Noche de Tacones

Por Julio Ramírez / @10julio_rami /julioramirez@capitalinoerrante.com


 

Saco mi celular y marca las 3:00 am, no podía creer que otra vez estuviera de regreso a mi casa, pedo, crudo y desvelado. Salimos de un bar cerca de la UNITEC de Atizapán y mi acompañante había dejado su carro en la casa de un compañero, a unas cuantas cuadras del lugar, cerca del centro de Calacoaya.

El frío resonaba de entre las ramas de los árboles y empezamos a caminar para consumar nuestro día de convivencia social. “Vámonos por este pinche callejón, por aquí cortamos camino”, dijo mi amigo Alan que, arrastrando las palabras, apenas y podíamos mantener el equilibrio.

Ni una línea de luz alumbraba aquel pasillo de Calacoaya, la iluminación estaba a cargo de la luna. El callejón era de unos 50 metros y como a la mitad vimos a una mujer algo bien, algo senci, cabello rubio largo, una playera blanca transparente muy pegada, su falda negra que dejaba ver un poco más arriba de las rodillas, medias negras y unos zapatos de tacón que ponían el ritmo en ese momento.

El sonido de los tacones se escuchaba como si la tuviéramos a un lado de nosotros, ella se encontraba como a unos 10 metros y Alan como buena alma bondadosa le dijo: “Oye, no debes de estar tan sola a estas horas de la noche, ¿eres de UNITEC?, no tengas miedo, si quieres te podemos llevar a tu casa”. La chava ni se inmutó o se detuvo y sólo se escuchaba el sonido de sus tacones.

Pensé que tal vez le había dado miedo y por eso no se detuvo. Ella salió del callejón con unos 15 metros de ventaja, dio la vuelta y sólo se seguía escuchando el sonido de los tacones. Pasaron unos segundos para que nosotros pudiéramos salir del pasillo y nos lleváramos una sorpresa.

No había alma alguna del otro lado del callejón pero el sonido de los tacones no cesaba. Volteamos para ver de nuevo el pasillo pero seguía solo y sin luz, pero el latido de los zapatos de aquella dama seguía tan envolvente como si se estuviera aproximando a nosotros.

“No mames, güey, está cabrón. ¿Estamos muy pedos o escuchas y viste lo mismo que yo?” exclamó Alan como todo un universitario, su voz cada vez era más rápida y la sensación de correr y no mirar atrás por parte de los dos era algo que teníamos tantas ganas de hacer, pero solo le respondí que nos fuéramos de ese lugar.

Sentía cómo el corazón me latía más rápido y la sensación de desesperación y querer correr hasta llegar al carro de Alan invadían mi cuerpo. ¿Qué había pasado? La respuesta más lógica es que nuestro estado era pésimo y todo había sido una alucinación, pero la experiencia de sentirte acorralado, vacío y solo, no creo que haya sido una ilusión.

Nos aguantamos como los machos, la verdad llegamos al carro tan sobrios que hasta podíamos hacer el famoso cuatro.

No sabíamos nada de las historias de Calacoaya, Atizapán de Zaragoza, hasta que los compañeros que viven en esa colonia nos platicaron de las innumerables leyendas que posee el lugar.

Amigos, sigan leyendo a Capitalino Errante, se viene año nuevo y esto conlleva siempre cosas nuevas. Les agradezco que me sigan leyendo y no se pierdan lo que vendrá para esta página. ¡Felices fiestas!



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