La vida de un nini (Parte II)

Yorsh de Polanco

Foto: YouTube

 

Nunca había usado en tan poco tiempo tantas veces traje. Los zapatos me sacaron ampollas por caminar sobre Reforma, Insurgentes y hasta Santa María la Ratera. Toda la vida he usado tenis. De niño, cuando salía a jugar futbol, presumía mis Total 90 ciento once (III). Ahora uso tenis más casuales, de buen gusto, como todo en mí, sin llegar a lo hipster. El rígido saco de forma cuadrangular me hace ver como Bob Esponja. La camisa fajada vuelve mis movimientos androídicos, como Robocop. El pantalón me pica las piernas y las ingles, cuando uso trusa. La corbata me hace sentir un ahorcado de la Edad Media. ¿Y todo para qué?, como diría la canción con la que todos los fines de semana me embriago. Todas las entrevistas a las que he ido me han rechazado con el clásico “nosotros te llamamos”. Llevo cinco meses esperando la llamada de un chavo de la onda que trabaja en el diario Milenio. Cuatro meses la de Cinco M Dos para un absurdo puesto de abuelita acomodadora de fotos en álbumes Kodak; ellos usan  un nombre elegante: Coordinador de Álbum. Ridículo. Tres meses buscando una oportunidad en El Universal sin éxito alguno pues llegan a entrevistas mujeres engreídas, aquellas que si la vida fuera un camión, apartarían el asiento con su gran bolso para ocuparlo con su tremenda nalga izquierda cuando habría espacio para mí, diciendo que han trabajado durante varios años con Adela Micha, en el Canal del Congreso, en gobierno, en Proyecto 40 y hasta en la competencia, Excélsior. Señores pelones y colmilludos, fresas de clóset, Yorshes de Polanco, que ni el buenos días ni el hasta luego me dan por verme tan moco llegan a la inaguantable y diurética sala de espera a competir por la misma silla que yo, la que está detrás de una computadora con jornadas de diez horas, trabajando en fin de semana, con horarios de comida impuestos, pues ni siquiera eso puedes decidir en aquellos calabozos contemporáneos. Para qué quiero trabajar si puedo ser un Junior, ahorrar el dinero que me da mi mamá y con él ir a emborracharme a cualquier bar donde suene reggaetón y banda, ir por prostitutos de la Merced que prometen el mejor sexo oral del mundo, ir al teibol a ver gordas desnudas en vivo con calostro en el pezón y tufo calórico debajo del calzón, comprar los videojuegos que nunca tuve en mi infancia y rejugar los que no jugué en un intento por recuperar el tiempo que no volverá, sentarme en la silla de escritorio que compró mi daddy (y no Yankee) para leer uno, dos y hasta tres libros de Yordi Rosado y como cereza en el pastel, para redondear una buena vida, autonombrarme escritor por publicar cualquier estupidez que sale de mi cabeza de papaya en cualquier página web y presumir a mis amigos que tengo una Columna. Para qué ir a más entrevistas en busca de empleo si puedo vivir de una beca literaria fantasma patrocinada, insospechadamente, por mi padre. Para qué buscar trabajo si tengo que caminar como robot con traje de payaso todas las tardes y explotarme ampollas todas las noches. Mañana es a la última que voy. Espero tener buena suerte y no ser contratado.

 

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**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


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