Una vida secreta – Capítulo 1 (continuación)

MaryJose Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjohinojosa@capitalinoerrante.com

Recuerdo que mi madre solía platicar con la luna. La primera vez que la vi hacerlo, yo tenía nueve años. No estaba dormida porque desde pequeña he padecido de pesadillas, son como una enfermedad para mí, sólo que de grande, mis pesadillas no era más que revivir momentos horribles de mi vida, no se quedaba en un fantasma bajo mi cama. La recuerdo en el balcón hablándole a la luna y quejándose con ella por la actitud autoritaria de mis abuelos, como si aquella luz majestuosa fuera a darle algún consejo. Todavía cuando empecé a estudiar en la universidad, ella lo seguía haciendo.

Yo comencé su ejemplo cuando cumplí los catorce años y es que inconscientemente comencé a hablar sola, hasta que me di cuenta que frente a mí estaba aquella enorme bola blanca. Ahí comprendí que lo que mi madre encontraba en la luna era el silencio, tanto de ser escuchada como el consuelo de que nadie más sabría de sus secretos ni crearía algún juicio sobre mi madre.

Dentro de mi mente, existía el absurdo de que si alguien, algún día, de alguna manera, pinchara la luna con un alfiler, se escucharían por el viento todos los sollozos y secretos que ésta guarda. Pero después me di cuenta de que en algunas ocasiones, basta con mirar los ojos y descubrir lo que uno guarda.

Como en los ojos de mi madre, que sólo reflejaban lo que ella veía, que no eran más que espejos cafés de su día a día. Estaba un tanto vacía, reprimida…

Supongo que es por vivir bajo el yugo de mis abuelos, aunque estoy muy agradecida con ellos por darme todo lo que a mi madre le dieron, sólo hay una cosa que les cuestiono y es que no dejaran que mi madre fuera feliz a lado de mi padre. Son tan severos y exigentes que ni siquiera le dejaban conservar una foto de mi papá a mi madre. Y si no hubiera sido por el tino de mi padre, no se hubiera enterado del día de mi nacimiento, aunque valió para muy poco, pues hicieron que en el hospital borraran todos los registros del parto y nos mudamos a otra casa; lo que cuenta mi mamá.

La educación que llevé no fue más que una secuencia de la educación que mi madre tuvo. Escuelas de alto nivel, maestros particulares, actividades recreativas y artísticas dentro de la casa y por supuesto: alguna actividad física.

Mi abuelo podía darse y darnos todos estos lujos gracias a que desde muy joven, tomó el riesgo de invertir todo el dinero que juntó trabajando con su padre de albañil, en una compañía de seguros. Mis abuelos tenían dieciocho años cuando se casaron, y la riqueza les vino cuando tenían veintidós años, mi abuela ya estaba esperando a mi mamá. Sabía poco de mis abuelos, mucho de mi madre y nada sobre mi papá…

Mis ánimos no me dan para preparar el desayuno, así que sólo basta con abrir la alacena para sacar una caja de cereal y el refrigerador para sacar la leche. Frente a mí el periódico, y esa curiosidad fatal por leer mi columna favorita:“Cara a cara con el crimen por Bruno Corona”

El “turco mayo” asesino de mujeres en la ciudad de Hermosillo, Sonora fue sentenciado a cadena perpetua por el asesinato de 40 mujeres desde el año 2011 hasta su detención el pasado jueves 7 de febrero del 2013.

– Bruno: ¿Por qué cometió tantos asesinatos?

– Turco: No estoy muy seguro de querer contestar esa pregunta…

– B: Ya no tiene nada que perder. Está condenado a ser preso de su conciencia y de su soledad de por vida.

– T: Yo no lo veo así…

– B: Entonces, ¿de qué manera?

– T: Todos tenemos una misión en esta vida y una vez que la cumplimos dejamos el plano terrenal.

– B: ¿Qué está diciendo usted? ¿Acaso va a morir?

– T: Tal vez sí o tal vez no. Todo depende de cómo lo vea.

-¿Conocía usted a las mujeres que mató?

-La verdad, no.

-Y entonces, ¿por qué las mató?

-Ya le dije que todos tenemos una misión en este mundo.

-¿Era coincidencia que las mujeres que asesinó tuvieran entre 30 a 38 años?

– Pues no sé.

-¿Cómo que no sabe?

-Pues yo sólo hacía lo que debía hacer en el momento en el que debía hacerlo.

– ¿O sea que alguien más lo ayudaba a cometer estos crímenes?

– No, más que mi jefe…

-¿Quién es su jefe?

-El mismo para el que usted trabaja.

-Yo trabajo para un periódico, señor turco.

– Él sabe quién es usted quien soy yo y quién es cada uno de los que habitamos el mundo.

-¿Acaso habla usted de Dios?

– Dios no es el único todopoderoso que existe…

-¿Entonces se refiere usted al demonio?

-Mi ofrenda fue hecha con todos los honores que se merece mi jefe. No le gusta que hable de él y no quiero desobedecerlo…

¡Ay Brunito! Duermo y apareces en sueños, despierto y continúas controlando mis pensamientos. Suena el timbre de mi puerta, extraño ya que nadie sabe que sigo en este mundo. Un sobre se desliza por debajo del zaguán, sin remitente y sin destinatario…

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Imagen: Internet



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