Una Vida Secreta – Capítulo 2 parte final

Mira acá el capítulo 2 y su continuación

MaryJo Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjohinojosa@capitalinoerrante.com

-Una habitación, por favor-.

-Tengo cuatro disponibles. ¿Viene sola o acompañanada?-. Éste hombre es muy curioso, y cuando estoy yo en una habitación, la curiosidad sólo puede pertenecerme a mí.

-Sólo soy yo, por favor. Ha sido un día extenuante y agradecería inmediatez en el trámite, de ser posible-.

-¡Faltaba más! Dígame, ¿qué número es de su agrado? Tengo el 10, 11, 20 y 22…

-Escojo el 22, si fuera tan amable de darme la llave yo…-

-¡Qué curioso! Éste cuarto tiene una historia única, tan única como sus ojos, jovencita. ¿Le gustaría escuchar la historia?-

-Preferiría ir simplemente a dormir, si no le importa-.

-Aquí tiene su llave. Pase una buena noche-.

“Hasta cierto punto me pareció tétrico”, pensaba mientras tomaba el largo pasillo hacia las escaleras. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, similar a aquel escalofrío que da cuando uno baja a la cocina o al baño de su casa, como si alguien fuera a estar detrás de uno; subí corriendo las escaleras, tal como se hace cuando se tiene esa sensación, saqué rápidamente la llave de mi cuarto y entré sin pensarlo.

El cuarto era oscuro y frío, pero no un frío por el clima o por el aire acondicionado, no, era un frío de soledad.

Aquella noche me imposible dormir aunque la cama era muy cómoda, esa almohada parecía tener algún tipo de embrujo el cual te hace caer en melancolía. A partir de esa noche el padecimiento de las pesadillas se agudizó.

Me encontraba en el aeropuerto; mis abuelos estaban esperando a que yo abordara el avión y yo tenía ansias porque abandonaran la sala para que pudiera salir huyendo de ahí. Pero volteaba a mi derecha y veía a mi madre platicando con un señor a quien no podía verle el rostro. Gritaba fuertemente ¡mamá, mamá! , pero en ningún momento volteaba a verme. El tipo tomaba a mi madre de la mano y comenzaban a caminar hacia la salida. Yo botaba mi chamarra y mi mochila y corría tras de ellos gritándole a mi madre que esperara. Cuando llegué a ella y logré detenerla ella sólo volteaba y me decía “tú has sido quien quiso abandonarme, tú me has dejado aquí”.

La culpabilidad me despertó y me hizo compañía toda la noche, pero no lograba comprender por qué me sentía culpable de dejar a mi madre con mis abuelos, por qué creía yo que debía cuidar de ella. Sea como sea la noche terminaba y aún yo no tenía ningún plan, bueno, en realidad pensaba presentar el examen para entrar a la UNAM, pero dudaba bastante sobre si era buena idea hacerlo, pues se suponía que yo estaba en Madrid, inscrita ya en la universidad.

 

 



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