Juntos en el dolor y la esperanza en aquel 19 de septiembre

Cuando llegamos lo primero que llamó mi atención fueron los cercos de madera donde se leían frases de dolor, desesperación, muerte. En ese lugar sólo se escuchaban gritos y llanto. Habían pasado ya 14 días desde ese fatídico 19 de septiembre.

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Texto: Verónica Camacho
Ilustraciones: Pocoeducada

No comprendía lo sucedido en la ciudad. En mi cabeza sólo tenía las imágenes de la televisión y la prensa. En el camino hacia Tlatelolco veía a la gente deambular con la cabeza baja, edificios caídos, improvisados campamentos en los parques y banquetas, gente trabajando, ambulancias, patrullas, médicos, enfermeras, bomberos, que corrían de un lado para otro.

Mi padre nos había llevado a dejar ropa y víveres para la gente. Mientras llegábamos a nuestro destino escuchaba la plática que sostenía con mi madre. Hablaban de tragedia y yo no alcanzaba a dimensionar el peso de esa palabra, mi mundo lo constituían mi familia, la escuela y las tardes de juego con mis amigos.

“Juntos en el dolor y la esperanza”, se leía en uno de los cercos de madera. Mi mundo de juego se desmoronó cuando vi a la gente llorar por sus familiares y guardaban la esperanza de que aparecieran con vida en ese montón de escombros. Ese día comprendí el peso y significado de las palabras tragedia y dolor. También vi y olí a la muerte.

A partir de entonces, cada 19 de septiembre, pienso en la señora sin nombre, una mujer de aproximadamente 40 años que aún con sus manos y piernas lastimadas caminaba por la calle y gritaba los nombres de su esposo e hijo. Gritaba, con profundo dolor, que si ella estaba viva, ellos también.

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Ilustración: Pocoeducada

Ilustración: Pocoeducada

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Jornalera de la tecla, obrera editorial, poeta a ratos.


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