La Casa de Asterión – No hay futuro

Eduardo Ángeles / @Asterion25 / eduardoangeles@capitalinoerrante.com

Era aquel lugar muy alentador, lo recuerdo, sus calles estaban limpias y despejadas, llenas de color y sonidos. El asfalto viajaba como una especie de alfombra transportadora, sólo se escuchaba el sonido de su recorrido, como el del siseo de un mosquito que ronda por las noches y te despierta. Y así, como el mosquito incompetente, la alfombra que iba de aquí para allá doblando por todas las calles sin pausa alguna, parecía despertar a la ciudad. Seguido de los siseos se escuchó una serie de campanadas que daría lugar a una tremenda multitud vociferando, salían de los elevadores, los edificios, se movían de aquí para allá dialogando unos con otros, silenciando aquel insecto que viajaba debajo sus pies.

Las estatuas se movían, dejando la frígida pantomima atrás, estallando dentro de sí mismas, conviviendo con la calles, lo sonidos, la vida, bailoteando, no en busca de dinero, en busca de una mirada, un reconocimiento, una evocación, un significado.

Franz Ackermann (German, Contemporary, 1963): Mental Map, Near Cinelandia, 1997. Private Collection.

Los edificios chaparros crecían uno a otro. Si bien trabajabas por la mañana en un tercer piso podías terminar tu jornada en un quincuagésimo. Me recostaba en alguna banqueta y admiraba como las construcciones iban destilando los rayos del sol y las nubes quemadas. Sus movimientos trepantes de oruga me hechizaban y acompañaban en el hecho de que parecíamos todos nosotros –los edificios y yo– buscar un camino a la tierna y cálida caricia.

Las fuentes se arremolinaban y con ellas la gente, fuentes hechas tornados, crispando el agua de aquí para allá, evaporándola, condensándola y decantándose en suaves colores a la expectación de los menores que asombrados acompañaban a sus padres por aquella ciudad. Las hormigas hurgaban el festín.

La prosperidad y honestidad invadía la polis, la ostentosa verdad gobernaba. El mundo, el país y la ciudad vivían. ¡Qué sociedad tan prolífera, tan fructuosa! ¡Qué sociedad! Los mares jamás arreciaban, los arboles nunca incendiaban, los truenos nunca impactaban, orgullo había que sentir… nada más ¡Qué privilegio! ¡No puedo estar más agradecido!

 

***

 

La membrana era gruesa y translucida, reflejante, como el espejo que apareció frente a la gran ciudad. La podrida ciudad era visible. Decadente, turbia, lenta, corrompida y maloliente era calcinada por los rayos solares, disfraces antigás.

El espeso humo que habitaba la ciudad estaba suspendido entre los edificios, nada se veía después de él. El polvo arreciaba por los fuertes vientos en el suelo, las estatuas no existían más, inmóviles frente al viento habían desaparecido, ya nadie las veía. Las fuentes secas, parecían más bien un montón de dunas a escala en donde los

vagabundos acostumbraban reunirse, por lo que siempre aborrecía a la demás gente o impregnaba el miedo haciéndolos huir de tales escenas.

Apenas unas almas se asomaban en esta ciudad, llena de indiferencia, irrespetuosa, olvidada, corrupta y maloliente, producto de años de historia, de los afanes por intentar cambiar la naturaleza humana, salvaje, impulsiva.

 

***

 

Cuando hube despertado de tal verdad solo pude mirarme al espejo. Vi a través de aquellos ojos, que no eran los míos. Sabía que al mirarme no era yo quien me regresaba la mirada. Expectante caminé hacia la ventana, nada de eso que soñé podía ser real, nosotros nunca fuimos así. ¿Porqué terminar en tan desolador final? Miré dentro de ella y vi la ciudad dormida pero impaciente, justo como yo. El sol desgarró un poco mis ojos, delatando el imperioso sueño que aún sentía. Decadente me senté en la cama, subí mis piernas y reposé. La verdad era que no quería vivir en ninguno de estos aberrantes sitios, prefería hacerlo dentro de mí.

Soñar lo que fuera menos eso; esto.

 

David Normal (American, Contemporary, b. 1970): Purcogitoresque, Crossroads of Curiosity Suite



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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