¿Ser o no ser Godín?

Foto: Peru.com

 

Tengo la fortuna de no ser un Godín. Incluso si lo fuera me negaría a aceptarlo. Porque qué es un Godín. Autollamarse Godín. Acaso una broma de nuestra miserable condición.  Pero también una nulificación de nuestro propio ser. Yo no me apellido Godínez. Desafortunada Cecilia Godínez o aquel que lleve tal condena. ¿Cuántas veces no se habrán burlado de ellos con el mismo chiste? Como los memes de “Busco a tu primo Juan. Etiqueta a Juan.” Los Godínez: aquellas personas que se dedican a lamer testículos para tener un mejor salario y que se tienen que convencer todas las mañanas de su felicidad, miopes que ignoran su desgracia, esclavos en cautiverio penetrados por su jefe y su oficina , incapaces de decidir la vida que quieren tener.

Las oficinas como calabozos contemporáneos. Lugares donde te indican hasta la hora en que tienes derecho a comer y el tiempo que tienes que tardar en hacerlo. Mazmorras donde tienes que soportar a idiotas que se ríen del mismo chiste todos los días y lo comparten en el grupo de What’s App de la oficina cientos de veces, del cual te tienes que reír a la fuerza para no quedarte atrás, para mimetizarte entre los imbéciles con el fin de subir de puesto y no estar aislado pues al fin somos un colectivo que tenemos que vivir entre otros, gran paradoja. Prisiones de vida donde tienes que asistir a reuniones de gente obtusa y pedante para seguir viviendo dentro de la manada aunque la boda del hijo del sobrino del primo de la cuñada del mejor amigo no nos interese un carajo. Las oficinas como diablos con los que tenemos que hacer un trato obsequiándoles nuestra libertad a cambio de unas cuantas monedas que nos sirvan para comer, beber y tener unos cuantos lujos, televisiones de plasma y Cablevisión, putas y cervezas.

Me niego a autogeneralizarme, a masificarme, a perderme entre una multitud uniformada de gris que bien podrían llevar el mismo nombre y pasar desapercibido por todos. Desgraciados aquellos que se ríen de su propio patetismo. Antirreflexivos. O más bien benditos que han aprendido el secreto de la vida. O superficiales que no saben que se autoeliminan para ser parte del todo y nada. No me condeno a ser un cero a la izquierda. No me burlo estúpidamente de mi propia cancelación de ser único, de persona, de individuo. Porque primero soy humano antes que ser empleado. Aunque la vida, el sistema, la sociedad, mis amigos e incluso mi pareja me obliguen a ser consciencia de establo, a vivir en un calabozo contemporáneo.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Ha colaborado en distintas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine. Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Liberoamérica y Tierra Adentro.


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