión necesaria, pero no es para mí. De todos modos, gracias a la carrera, he hecho prácticas de radio, entrevistas, artículos, investigaciones y otras cosas que creo me pueden ser de mucha ayuda.


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