Una Vida Secreta. Capítulo III. Continuación de la segunda parte.

Por MaryJo Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjohinojosa@capitalinoerrante.com

Toda la siguiente semana fui a trabajar con el doctor perverso, así le decía yo. En ningún momento intento hacerme algo, una desgracia para mi mente enferma que quería hacerle mucho daño. Quité de mi mente todos esos pensamientos, pues en esa semana el nerviosismo que me invadía era más grande que un instinto asesino en mí, muy nuevo, por cierto.

Doña Lucy me decía que lo más probable era que me quedara en la Universidad, que iba a ser grande, que yo había nacido con estrella, que tenía un futuro tan grande que no había cosa que no lograra en mi vida, claro, si no me la propusiera. Hasta que finalmente llegó el día, mi tan ansiado día, el día en el que por fin comenzara a vivir todo aquello que quería experimentar. Fui a un café internet para ver mis resultados, mi vida pendía de un hilo y de un examen. Con más miedo que ilusión ingresé mis datos en la máquina y dudosa le di “aceptar” al terminar de registrar mi información. Cuando la página comenzó a cargar, cerré mis ojos tan fuertemente que veía destellos pequeños dentro de la misma oscuridad, mis manos comenzaron a sudar y podía sentir frío en todo mi cuerpo. Cuando finalmente juntar el valor para ver, me sorprendió lo que apareció en la pantalla. Mis ojos se llenaron de lágrimas, mi garganta comenzó a cerrarse y mis labios temblaban al tratar de aguantar los gritos que iban a provocar mis lágrimas. ¡Había sido aceptada para estudiar comunicación! Estaba más cerca de cumplir mi deseo de ser periodista grande, estaba más cerca de cumplir mi sueño.

 Salí corriendo del café internet y me dirigí a la casa para contarle a la señora Lucy que había sido aceptada. Pero no contaba con lo que me esperaba en mi habitación.

Al llegar a la casa le conté a la señora Lucy la buena noticia, me felicitó y me dio un fuerte abrazo, después de abrazarme me dijo que alguien me estaba esperando en mi habitación. No supe qué esperar, pues mi familia y conocidos sabían que estaba en Madrid estudiando.

Subí rápidamente a mi habitación, pues la curiosidad siempre ha podido más que mi lógica. Al abrir la puerta el impacto me causó una gran impresión, pues en mi cama estaba sentada mi madre. Con la emoción que traía desde la esquina de la casa cuando vi mis resultados, todo se revolvió dentro de mí, e inmediatamente las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos mientras la observaba parada desde el marco de la puerta.

  • ¡No piensas venir a darme un abrazo!- me dijo mientras ella secaba de su rostro unas cuantas lágrimas. Sin dirigir una sola palabra corrí hacia ella y me arrodillé a los pies de la cama.
  • ¿Cómo me encontraste? ¿Qué haces aquí? ¿Le has dicho algo a los abuelos?- Traté de articular las preguntas mientras mi garganta colapsaba con el llanto.
  • Ya, Dry. ¡Tranquila, hija! No he dicho nada a nadie. Tus abuelos siguen creyendo que estás hasta allá. Por suerte la carta y el fax que mandaron, llegaron cuando yo estaba cerca para recibirlos yo.-
  • Mamá, ¿cómo me encontraste? ¿cómo supiste que no me había subido al avión?- no podía comprender cómo era que mi madre pudiera saberlo.
  • Tenías esa mirada en tu cara… no sería tu madre si no supiera cuando traes algo ente manos. Pero aún no logro entender, ¿qué es lo que piensas hacer, Audrey? ¿qué traes entre manos?-
  • Eso no era lo que yo quería, yo no quiero hacerme caso de la empresa del abuelo y tampoco quiero seguir viviendo como ellos me digan, he vivido yo sola este tiempo y he trabajado para poder mantenerme. Yo me quiero quedar aquí, mamá y ser periodista. De hecho hice el examen para la UNAM, mamá y me quedé, mamá ¡me quedé!- sus ojos se empañaron y comencé a ver las dulces goteras que se deslizaban por sus mejillas.
  • Eres tan parecida a mí, sólo que tú tienes mucho más carácter que yo, a veces me da miedo lo que puedas llegar a hacer… En fin, te he dado de baja de la Universidad de Madrid y he ido a retirar los depósitos que mi padre ha hecho a tu cuenta. Cuídate mucho, hija. No volveré a buscarte, hasta que tú tengas la convicción de querer volver a verme.- y así, sin más me dio un fuerte abrazo y un beso en mi frente, y se marchó de mi recámara. No pude contener más el llanto y me solté a llorar. Había sido un día lleno de emociones; por un lado la felicidad de haber sido aceptada, y por otra la nostalgia que me había dejado la visita de mi madre, fue como una cubetada de agua fría.

Afortunadamente, cuando mis abuelos pensaron que me iba a ir a otro país a estudiar, me dieron todos mis documentos importantes, lo cual facilitarían mis trámites para entrar el papeleo de la escuela.

