Mi excusa es amarte. La Casa de Asterión.

Mi excusa es amarte

Eduardo Ángeles / @asterion25 / eduardoangeles@capitalinoerrante.com

 

Tengo en mis manos la única foto que nos mantiene en un lugar y tiempo determinado. Ella ya no me amaba, o al menos así lo pensaba. Yo, como siempre, estaba loco por ella, buscaba cualquier pretexto para verla y sentirla, con sus aromas y elocuencias.

No hace mucho de todo esto, al menos para mí. Desde que ella se fue todo ha sido muy rápido, como una gran inyección, duele si uno se resiste, y así al menos una semana; por otro lado, si uno deja de preocuparse el dolor es efímero. Y esta es una de las cuestiones que me ha tenido ocupado los últimos días ¿acaso disfrutaba sufrir por su adiós?

Siempre me he considerado un hombre solitario, y  lo he disfrutado, pero en ese y este tiempo nada me interesaba más que ella. Evitaba a la gente y sus temas. Cuando salía del colegio con algún compañero que me hastiaba con sus temas de conversación o simplemente lo consideraba estúpido, hacía todo lo posible por no estar más tiempo con él. Prefería caminar sólo a escuchar cómo es que sobrellevaba sus problemas personales.

Esa foto de la que hablaba, la única, era una bastante graciosa. Habíamos acudido a una serie de presentaciones de poesía, música y demás cosas en los edificios dedicados a enseñanza de idiomas en el colegio. Se buscaban donaciones para las entonces catastróficas inundaciones en algunos estados del país y en medio del lugar había una montaña de papel de baño y otra más pequeña y ridícula de jabones; ahí estábamos, yo más nervioso que nunca, hacía mucho tiempo que no hablaba con ella en ese entonces. Había un moderador del evento, seguramente italiano de nacimiento, con un acento muy peculiar pero con un español perfecto, que de no haber terminado en una escuela enseñando a estudiantes muchas veces indiferentes y perezosos, hubiera terminado en algún programa de comedia y canto con un toque de humillación. En parte creo que le debo algo a él, ayudó a que mis bromas no fueran tan estúpidas y ella me deslumbrara con una mirada y sonriera.

Después de un rato estando ahí, un reportero de no sé dónde nos pidió que volteáramos para que él hiciera una foto de nosotros ¡con la montaña de papel detrás! Vaya estupidez, pensé. Ya había visto al reportero encuadrando la montaña de jabones, lo que me había parecido totalmente grotesco, se paseaba de aquí para allá sin encontrar su trabajo. Disparó y quedó. De broma le decía que compraría el periódico para buscar aquella foto, no quería que me creyera un lunático por el simple hecho de quererla ver al alcance de mis palmas. El reportero nos informó donde trabajaba y nos pidió nuestros nombres. Sabía que debía comprar ese periódico.

Al día siguiente lo hice a tientas, no revisé si sería la edición con la estúpida fotografía. Para mi suerte así fue, se lo informé en la escuela y no sé si no lo recordó o no me puso atención.

¡Qué buen rollo! Se titulaba la pequeña nota, me pareció muy ingenioso aunque muy poco romántica la foto, a fin de cuentas sale ella, con su cabello rizado y rojizo, una sonrisa leve y una mirada que la salva de cualquier deber en el mundo. Yo, sonriendo como sólo el amor te doblega, con un peinado que ahora me parece horrible y una mirada tan extraña que me avergüenza. Y ahí estaba, aquella tremebunda montaña de papel higiénico que ahora que lo pienso es a esa cosa extraña a la que le debo esto. Alguien, nunca sabré quien,  obtuvo una excusa, la más simple, para fotografiarnos y sólo hacía falta el tonto que agregara aquel significado a esa pieza rara, que la adueñara y guareciera.

Pasé mucho tiempo con sólo el recuerdo de aquella fotografía, y ésta, escondida en algún lado de mi recamara. Ahora podía verla cuando quisiera, ahora sé que me ama, y yo lo haré siempre, le decía al oído. ¿Quién diría que esa foto me mantendría de pie tanto tiempo y a la vez me daría de pedradas? Porque esa foto es nuestra única, cual único espacio y tiempo pasarán eternos conmigo, y también con nosotros.



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