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La triste realidad del mexicano ilegal en EEUU

Estuve 15 días viviendo en Nueva York. Viviendo y conviviendo con indocumentados chinos, dominicanos y, por supuesto, mexicanos. En este tiempo entendí porqué dicen que sólo mandamos lo peor de México a Estados Unidos.

El sueño americano es fácil de explicar:

Naciste en México. Tienes entre 18 y 40 años, vives en provincia –algunas veces en la gran ciudad-, tal vez tienes dos o tres hijos y “no encuentro chamba, eso que ya estuve busque y busque; me cae que me voy pal gabacho”. Juntas los cuatro o cinco mil dólares que te va a costar el coyote –probablemente te endeudas hasta con la mafia- y te lanzas al norte.

Ya pasó de moda cruzar por el Río Bravo, así que te avientas una semana en el desierto caminando, con poca agua, casi nada de comida, con tus maletas al hombro y un chingo de fe en el futuro.

Tal vez tu viaje se alarga una semana o dos, dependiendo de si la migra te agarra y deporta o si el coyote se quiere ahorrar unos pesos y no manda el transporte a tiempo. Mientras te comes tu cajita feliz de McDonald’s una vez al día.

Al fin te recogen en la carretera y te avientan a la ciudad que pediste. Obvio Nueva York es de las más solicitadas. Wey, si ya te vas a ir, cáele a la chida. Ahí donde triunfó Frank Sinatra, la capital del mundo.

Luego luego le llamas a tu compadre que ya vive en Brooklyn o en Queens. En unos días ya tienes trabajo. “¿350 dólares a la semana trabajando de cajero? ¿Neta? ¿26mil pesos al mes? Ni mi prima la doctora que salió de la UNAM se gana eso en México. Ya la hice, me cae”.

Y tienes derechos. Oh sí, los inmigrantes ilegales tienen derecho a casi todo lo que un gringo de nacimiento. Y los empiezas a exigir, cómo no.

Suena magnífico. Obvio hay que considerar que tu renta te sale en 1000-1500 dólares al mes. Si te trajiste a toda la familia, pues a trabajar todos los que puedan para pagar el depa woe. Y si vienes de a solo para armar tu patrimonio, pues a vivir con tres, cuatro o hasta cinco mexas en un piso de tres recámaras –si no es que dos-.

Ya después de eso pues sólo hay que restarle 35 dólares a la semana para andar en el metro –ilimitado-, un dólar por pieza de pan dulce, 10 dólares una buena playera –dos dólares en las cosas usadas-, un dólar el kilo de tortillas –MASECA… si las has probado, sabes de qué hablo-, nueve dólares un pollo rostizado, un dólar por cada bolillo, 2.5 dólares por una Coca Cola, nueve dólares una entrada al cine, 25 dólares una entrada al museo –¡chido si vas a museos!- 60 dólares mensuales por un plan de celular –eso sí, datos ilimitados-, 35 dólares por cuatro horas de juegos en la feria, cinco dólares por dos rebanadas de pizza y una soda, tres dólares por un hot dog –sin cebolla ni jitomate, sólo el pan y la salchicha-, tres limones por un dólar… y todos los gastos extra que te quieras apuntar.

Suponiendo que te rifas como el mejor, te aprietas el cinturón y juntas 500 dólares al mes libres –neta eres cabrón-, podrás tener 6000 dólares acabando el año, pagar tu deuda y comenzar tu patrimonio.

¿Pero qué pasa? El mexicano pobre, modesto, humilde y luchón que se va de su tierra, a veces sin pensarlo ni reflexionarlo a fondo, se transforma. Le da el síndrome de la superficialidad.

Cadenas de oro, lentes RayBan, camionetones, tenis Jordan, iPhone 6, Samsung Edge, iPads, McDonalds y Burger King dos o tres veces a la semana, pantallas planas, pantalones de marca – de segunda mano-, chelas al por mayor todos los weekends, tatuajes, porros, coca… Ah, pero nunca dejas de compartir el apartamento, vives mal, comes peor, engordas hasta el infinito y tus hijos son más engreídos que el mismo diablo –porque son pochos y no los puedes nalguear, si no cárcel-.

A todos se les olvida a qué fueron. A hacer dinero. A construir las bases de su libertad financiera y regresar a su país a tener a la familia en el lugar que le corresponde. Porque pinche gobierno mexicano sólo roba. América es el país de las oportunidades.

Pasan cinco años, tienes un par de hijos –ya son americanos-, dices que no puedes volver porque aún no juntas tu lanita; te vas a ver a la Selección hasta California, se te va tu lanita; ahorras otra lanita, compras el pasaje de avión de tu hijo para que conozca a sus abuelos, se te va tu lanita. Juntas más lanita para ya empezar a mandar las remesas y tu hijo se gradúa del highschool y pues hay que pagarle su viaje a las Europas; se te acaba de nuevo tu lanita…

Y el ciclo continúa infinito. Los nuevos mexicoamericanos se olvidan de hablar español y los viejos mexicanos se olvidan de la familia en el pueblo. Ya no vas a regresar, es la verdad.

Se calculan 30 millones de mexicanos viviendo en EEUU. De esos, ¿cuántos vivirán en condiciones deplorables? ¿A cuántos les cambió la vida? ¿Cuántos estarían igual o mejor en su pueblo? ¿Cuántos están juntando el barote que les asegura su futuro? (los hay, los hay, me consta).

A reflexionar: ¿Vale la pena largarse a otro país en el que igual vas a vivir para trabajar, como si estuvieras en México? Y si ya estás en los uniteds… no jodas, acuérdate para qué te fuiste.

 



Fundador y Director de Capitalino Errante. Periodista, escritor, fotógrafo, viajero. Puedes hablar mal de mí en twitter.com/eder_bay.


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