Mi preocupación ahora era el trabajo, pues sin trabajar no podía seguir pagando la renta de mi habitación y no podría mantenerme, así que al día siguiente fui a hablar con mi jefe para decirle que entraría a estudiar y que aún no sabía qué horario tendría. Me sorprendió su respuesta, pues me dijo que él aceptaba que fuera a trabajar medio turno, ya fuera en la mañana o en la tarde. Las cosas se iban acomodando a lo que yo quería y parecía que mi destino iba tomando buena forma, sin embargo uno no hace ni moldea su destino y de eso me di cuenta al pasar del tiempo, cuando por fin entré a la universidad.

                   ***

Mi primer día de clases fue la cosa más maravillosa que pude haber vivido. Esa sensación de conocer algo por primera vez, de estar rodeada de desconocidos, de no saber para dónde ir, era simplemente algo que me fascinaba; ir descubriendo lo que los caminos y pasillos tenían para mí. Entré a Acatlán en el turno de la tarde, y no había nada más que me gustara que descubrir cosas nuevas.

Ante mí no solamente se abrieron las puertas de la máxima casa de estudios, sino que conocí a tantas personas,  me conocí a mí misma. Recuerdo que el nerviosismo era tan grande que la sonrisa nerviosa nunca se borraba de mi rostro.

Nunca he sido buena para socializar, nunca he sido una persona muy expresiva, suelo ser antipática y muy tímida, lo cual es un problema para hacer amigos, y esta vez no fue la excepción. Algunas personas se acercaban a platicar conmigo y preguntaban cosas como: “¿cómo te llamas? ¿de qué escuela vienes? ¿por qué escogiste comunicación?” Todas sus preguntas las contestaba, pero creo que se me olvidó que si quería comunicarme con ellos, debía hacerles preguntas para saber sobre ellos, en lugar de sólo contestar lo que cuestionaban, así que digamos que no era muy buena para eso de las pláticas. A pesar de todo eso, logré hacer amigos y llevarme bien con mis compañeros, Melissa y Alfredo eran con los que más me juntaba., Melissa era muy tranquila, pero ella sí era muy sociable le gustaba que las personas supieran quién era ella, mientras que Alfredo era más bromista y simpático, el simple hecho de ver su cara hacía reír.

 Los días pasaban y yo trabajaba por las mañanas en el consultorio y en la tarde me iba a la escuela. Pasaba el tiempo y yo cada vez me sentía tan perteneciente a ese lugar, tan ubicada y enfocada en lo que quería hasta que sin pedirlo ni quererlo llegó él, quien me hizo darme cuenta de que existían otras cosas más allá de los estudios y calificaciones; él me hizo caer en cuenta de que los seres humanos no sentimos únicamente frustración, tristeza, rencor… sino que también existe ese sentimiento del que todos hablamos y tenemos diferentes opiniones, él me hizo sentir amor. Me hizo enloquecer de mil maneras diferentes y aceptar aquellas cosas a las que me negaba, comprender y ver que hay algo más allá de lo que puedo percibir. Me hizo ir cayendo en un círculo vicioso que comenzaba por sus ojos, seguía por sus labios y terminaba en la conjunción de dos personas.

Aún no logro entender muy bien qué fue lo que hizo que él se acercara a mí, iba en mi salón del primer semestre; siempre sonriendo, jugando, platicando, bromeando, no paraba en todo el día. Él era todo lo contrario a mí con su desinhibición tan grande como mi timidez. Supongo que como les habló a todos en el salón, yo era la única con la que le faltaba platicar, así que simplemente intercambió un par de palabras conmigo.

Bruno siempre ha tenido una forma de ser bastante peculiar, tan extremista como el clima en el desierto, su sonrisa contagiosa como la varicela, basta con estar a su lado y ver que ríe para que uno sienta ganas de reír y sus ojos, simplemente daban ganas de ser lo único que se reflejara en esa mirada, su pensamiento tan

ajeno a un mundo que se ha destartalado tanto; él era la complejidad misma en persona y mi pobre razonamiento a veces no podía entenderlo en nada, así que hay muchas cosas hasta el día de hoy que no logro comprender sobre nosotros.

Desde el primer día que hablé con él algo fue pasando con mi cuerpo que quería estar cerca, desde ese primer día hasta la fecha un sentimiento más grande y complejo que la propia lógica fue creciendo dentro de mí, hasta que terminamos por estar juntos y llegar a incursionar el uno en el otro. Fue la primer persona en escuchar mi historia completa, en oír mi frustración al no querer hacer lo que mi familia quería, en saber que jamás había escuchado hablar de mi padre, en escuchar que me sentía culpable de que mi madre fuera tan inmensamente infeliz y en saber que engañé a mis abuelos y que ellos pensaban que yo estaba en Madrid estudiando. Fue la primera persona a la que me atreví a contarle tanto pude de mi vida, le dije tanto salía de mi boca y él a mí me contaba muchas cosas de su persona que aunque él pensaba estaba mal, a mí me hacía admirarlo por el valor que tenía. Dentro de sus sueños estaba, igualmente, el de ser un gran periodista, ser leído por muchas personas, hacer algo por el mundo y eso a mí, bueno, simplemente me atontaba más y me hacía desear cada vez menos perderlo o alejarlo de mi vida, pero no se puede tener todo lo que uno quiere, ¿cierto?



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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