Museo de Memoria y Tolerancia – Una noche en el museo

Por Denise López / @cebra_v / deniselopez@capitalinoerrante.com

Recordar para no repetir

Como estudiante de bachillerato o universidad, alguna vez te han pedido que vayas al Museo de Memoria y Tolerancia con cuaderno en mano. Si lo que buscas en esta reseña es la respuesta número 5 del cuestionario del profesor Gruñón, o el reporte que te pidió entregar la maestra Anastasia, te aviso de una vez: no los encontrarás aquí. En cambio, si no has ido, quizá después de leerme hasta el final tendrás mucha curiosidad por visitarlo.

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Denise López

Salgo de metro Bellas Artes y admiro la pluriculturalidad de un miércoles soleado. Llego a la Secretaría de Relaciones Exteriores y por un momento creo que ya me perdí (como siempre). Pero no, en realidad estoy a una puerta de avistar el mural de Siqueiros, “Velocidad”. Por primera vez encuentro la entrada del museo casi desierta y todo me asombra.

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Mis ojos comienzan a registrar el lugar y encuentran una serie de paradojas: En la entrada hay grafitis mostrando inconformidad del pueblo con el gobierno; las rejas tienen placas que prohíben la entrada a motocicletas, bicicletas, otros tipos de vehículos sobre ruedas, animales de compañía y vendedores ambulantes. Enfrente, en el Hemiciclo a Juárez, una pequeña organización comienza a gestarse, repudiando también actos del Estado. Con todo esto pienso: ¿tolerancia? ¡¿Dónde?!

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Total, le doy la espalda a mis prejuicios y decido ir a la taquilla, donde desembolso 70 pesos con el consuelo de que gracias a mi credencial de estudiante me ahorré un total de 10 fabulosos pesos. La señorita me da a escoger entre visita guiada o con audio guía, lo cual me suena bastante raro, pues al parecer no puedo dar un recorrido sin ayuda. No lo pienso mucho y elijo la primera opción, ya que me pareció la más personalizada.

Al entrar me llueven indicaciones por doquier: pasa de este lado, deja aquí tus cosas, siéntate y espera un momento, ponte esto, recibe estos audífonos, vuelve a esperar… hasta que una guía por fin nos recibe –a dos mujeres y un hombre maduros, además de a mí- para iniciar el recorrido, que va desde el quinto piso hacia abajo. Los elevadores siempre me han parecido divertidos.

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Una vez en la parte más alta del recinto, la guía nos comenta que estamos viendo el corazón del museo, un cubo gigante de color blanco casi suspendido en el centro, y que más tarde nos internaremos en él para el punto cumbre donde convergen la memoria y la tolerancia.

No obstante, lo que llama más la atención es una vista impresionante de la Ciudad de México, tan idílica como compleja. A partir de ahí entramos a las salas y nos apartamos del mundo real por una hora y tres cuartos, aproximadamente.

Lo primero es introducir y dar a conocer el propósito del museo. Después de eso, se le dedica una gran proporción al infierno creado por Adolf Hitler, sin olvidar los otros creados por otros países. Al principio intento apuntar todo lo que puedo, el proceso por el cual se permitieron los atentados a judíos y cualquier otro que no perteneciera a raza aria, la persuasiva propaganda política, los ghettos y los engaños.

Pasamos por incontable material audiovisual, sin mencionar los artículos originales mostrados. De repente me sensibilizo por el infortunio de todas aquellas personas que murieron ahogadas en cámaras de gas, fotos del abuso, videos de cuerpos raquíticos, pero nada me impresionó tanto como subir al vagón del tren donde enviaban hacinados a los no arios para campos de concentración en Polonia. El olor es indescriptible, simplemente no puedo creer que haya sido obra de algún ser humano. Ya no quiero escribir nada.

Más adelante descubrimos que Hitler no es el único demonio en la historia de los últimos 100 años, también existieron y existen problemas en países tan cercanos como Guatemala, lejanos como Armenia o Ruanda, y extintos como Yugoslavia. Los crímenes siguen impunes.

Termina la sección de memoria y es unida a la de tolerancia por medio del corazón del museo, es decir, el cubo del que había hablado anteriormente. No se imaginarán lo que hay adentro, es una obra de arte elaborada a partir de una representación de 20 mil lágrimas de cristal.

Este es el punto de quiebre, donde, como dijo la guía, “podría terminar aquí el recorrido, como en otros países lo hacen, pero nosotros aquí en México agregamos la tolerancia para no repetir los hechos que nos dañaron tanto”.

La sección de la tolerancia abarca temas muy actuales, apoyándose en tus valores y en el impacto de los estereotipos dentro de la red. Esta parte contiene muchísimas más actividades que tienen como finalidad explicar de una manera más sencilla e interactiva los problemas de desigualdad y falta de diálogo. Por último, en la exposición temporal, se encuentra la vida y obra de Nelson Mandela, ¡imperdible!

Denise López

El Museo de Memoria y Tolerancia me gustó muchísimo, crea una conciencia perdurable en los individuos visitantes para evitar la indiferencia de la humanidad y convertirla en planes de acción que beneficien al pueblo, sobre todo contextualizando con los problemas por los que México está pasando. Espero que puedas visitarlo, ¡lo recomiendo ampliamente!

Ahora, estimado lector, te pido por favor que comuniques cualquier duda, sugerencia y comentario en la caja de aquí abajo.

¡Nos leemos el siguiente jueves! ¡Gracias!



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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