FIL 2016; cómo ser periodista sin perder la nota en el intento

  • Cuando la cobertura no es lo que se esperaba ser
  • El 29 de febrero será el último día de la FIL en el Palacio de Minería

Las predisposiciones indicarían que un evento en domingo en el Centro Histórico de la ciudad de México tendría la afluencia suficiente para convertirse en un modelo a nivel del suelo del metro en hora pico. No fue así; el pronóstico del reportero sobre la FIL falló y ahora es necesario buscar un ángulo distinto para la crónica que se debe entregar. Ningún periodista puede darse el lujo de llegar con hojas en blanco a la redacción.

Es posible que se haya convertido en la cobertura más aburrida de una Feria Internacional del Libro (FIL) en el Palacio de Minería. Reportear no es aburrido, nada se compara con salir a la calle y estar en contacto con la gente y las situaciones que, una a una, tejen lo que se convierte en un día cualquiera del D.F. Lo malo es enfrentarse a un hecho pasivo.

Foto: Angel Hernández Diaz

Foto: Angel Hernández Diaz

“Debe haber algo interesante”, se dice el reportero; es la feria del libro con más edad en México y está por llegar a los 40 (tiene 37 años), hace 365 días hubo casi 150 mil visitantes; algo debe haber…

¿Por qué no hacer un trabajo sobre los escritores muertos cuyos libros seguro están volando como pan caliente? No, demasiado mainstream, más tarde el reportero lo comprobaría al ver que un colega hacía algo similar. Además, a horas de fallecer, Harper Lee y Umberto Eco tenían aún muchos ejemplares guardados en los cajones de su respectiva editorial en la Feria; no hay montones de gente arrebatándose los títulos de los autores recién partidos de este mundo; ni siquiera para hacer como que se les admiraba mucho.

El reportero empieza a dudar de sus sentidos: abre los ojos, respira una y otra vez, huele el olor de los libros nuevos y el café, pone atención con los oídos, siente las hojas de los libros que puede abrir… y todo sigue igual.

Busca una charla con un encargado de protección civil, Víctor, se llama. Descubre que ni siquiera algún incidente parece interesante en los cinco días –desde el 17 de febrero- que lleva el encuentro literario. Lesiones por caídas, el saldo más grave que se ha atendido desde la inauguración. Un doctor y una enfermera hacen guardia las 12 horas del evento, por si acaso; si algo sale de la rutina y pone desorden, se evalúa la posibilidad de que el paciente reciba atención ahí mismo o ser trasladado; para eso está lista una ambulancia y la Secretaría de Seguridad Pública del D.F. está al tanto de los protocolos previstos por el comité organizador.

Foto: Angel Hernández Díaz

Foto: Angel Hernández Díaz

Algo anda mal, no hay nota. No hay periodista. De pronto cualquier detalle comienza a seducir para convertirse en el protagonista de una historia que, después de ser impresa, se convertirá en envoltura de papayas o aguacates.

Ni siquiera los que buscan libros  Del Roberto pueden dar pie a su actividad ilícita contra los consorcios editoriales; y es que en los vacíos donde no hay cuerpos humanos entre los pasillos ayuda a que los encargados de vigilancia tengan los ojos puestos en donde deben estar; nadie puede llevarse un libro sin pagarlo antes. La adrenalina olvidó venir.

“Es de Elena Pontiatosca (sic)”, dice un joven a su grupo de amigos al escuchar quién sabe qué título de un libro; a un par de metros, una expositora ríe después de dar un bocado a su comida cuando escucha el error del chico. Eso no basta, hablar de ‘Peñanietazos’ con los nombres de autores no va a llenar las cuartillas de este texto.

Los libros no están siendo nota, están ahí, esperando a que unos ojos pasen por su tinta; no obstante, algunas pupilas están distraídas en algo más interesante. Y es que, sin que se preste a malinterpretaciones feministas-extremistas-antifalistas, nada en la historia –ni siquiera un libro- pudo, puede, ni podrá robar la atención de una mirada cuando un buen par de piernas femeninas se atraviesa.

Quizá la temperatura de la ciudad y del interior del edificio favorece la aparición de vestidos cortos, shorts diminutos y minifaldas. Sea como sea, caballeros que van desde lectores asistentes, encargados de protección civil y expositores, no pueden resistir el recorrido de su mirada por los muslos de una dama; y es que la naturaleza obra de formas misteriosas, pero el cuerpo femenino fue su tesis doctoral.

No hay nota, quizá la opción sea entrar a una conferencia o presentación de libro; pero las filas están lo suficientemente llenas –sin abarrotarse, sólo lo suficiente- y ya hay quejas; “es que no se vale, ellos ni saben quién es el autor y uno que trae el libro para que se lo firmen no puede entrar”, argumenta una mujer de cabello rubio y rizado a Víctor, el de protección civil. Mientras tanto, otro caballero con algunos kilos de más y barba canosa pregunta a un trajeado de apoyo en la zona del Fondo de Cultura Económica por qué no hay catálogos de títulos por editorial para saber si están los libros que la gente busca y no dar vueltas a lo bruto; no sólo los periodistas se quedan con las manos vacías en una Feria del Libro.

Foto: Angel Hernández Díaz

Foto: Angel Hernández Díaz



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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