La auténtica religión de la fe

Multiculturalismo

Foto: definicion.mx

 

Las casi extintas monedas de diez centavos tienen una implicación de fortuna para mí por causas que se remontan a mi infancia, época en la cual todavía se producían, pero ya habían perdido valor. Cada vez es más raro encontrar una y por ello aún les sigo dando ese significado cabalístico. Las encuentro tiradas en la calle, las recojo y las guardo en mi bolsillo hasta que las pierdo o desaparecen en la lavadora. Procuro cuidar el pequeño pedazo de metal en turno, no olvidarlo y llevarlo conmigo a donde quiera que vaya. Suena tan absurdo como un dios omnipresente que me acompaña a todos lados. Todos necesitamos un respaldo en qué confiar.

El sábado fui, acompañado de mi novia, a beber unas cervezas a un par de bares por el cumpleaños de uno de mis mejores amigos. Ella y yo no quisimos regresar tarde a casa para alcanzar transporte, el metro, sin complicaciones. A las once y media abordamos la línea que nos trae a casa. A la mitad del camino un sujeto, creo yo que sigue siendo joven, de baja estatura, con ropas oscuras y sucias que le quedaban grandes, en una situación económica precaria, de sublime nobleza y alguna alteración en su conciencia de la realidad, se subió en el mismo vagón en el que íbamos. Cantaba a capela una canción, creo que de banda. Mal afinado. Mal atinado. Caminó desde la primera puerta hasta la última en busca de alguna remuneración por su voz. A éste entrañable personaje de la Ciudad lo confundí con su igual identitario de misma situación, vestimenta, nobleza y sonrisa que se encarga de espantar a la gente azotando su pies descalzo en el suelo al mismo tiempo que su voz alza un “¡Ay!”. Justo pensaba en la comparación de ambas personas cuando noté que nuestro protagonista y tal vez anfitrión venía de vuelta abrazando aleatoriamente a la gente. Mi novia me comentó que alguna vez, éste la había abrazado. Yo quería abrazarlo, sentir su energía positiva. Pasó de largo. Y enseguida regresó. Abrazó al tipo que estaba parado detrás de mí. Llegó conmigo y apenas abrió los brazos, lo tomé por los hombros, le di un par de palmadas y lo acerqué hacía mí con fuerza. Su cabeza se recargó casi en mi estómago. Cuando él se separó, me pidió una moneda con las dos manos en su boca y con voz delgada, casi inaudible, como si fuera un niño pidiendo una oportunidad más en el juego de la vida. No traigo nada, le dije, y era verdad, no traigo nada de cambio, pero tengo mi moneda de la suerte, es de diez centavos, ¿la quieres?, le pregunté. Me dijo que sí con su expresión de emoción detrás de una cara manchada por la supervivencia. Le di mis diez centavos, esos que tanto cuido para que no se me caigan cuando saco el cambio para comprar un cigarro, esos diez centavos que coloco aparte para que no se me olviden cuando salgo. Recibió la moneda en su palma, la tomó con los dedos de la otra mano, la rodeó con la mano con la que la había recibido, sonrió inocente, cerró los ojos, su forma de agradecer, inclinó la cabeza hacia un lado, pegó la moneda a su rostro y se acarició el cachete con ella como si se tratara del peluche más suave que había sentido en su vida, su expresión de cariño puro. Mi nuevo amigo siguió su curso.

Al lado de mí, un señor robusto de china cabellera mediana me acercó una moneda de un peso. Tú diste diez centavos, me dijo. No se preocupe, sonreí y le toqué el hombro. Escucha, yo soy religioso, nosotros le llamamos la ley del búmeran, tú diste tu suerte y se te regresa multiplicado, yo te doy mi aché. Sonreí, le di las gracias y tomé la moneda. Unas estaciones más adelante, esperé a que colgara una llamada telefónica, le pregunté qué era aché. Me dijo: yo soy yoruba, comúnmente se le conoce como santería, pero no es eso, yo te doy mi aché, es mi bendición; tú diste algo tuyo, tú diste tu suerte a alguien más, ahora mi Dios te da su bendición, no lo tomes como un metal, como dinero, porque el dinero está maldito por Dios. Enseguida se dirigió a mi novia y le dijo unas palabras que realmente me conmovieron, me quebraron. A la próxima estación, éste señor se bajó.

Hoy si lo cuento, me sigo conmoviendo y reflexiono en que nunca he podido expresar, y tal vez jamás lo haré de una mejor manera que ésta, una filosofía de vida en la que creo y he adoptado para llevarla a la práctica todos los días: cada quién construye su propio mundo en el que quiere vivir.

Me impresiona de manera brutal cómo tres personas diferentes, desconocidas, de distintas edades, creencias y situaciones socioculturales nos entendimos a través de simbolismos espirituales que sin desearlos nos dejaron satisfechos a los tres, dando sin esperar recibir. Tres personas distintas que comulgaron un flujo de energía, de buena vibra, a través de monedas insignificantes, que no valen nada, sin ponerse de acuerdo. Tres personas extrañas que construyeron su propio mundo por un momento y mañana saldrán a la calle a seguirlo haciendo.

Es increíble cómo se le puede poner valor a una moneda de diez centavos o de a peso. Yo recibí un peso y unas palabras que me han vuelto el hombre más rico del mundo. Y esa es la auténtica religión de la fe.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


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