La impotencia de Cuitláhuac – La Monu

 

Sergio Romero /  / sergioromero@capitalinoerrante.com

Según la lengua náhuatl, la palabra Cuitláhuac significa “el que ha sido encargado de algo”. Por lo visto, el Tlatoani, estratega principal en la victoria de la Noche Triste y hermano de Moctezuma, ha sido encomendado de vigilar el tránsito con su propia glorieta ubicada en Paseo de la Reforma.

Justo en medio de Tlatelolco y Tepito, su figura de bronce se encuentra de pie en posición desafiante, observando a los carros darse vuelta con dirección a Ricardo Flores Magón, pitando el claxon eufóricos por culpa del tráfico en las horas pico. Cuando no son carros son bicicletas en domingo por la mañana o peregrinos el doce de diciembre con sus estruendosos cohetes lo que Cuitláhuac presencia, siempre inmóvil.

Esculpido por las manos del célebre Ignacio Asúnsolo, el antiguo guerrero descansa sobre un basamento piramidal que rebasa los 3 metros de altura, obra del arquitecto Jesús Aguirre. Un verde tapete de pasto y muchos árboles no muy altos ni frondosos, le dan el aspecto de un bosque abandonado. Uno que contrasta con las estatuas que escoltan al hombre de bronce, personajes célebres de diferentes épocas cómo Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Jesús González Ortega y Francisco García Salinas.

La glorieta de Cuitláhuac ha sido considerada uno de los monumentos más importantes en Paseo de la Reforma, su magnificencia atrae la mirada de propios y extraños; sin embargo, a últimos años, el Tlatoani se ha visto amenazado por algo mejor conocido como la plaga humana, al convertirse en uno de los lugares favoritos para tragafuegos, lavacoches, malabaristas, vendedores y vagabundos, que han encontrado en su jardín un espacio para descansar, dormir, hacer sus necesidades fisiológicas y, además de todo, consumir drogas. En más de una ocasión la policía ha tenido que intervenir para quitar aquellas mantas y carpas que forman improvisados refugios; sin importar el resultado, siempre vuelven.

La pirámide sobre la que se encuentra el guerrero, se ha convertido en pared de graffiteros y la frase “puto el que lo lea” se ha escrito tanto en la glorieta, que ya es difícil distinguirla de las demás groserías y rayones. Sobre la placa que alguna vez estuvo ahí describiendo a su dueño, ya nadie recuerda nada, sin embargo, y a pesar de las letras caídas, todavía se alcanza a saber que la glorieta fue inaugurada el 21 de noviembre de 1964 por el Presidente Adolfo López Mateos, al mismo tiempo que la ampliación norte del Paseo de la Reforma.

Son pocos los que se aventuran en los secos jardines de Cuitláhuac entre lunes y sábado, debido más que nada a la inseguridad que acecha el lugar, sin embargo, los domingos todo cambia, y mientras los vagabundos-tragafuegos-limpiacoches y demás se ausentan, muchos jóvenes -algunos ya ni tanto- se aposentan ahí para beber, fumar tabaco, marihuana, o ambas; platicar, dormir, cantar y pasar lo que denominan como “un buen rato”.

Pero aquello que atrae a las personas no es el propio Cuitláhuac en sí, sino su cercanía con el tianguis de Comonfort, que se encuentra a no más de 20 metros.

De ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, el tianguis abarrota la calle con sus carpas azules, verdes y amarillas para vender todo tipo de mercancía; entre ellas, una cosa que abunda y se extiende a los dominios del militar azteca… la michelada.

Para mayor comodidad, los jóvenes han encontrado en la glorieta un buen centro de reunión social para consumir las bebidas del tianguis ante la complicidad de los policías, que se hacen de la vista gorda al delito de beber alcohol en vía pública, tal vez por la tajada que reciben de cada vendedor para que sus clientes puedan disfrutar las comodidades de la calle sin ser molestados.

“Sí, les damos dinero entre todos los vendedores… primero para que nos dejen vender y segundo para que los dejen tomar en la glorieta, no sé cómo sea en los demás puestos, pero a mí por mi carrito de micheladas me cobran 200, yo creo que sí se llevan una buena tajada”, explica Héctor Romero, uno de los muchos vendedores.

Pero regresando unos cuantos metros hacia la glorieta, alrededor de unos 200 jóvenes se encuentran tirados en el pasto, algunos punketos, darketos, emo, hipsters, chakas, rastas, swaggers, mirreyes y demás estilos se conjugan en grandes círculos con sus vasos azules de corona y una escarcha rodeando el vaso. Los más valientes sacan su celular y el rock, reggae y reggaetón se entrecruzan armónicamente.

El humo de los cigarros forma una nube a los pies del olvidado Cuitláhuac y el olor a marihuana se intensifica en ciertos lados de la glorieta. Hasta los perros Pitbull, Chihuahueño, Pastor Inglés, Gran Danés y Bóxer forman parte de la convivencia que ni los bebés de algunas jovencitas, como es el caso de Ezdi, se quieren perder. “La verdad es que hoy es mi único día de descanso en el trabajo y nadie podía cuidar a mi hijo, así que me lo traje junto a mi novio para platicar un rato con mis amigos y echarme una miche”, dice.

Todos se están relajando y pasándola bien en la glorieta de Cuitláhuac, pero pocos saben que es de él.

-¿Es una glorieta? Yo pensé que era un jardín-.

-¿Es la glorieta de Moctezuma no?-

-La verdad no sabría decirte con exactitud, sólo sé que es de un indígena-.

Pero quién es el anfitrión no es de resaltar, lo importante, como dicen, es venir a disfrutar del domingo, cómo mencionó Giovanni, estudiante de la carrera de Derecho en la Facultad de Estudios Superiores Aragón.

“Yo me la paso muy bien aquí, aunque los pastos ya son más tierra que nada, siguen siendo cómodos para venir y disfrutar de tu cerveza, muchas veces acaba uno cansado después de recorrer el tianguis y quiere venirse a sentar”

En ese momento, un joven de más o menos 23 años pasa corriendo a toda velocidad, lo persigue otro de mayor edad hasta que lo taclea, comienzan a pelear, aparentemente porque el primero intentó robarle la gorra al segundo; los demás observan con indiferencia, incluidos los propios policías, hasta que los amigos de Jonathan, el presunto ladrón, los separan; al final todos se van tranquilos a su respectivo lado de la glorieta y la fiesta dominguera puede continuar sin mayores inconvenientes. El relajo debe continuar.

Cuitláhuac sólo observa como una cascada de líquido amarillo riega una, y otra, y otra, y otra, y otra vez la pirámide sobre la que está postrado, mientras una hilera de muchachos hacen uso del “baño público” que ellos mismos se inventaron para no tener que cruzar la avenida y gastar 5 pesos en los sanitarios.

Sin barrenderos, ni nadie que se preocupe por la limpieza de sus jardines, la glorieta termina abandonada, llena de botellas de plástico, vasos, colillas de cigarro, excremento de perro y ¡ah!, el regreso de los vagabundos, tragafuegos, vendedores, limpiacoches, etc. La semana está a punto de empezar, pero Cuitláhuac nunca tiene día de descanso.

 

 

 



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