Realidad-Es… – La Casa de Asterión

Por Eduardo Ángeles /@Asterion_25 / eduardoangeles@capitalinoerrante.com

Con unas costillas rotas, el hígado y estómago vapuleados les he venido a contar esta ridícula historia, hija de lo que la sociedad llamaría mi irreverencia e irrespetuosa naturaleza. ¡¿Por qué no sólo te dejan vivir como uno desea?! Con los trabajos que me costó llegar a casa ha venido rondando una idea en mi cabeza que leí en un libro cuyo nombre no puedo ni quiero ahora recordar: <<Dejaría de buen grado seguir a todos su camino si ellos me dejaran andar a mí por el mío>> ¡No se ha dicho verdad más grande!

Me he duchado, dejando todo el baño ensangrentado pero ya habrá tiempo de limpiarlo… antes quiero contarles esta desgracia de la que he sido víctima.

Eran aproximadamente las diez de la noche, estaba acostado pero sin sueño, había visto televisión por más de dos horas y ni toda la basura que ahí salía podía matarme de aburrimiento y mandarme con Morfeo. Entonces ahí estaba, viendo el techo ahora con el televisor apagado, preocupado y hasta fantaseando con lo que tal vez nunca pasaría en mi vida, mujeres, dinero, elegancia y sobre todo sensatez.

Recordé que en algunos cines había funciones hasta las diez o pasada la hora, entonces entraron en mí unas ganas inmensas de salir de este lugar, me levanté tan rápido que me punzó la cabeza por varios minutos, ni un momento pensé qué película pudieran proyectar a esa hora; me puse el pantalón más próximo que tenía y me dejé la playera que llevaba, tome un suéter y mi bufanda, saqué dinero de mi cartera, después vinieron las llaves, la puerta, la cerradura, el ascensor con el ascensorista, el vestidor y las puertas del hotel.

El cine más próximo que conocía estaba a unas tres cuadras de donde me hospedaba, preferí andar caminando aunque conocía los riesgos que esto conllevaba, la verdad es que no conocía la razón por la que mis acciones se venían aconteciendo desde que veía la televisión. Las calles estaban como humedecidas, brillantes, los edificios resplandecían a la luz de la luna, con neón y lluvia; los prostíbulos –que abundaban por toda la ciudad– estaban muy silenciosos, pasaba y me sentía observado, como si los pecados que cargara yo fueran a infectar aquellos lugares que con suciedad no se podían poner a competir con nada.

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Ya para esas horas había pocos carros andando en la calle, sólo los secuestradores, proxenetas y taxistas andaban por ahí, arrastrándose en aquella brillante oscuridad, como si las alcantarillas hubieran florecido hacia la ciudad, regresando la podredumbre que la misma sociedad creaba, vomitando los males, desahogándose a medias, ocultos. Era todo esto una creación sin artesano.

Cuando llegué al cine pensé que estaba cerrado pero vi entrar a un muchacho con una gorra de caza que, por su edad, no pensaría que pudiera andar por las calles tan tarde, me acerqué a la taquilla y un sujeto de voz gruesa salió detrás de ella, tenía las gafas más brutales que había visto en mi vida, y con el cristal que nos separaba no sé cómo podía reconocer que había alguien del otro lado. Le pedí una entrada para la función más próxima y me dijo <<Ya ha empezado hace treinta minutos ¿importa?>> Le contesté que no y me dio el pase. Caminé a la sala por en medio de todo lo que es el vestíbulo del cine y me pareció tan deprimente que quise salir corriendo, ¡si vieran a toda la gente que trabaja a esas horas! Caminé apresuradamente, entré a la función y cuando me senté me percaté de que ni siquiera pregunté qué película se proyectaba –que en verdad no venía importando mucho– o qué actor salía. Observé que el muchacho de la gorra de caza estaba sentado hasta el frente y también vi que sólo él y yo estábamos ahí… Bueno, eso hasta que se oyeron risas y bastantes gritos en la puerta y entraron cuatro muchachos con una joven que parecía resistirse a estar con ellos, ¡desgraciados! Volteé la cabeza e iban echando risas al por mayor y dando patadas a los asientos mientras se sentaban, estoy seguro que golpearon al sujeto ciego de la taquilla y sin más entraron… Para mi desgracia se les ocurrió arranarse a escasas filas arriba de mí.

Ahí estaba yo, viendo la película que no era interesante ni mucho menos, pero todo mejor que estar en aquel cuarto, mejor que aquel techo… Cuando escuché a mis espaldas un grito bastante preocupante, de la chica por su puesto, volteé y vi a uno de los dos sujetos tomándola de las piernas y las manos y a los otros vigilando que nadie entrara por la puerta, por lo que mis conclusiones fueron contundentes y certeras, rápidas.

–¿Qué sucede? –Dije enojado mientras me levantaba. Sabía que la muchacha estaba bien, nada había sucedido aún, pero vamos, ¿ustedes que hubieran hecho?

– ¡Nada que te incumba! –Dijo un sujeto de los que vigilaba la puerta. ¡Vaya idiota!

–¿Que me incumba? Evita las estupideces –En eso salió la muchacha corriendo, sabiendo que de aquel momento no habría de salir nada bueno.

 Cuando salió, vaya abandono que sentí, como si las agallas con las que me levanté hubieran corrido con ella, como si un velo se hubiera destapado frente a mí, trayéndome las inevitables conclusiones de eso.

Comenzaron a acercarse a mí los sujetos –que juzgando sus rostros yo habría de doblarles la edad– cuando el chico de la gorra de caza sentado hasta el frente gritó <<He llamado a la policía, allá ustedes si se quedan más de diez minutos>> ¡Dios te bendiga gran muchacho! Sentí un gran alivio al escuchar esas palabras de aquel niño, que sin saber nada de nada, hizo un milagro. Se quedaron pensativos los sujetos viéndose, unos a otros, hasta que decidieron salir, azotaron las puertas y comenzaron a reír como antes. Yo no me encontraba en ninguna parte, no sabía cómo es que había ocurrido todo y cómo me había atrevido a hacer semejante quijotada. No tenía ganas de volver a sentarme y paradójicamente lo único que hubiera preferido hacer en esos momentos era ver aquel techo.

Salí de la sala, pero antes eché un ojo al muchacho de la gorra que seguía ahí, viendo la película, como si viera la verdad absoluta y encantadora en un cuerpo que se ama. Salí pensando en lo agradecido que le estaba y vi más vacía, más sola y oscura la cuidad, los edificios aún brillaban pero sé que no en el buen sentido. Caminé una escasa cuadra cuando con un golpe y sin fuerzas que me detuviesen caí en el suelo, después vinieron las patadas, los insultos y la sangre.

Al comienzo les dije básicamente que yo andaría libre si los demás me dejasen, bien… Con la cuestión que les conté algunos dirán que la exhorté para que se diera como se dio, pero a esas personas déjenme decirles que están equivocadas, vaya que la sociedad me ha hostigado, nos ha hostigado, nos ha vuelto carroña de la cuál puedan comer los buitres que nosotros hemos criado, nadie prueba la podredumbre que la sociedad arroja más que nosotros mismos, es la estupidez, la ignorancia y el mal humor lo que nos constituye como mundo, y no queda más que batirnos pobremente con lo que nos queda a cada uno de nosotros, es por eso que estoy quebrado, sentado, con la sangre correr dentro de mi cuerpo y con un saber incierto sobre qué es lo que sucederá mañana, o en un año, o en mil, y que esa muchacha, aquella que corrió, lo haga para saberse libre… A nadie le cae mal una pizca de mentira de vez en cuando.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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