La teatralidad de la Navidad

El Grinch

Foto: boletossandiego.com

 

La Navidad pierde sentido cuando uno crece. Probablemente los regalos forman parte esencial de la verdadera magia decembrina. En la infancia la ilusión vive todo el mes por descubrir la culminación de la Nochebuena y los deseos vueltos realidad. No hay mejor regalo que un videojuego y la ansiedad de varios días esperándolo. Los calcetines y los calzones debajo del árbol provocan en la juventud un deseo de regresión a la infancia, sustituyendo los juguetes por el exceso de alcohol.

Cuando uno se da cuenta una mañana cualquiera que le crecieron pelos donde una noche anterior no existía ningún rastro de madurez, regularmente en el asterisco, es momento de desengañarse a sí mismo y aceptar que el Niño Dios no compra en Bodega Aurrerá muñecos de acción parecidos a Cristiano Ronaldo o que Santa Claus no viaja en trineo alrededor del mundo aunque las noticias insistan en que sí con cámaras en vivo siguiendo su recorrido.

Cuando en el papel de baño aparece excremento, sangre y pelos es momento de sentarse a la Cena Navideña para recordar la infancia como un souvenir de la vida misma y envidiar a los escuincles que no comen por el dolor de estómago provocado por el ansia de abrir sus regalos antes que nadie. Sentarse y escuchar los albures de los vejetes alcoholizados que algún día seremos aguantándonos la risa, porque si reímos, quedará evidenciado que somos masturbadores en potencia.

De niños, querer a nuestros familiares parece ser una obligación, un compromiso social impuesto por nuestros padres. ¿Cómo se puede sentir aprecio por alguien que apenas ves un par de veces al año, por alguien con quien no compartes tiempo ni conoces realmente?

A cierta edad, luego de habernos emborrachado con Tonayán y fornicado con algún adefesio, nos damos cuenta que muchas de las personas que vemos cada 24 y 31 de diciembre son prescindibles en nuestra vida. Hace falta un poco de suspicacia para notarlo. Sólo los miopes encuentran la comodidad en su familia. Quien no siente pertenecer a una familia, entonces estará un poco más cerca de la utópica libertad.

Tíos borrachos que no pueden arreglar su propia vida. Tías en permanente depresión consolándose con los superfluos logros de su sobrino preferido que ellas nunca pudieron conseguir. Primos que presumen sus músculos y sus relojes porque no hay otra cosa verdaderamente valiosa de la cual enorgullecerse. Primas que se sienten obligadas a ser el alma de la fiesta, que se imponen a sí mismas como animadoras de pacotilla. Abuelos que han descubierto el verdadero significado de la vida y por eso permanecen callados, sentados y reflexivos. Madres dolientes que lloran con solemnidad. Padres obligados a la falsa cordialidad. Nosotros los cobardes y miserables levantemos nuestra copa llena de asquerosa sidra y brindemos, brindemos y saltemos, finjamos una sonrisa para que la familia que nos rodea se sienta a gusto con su máscara teatral.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


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