Sonita. Crítica

Un grupo de chicas con burka charlan sobre una mesa en el patio. Ninguna rebasa los 18 años. No comparten sobre su primer beso, el ídolo juvenil de moda, o el último episodio de su programa de T.V. favorito. Hablan sobre el precio al que sus padres decidieron concretar el matrimonio con un hombre a quien no conocen.

A Sonita Alizadeh la rebasa la vida a cada rato. Migrante afgana, una víctima más de un conflicto que no entiende (¿alguien lo hace?), vive con su hermana y su sobrina en Irán. La mueve la ambición de ser una rapera exitosa. Sueña con autos, casas de ensueño, y cantar frente a una multitud extasiada de verla.

Pero, frente a ella, otro tipo de realidad de desdobla, y la constante amenaza que puede terminar con sus sueños para siempre está siempre presente, se asoma, llama por teléfono, y llega.

Grito por un cuerpo exhausto en esta jaula.
Un cuerpo que se rompió bajo las etiquetas de precio que le pusieron encima”

La transgresión proviene de todos lados. Primero, de un giro en su vida, repentino pero anunciado. Luego, de lo que hay detrás: su madre quiere venderla para usar el dinero que su hermano usará para comprar a otra chica.

“Estoy perpleja por esta tradición y su gente
que vende chicas por dinero. Sin derecho a elegir.”

Finalmente, de la directora.  Rokhsareh Ghaemmaghami no sólo rompe la cuarta pared en sentido opuesto. La salta y nos lleva de la mano. Se vuelve cómplice (y con ello a nosotros) del protagonista. Ya no está ahí para observar la historia, sino para alterarla.

Entonces, el documental muta a video musical. Atravesamos vértigo, provocado por lo surreal y fantástico que resulta en el fondo la vida una una rapera afgana, que es la historia de muchas chicas, a quienes Sonita, música y película, dan voz.

Sonita escupe rimas, un grito desesperado en el máximo drama adolescente, proveniente de la parte más alejada culturalmente de nosotros. La angustia de crecer, una perspicacia ágil, y el deseo de construir se un camino, encarnan a una niña tierna (nos lo recuerda a cada rato) nativa de un país sin rumbo, habitante fantasma de la tierra prometida, quien nos muestra cómo cambiar al mundo a través de la realización propia.



Escritor, estudiante de comunicación. Fan de la vida, los libros, la música y un buen café.


Déjanos un comentario