La penitente – ¡Asústame panteón!

La penitente.

Aprovechando la columna de “Mancera vs Uber”, esta vez les contaré una de las miles de historias que te platican los taxistas mientras llevan el estéreo a todo volumen, andan ruleteando por las calles a ver qué pescan, te cobran lo doble cuando es de noche y no puede faltar algún artefacto de su equipo favorito –por lo regular siempre le van al América-.

Julio Ramírez.

Era media noche y yo tenía que regresar a casa, ya no había camiones y opté por tomar un taxi. “¿Para dónde vas, carnal?”, preguntó el taxista y sólo le respondí que por el TEC de Monterrey –obvio de Atizapán- me cobraría lo doble, me contestó, no tuve alternativa porque no conocía Uber.

La penitente - capitalino errante

La penitente – capitalino errante

Comenzamos a platicar y empezó la historia que me bajó la borrachera, erizó la piel e hizo el camino más ameno.

“Un día me pasó algo bien raro, eran como las ocho de la noche y yo ya iba pa’ mi casa, pero me hizo la parada una viejita y pues la tuve que subir”. Mientras me contaba la historia, sonaba la canción del taxi, me lo paró, o algo así. Lo importante fue que bajó totalmente el volumen y sólo se escuchaba el sonido del motor, el viento que soplaba cuando pasaba por los árboles y la voz seria del conductor.

“Cuando la subí, pues parecía una persona normal, me sorprendió porque ya era mayor de edad, estaba sola y ya era de noche”, le pregunté cómo iba vestida y me respondió que llevaba reboso, el cual le tapaba la mitad de la cara/cabeza, una falda hasta media pantorrilla con calcetines azules de estambre y camisa blanca de cuadritos.

La señora, con voz cansada y apenas distinguible,  le dijo que se llamaba Francisca y le habló acerca de cumplir una manda, ésta consistía en ir a varias iglesias de la ciudad. “Pues ya se veía cansadona, la tuve que llevar a todas las iglesias, fuimos a tres nada más”.

Después de visitar la última iglesia, la señora Francisca pidió que la llevara a su casa, no quedaba muy lejos de su ubicación. Comenzaron a platicar y todo parecía tan normal. Platicaron de lo que consistía la manda, sólo le dijo que era llevar una pequeña ayuda a los templos. Poco a poco se iban acercando a su destino y llegó la conversación de la razón por la que lo hacía de noche y sola…

La penitente - capitalino errante

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“Me deja aquí en la casa con portón negro” indicó Francisca. “No, carnal, ni adivinas lo que pasó” sonrió el taxista.

La señora le pidió que la esperara porque no tenía dinero a la mano, estaba  en su casa. El chofer la aguardó y fue cuando la voz de éste cambió. “La neta sentí un buen de miedo, porque se tardó mucho en salir y pues le tuve que tocar. Imagínate, salió una chava que me preguntó qué quería, le dije que había traído a la Doñita Francisca pero que se había metido por dinero”.

La mujer sorprendida, preguntó por el nombre de la señora y el taxista le respondió que era Francisca.

“La chava empezó a llorar, canijo. Me platicó que Francisca era su mamá pero que tenía dos años de muerta, hasta me dijo que si no era broma. Yo ni me la creía, ni siquiera hablaba porque tenía un chingo de miedo o no sé ni qué pedo. Te lo juro que le pedí disculpas y me fui”. Cuenta que cuando iba caminando hacia su taxi, dándole la espalda a la casa, sintió cómo se le erizaba la piel y como si alguien lo estuviera observando desde la ventana de arriba.

“Ni madres, Nada más sentía la mirada y un buen de frío, ni quería voltear para la casa y la piel se me puso bien chinita. Arranqué el carro y me fui pero neta que ni quería voltear al asiento de atrás, ni mirar en el espejo retrovisor, te lo juro que yo imaginaba que seguía la viejita, hasta su respiración y voz me retumbaban la chompeta”.

La penitente - capitalino errante

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Después de unos minutos, el chofer me contó que hizo el último viaje para olvidarse de todo lo ocurrido pero que todo le parecía muy extraño. “Estaba hasta amarillo del pinche susto, me quedé traumado y ya mejor me fui a ruletear en el día porque en la noche vale madre todo. Ese día, acabé el último viaje, recé un padre nuestro y le pedí que me protegiera”, terminó el taxista, cuando le indiqué que mi casa estaba a unos metros.

“No pues estuvo cabrón y raro ¿no?”, le dije, “Sí pero pues no me pasó nada. Son 200 pesotes, carnal”, me respondió. “Yo también estoy muerto, deja pasar a mi casa por el dinero y le tocas a mi mamá para que te cuente la historia de mi deceso… (risas) nel, yo soy libre como el viento y peligroso como el mar, aquí está el varo.” Finalicé.

Amigos, sigan apoyando este proyecto de Capitalino Errante, les aseguro que encontrarán cosas muy interesantes. Recuerden que un like no se regala y con nosotros se les van a multiplicar en su foto de perfil. Bajen la aplicación de Uber y si no, chútense las pato-aventuras de nuestros queridos amigos ruleteros.

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Comunicólogo FES Acatlán, Marketing Digital, fútbol y según escritor.


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