Mi historia con Caifanes. Música Capitalina.

Mátenme porque me muero.

Una adaptación de Gustavo Azem/ @TavoAzem

Rafael era mi mejor amigo en la secundaria y nadie dudaba de su talento para el fútbol. Me cae que era un mago con la pelota. Rafa también era un erudito en el tema del rock mexicano: sabía nombres de bandas, canciones, discos, fechas y  géneros. Todo lo aprendió de su papá: un viejo manejador de bandas que por culpa del destino terminó trabajando ocho horas al día para una fábrica de material para construcción, y que en sus tiempos libres se lanzaba a conciertos, compraba vinilos y pisteaba escuchando a Botellita de Jerez, Chac Mool, Música y Contra Cultura o Rockdrigo González.

“El maizenas” –como le decíamos sus amigos– conoció a Lucia Pérez, el amor de su vida,  en el estacionamiento del Estadio Azteca cuando fuimos juntos a presenciar el concierto de Iggy Pop y sus eternos Stooges en el escenario principal del Corona Music Fest 2007. Él la quería como nunca he visto a un hombre querer.

CaifaneLos tres compartíamos la misma afición, así que todos los sábados nos lanzábamos a la casa de Rafa y poníamos los discos de ese quinteto defeño conformado por Saúl Hernández, Sabo Romo, Diego García, Alejandro Marcovich y Alfonso André. Me refiero, claro, a Caifanes.

Recuerdo que mientras yo me hacía pendejo, simulando que los ignoraba romancear, él se acercaba a Lucía y le cantaba al oído: “Quiero brincar planetas hasta ver mundo vació y quiero irme a vivir, pero que sea contigo. Viento amárranos; tiempo detente muchos años”. A lo que ella respondía: “Antes de que nos olviden, nos evaporaremos en magueyes y subiremos hasta el cielo, y bajaremos con la lluvia.”

En el 2009, Rafael murió en un accidente automovilístico cuando regresaba de una fiesta. El otro conductor se estrelló justo en la puerta donde él viajaba y le rompió el cuello. Su  hermano sólo sufrió lesiones en las costillas y el brazo derecho. No imaginan la desesperación, el coraje, la rabia, la tristeza ni todo lo que sentí cuando me enteré de la noticia. “No merecía morir y menos así. Era el tipo más noble que he conocido en mi vida”, me repetía una y otra vez.

Segundos antes de que tiraran el primer puño de tierra sobre su caja, Lucía se acercó y sin que cesara su llanto, arrojó una fotografía y susurró: “Para que no te de miedo estar abajo. Para que no se te olvide como es mi cara. Para que imagines que estás conmigo y te sientas un poquito vivo”. Luego arrojo un puño de dulces agüita y murmuró: “Guárdame mil estrellas…”

Estoy muy seguro de que Rafa ahora nos vi gila a todos desde donde quiera que esté y se ríe hasta las lágrimas cuando hacemos alguna pendejada, nos abraza cuando estamos tristes o llora cuando alguien nos rompe el corazón.

Descansa en paz. Rafa.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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