La Casa de Asterión – Alto Albedrío

Eduardo Ángeles / @Asterion_25 / eduardoangeles@capitalinoerrante.com

 

El carro iba tan rápido y el placer era tan grande que le hacía cerrar los ojos, pisar a fondo y soltar el volante. La media melena se ajetreaba, tanto aire lo asfixiaba, su rostro era golpeado por las pequeñas piedras que arrojaba el suelo por los excedidos kilómetros por hora a los que conducía. Aquella noche, él simplemente latía con el motor, las luces de los carros pasaban muy rápido y comenzaba a sentir miedo acompañado de satisfacción y descanso, sólo hacía falta virar el volante unos milímetros.

Alejandro Martínez era un cuarentón que trabajaba en un banco otorgando préstamos inútiles a la gente más desesperada y ocurrente. De joven siempre fue muy inteligente pero también un tanto descarriado, tirando a la basura todos los sueños paternales en él encallados. Le gustaban los cigarrillos baratos, justificándose con un simple “cantidad sobre calidad”, era divorciado de la mujer más indiferente que he conocido, tenía un humor tan negro que podía callar cualquier conversación por más amena que ésta fuera, amante por la velocidad y los carros lujosos, pero sobre todo, era mi mejor amigo.

Soy Jorge Zepeda, y muchos años antes de la muerte de Alejandro había decidido trabajar en un periódico de suficiente prestigio para salir de los abismales fangos en los que te posiciona la vida después de titularte. En esos tiempos trabajaba en la sección de policía y maldecía aquellos días que me traerían a Alejandro en el momento más catastrófico. Sabía que sus últimos días habían sido muy melancólicos. Fernanda, su ex esposa, había regresado, como si la muy desgraciada supiera algo de él o le importara de verdad, como una sanguijuela le chupaba la sangre, el alma, a través de esos labios que sólo sabían conjurar mentiras.

Alejandro me llamó una semana antes de su muerte, lo visité, vivía en la delegación Azcapotzalco, en un apartamento barato a comparación de lo que podía pagar. Lo visitaba con frecuencia, bien valían las dos horas de trayecto, comíamos, cenábamos y de vez en cuando salíamos y nos embriagábamos, él más bien era un alcohólico solitario, pero siempre me compensaba ese largo viaje que hacía por verlo aceptando la salida a algún bar.

Subí el elevador y toqué. Se oyeron sus pasos, su sombra apareció en el suelo tras la puerta, abrió.

Estaba muy bien peinado para ser sábado en la mañana, su cabellera de tirabuzón, sus orejas pequeñas y muy pegadas al cráneo, su nariz ganchuda, unas ojeras que preocupaban y combinaban con sus ojos negros. La casa apestaba a cigarrillos, los ceniceros se encontraban repletos y muchas de las colillas estaban botadas por el suelo, las cortinas estaban cerradas, estaba todo muy oscuro pero no impedía que unas cuantas botellas vacías de un módico ron brillaran por toda la alfombra.

Preparé café, nos sentamos a la sala, sacó un cigarro de su chaqueta y con cuidado lo encendió; me habló de Fernanda. La

Paul Wonner (American, Bay Area figurative Movement, 1920-2008): Model Drinking Coffee, 1964.

desgraciada había llegado en la madrugada desde no sé donde a corromper a mi amigo diciéndole lo mucho que le hacía falta y que lo amaba, cosa que yo sabía no eran verdad. Traté de ocultar mi enojo apretando mis manos, enterrándome las uñas en las palmas y Alejandro sólo tenía una cara distante; ya le chupó el alma, pensé. A manera de conclusión me sorprendió diciéndome que ya no le importaba, ni ella ni nada.

Admito que sentí un poco de emoción, pero su cara me preocupaba. Comenzó a decirme que por las noches pasaba horas sentado a la cama imaginando que conducía en el desierto a exceso de velocidad y mirando de reojo los faros de los carros que pasaban, se sentía atraído por las luces, con ganas de atravesar aquellos túneles amarillentos y brillantes para llegar a un lugar donde ya nada le preocupara, sólo girar el volante y llegar a su destino. Su tono de voz era como el de una momia, tan grave y falto de emoción que hizo un increíble eco en mi cabeza por bastantes días.

Me quedé callado, en verdad no tenía que decir, yo sabía lo que pasaría, lo veía en sus ojos, que un día, aquel hombre tan desamparado se embriagaría, y como un niño que no quiere ser descubierto por las noches, se iría de éste mundo. Aún así no hice nada, él ya lo había decidido.

Lo abracé al salir del apartamento, le di la espalda, caminé hacia el elevador, y ahí, voltee hacia su puerta, él estaba inerme, pero ya era demasiado tarde. Entró a su casa, entré al ascensor y en cuanto se cerraron las puertas mis piernas temblaron. No pude evitar caer de rodillas ni derramar un par de lágrimas.

Descansaba en mi apartamento cuando recibí la llamada que me avisaba de su accidente, e irónicamente el trabajo me llevó a la escena mortal.

Hacía frío pero la autopista ardía en llamas, asando como en el mero infierno. Había dos carros accidentados y muchos metros atrás otros cuantos que, seguramente, reportaron el percance.

Un Corvette y un Ford Fiesta Sedan se encontraban destrozados con los cofres brutalmente doblados y los cristales pulverizados, donde en aquella noche y aquel fuego parecían miles de estrellas salpicadas, bailando el vals de mis flashes.

Después de calmar el fuego sacaron del Fiesta a dos niños con graves quemaduras pero vivos. Sus padres no tuvieron tanta suerte ante el capricho rojo de Alejandro.

El cuerpo de mi amigo tenía el rostro destrozado, se alcanzaba a ver lo que antes eran sus ojos y ahora sólo eran dos agujeros que lucían una profundidad inmensa, éste en parte era mi amigo, tan vacío y espacioso como la oscuridad. Tenía en lo poco que le quedaba de boca y dientes, una leve abertura, que más bien parecía una sonrisa irónica y algo diabólica; eres un tonto, le dije. Me dije.

Ya no podía sufrir, él no siempre pudo hacer lo que quiso, tuvo una vida bastante desastrosa y me duele no poder recordar los buenos momentos que compartimos, pero existe algo muy cierto en todo esto; si nadie decide cómo y dónde nacer, somos libres decidiendo cómo y dónde morir.

 

Paul Klee (German/Swiss, 1879–1940): Fire at Full Moon, 1933



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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