Una Vida Secreta. Capítulo III. Segunda Parte.

TRABAJO SUCIO

MaryJo Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjohinojosa@capitalinoerrante.com

Mientras transcurría el tiempo en el que me darían los resultados del examen, decidí buscar un lugar en dónde quedarme. Leí en el periódico un anuncio de una casa de huéspedes ahí en la colonia San Rafael. La casa era un tanto peculiar, al igual que doña Lucía, dueña del casón. Tenía la fachada de un color fucsia, con el marco de las ventanas de color verde y la puerta y el portón tenían un chillante color amarillo. En cada ventana, colgó unas macetas doradas y plateadas que tenían dentro unos pequeños arbustos que tenían la forma de un cucurucho. A la entrada había un tapete al revés, pues la señora Lucía aseguraba que poner el tapate con la tela hacia arriba dejaba más tierra y polvo en los zapatos que si lo volteaba. Sus extrañas creencias hacían que doña Lucy, cada vez que entraba o salía de la casa, abriera y cerrara con llave la puerta dos veces, y una vez que terminaba con su ritual podía ir a la cocina a lavarse las manos y a sentarse a ver la tele. La casa era tan grande que creo nunca terminé de recorrerla. Tenía las paredes rojas en la parte de abajo, en el segundo piso las paredes se camuflajeaban de un color verde chillón y el tercer piso, que era donde yo tenía mi habitación, el color de las paredes era morado, pero un morado tan apagado que causaba la apatía de aquellos que miraran la pared por más de cinco segundos.

En fin, esa casa parecía estar diseñada para mí, pues había una tranquilidad tan grande, un equilibrio enorme. Jamás había gritos, peleas, discusiones o simplemente ruido. Aunque a veces tanto silencio provocaba el ruido infernal de mi cabeza, el ruido que sólo puede ser tranquilizado con ruidos ajenos que impidieran a la mente hacer tantos estragos.

El trabajo que conseguí estaba a quince minutos de donde vivía. Trabajaba como recepcionista en un modesto consultorio ubicado en el tercer piso de un edificio no muy grande que contaba con más establecimientos; en el primer piso estaban los podólogos, en el segundo había una tienda de productos naturistas, en el cuarto daban clases de inglés y el quinto piso llevaba bastante tiempo desocupado. El trabajo no era muy difícil, estaba cerca de la casa en la que vivía, no me pagan mal, trabajaba de 10 de la mañana a 8 de la noche y mi jefe, el doctor Gómez, era un tipo simpático que me parecía inofensivo. Me gustaba mi trabajo hasta cierto día.

consultorio-dental-coapa_3045f0bb03_3Recuerdo que era Jueves, pues la señora Griselda Mondragón, una señora de ojos color miel, delgada, guapa y traga años, había llevado a su hija Carolina, como cada jueves, a que le hicieran trabajos de ortodoncia. Carolina era una joven tímida de 16 años, tenía su cabello largo y unos bonitos y grandes ojos cafés ocultos tras todos esos mechones de cabello. Carolina pasó al cuarto en donde el doctor los atendía y la señora Mondragón fue a recoger a su hijo a la casa de uno de sus amigos. Jamás había entrado yo antes al cuarto en el que el doctor trabajaba, pues me siento incómoda al ver a las demás personas como les limpian la boca o les sacan las muelas, pero ese día había sonado el teléfono y tenía un recado urgente que entregarle al doctor, así que me dirigí allá y al abrir la puerta me lleve uno de los impactos que jamás podrán salir de mi mente. La cara de horror de Carolina, sus ojos sufridos que miraban a los míos que se encontraban sorprendidos me provocaron un enorme escalofrío que me recorrió desde la punta del dedo gordo hasta el último de mis cabellos. La manera tan perversa en la que su mano se inmiscuía debajo de su pantalón fue de las imágenes más grotescas que mi mente ha podido registrar, mientras yo miraba y Carolina no comprendía enteramente lo que pasaba, él no se detenía, pues no se había percatado de mi presencia, hasta que al voltear a ver el rostro de la joven víctima, se percató que su mirada estaba dirigida hacia otro lado, lo cual hizo que volteara y me viera presenciando la desagradable escena.

Corrí rápidamente hasta llegar a mi asiento y el interfono comenzó a sonar; era la señora Griselda que ya había llegado para recoger a su hija. Con las manos temblando apreté el botón para permitirle el acceso, subió y al llegar al consultorio tomó asiento en uno de los sillones y se dedicó a esperar a su hija. Minutos después salieron de aquel cuarto el doctor y Carolina, ella caminaba con la mirada dirigida hacia el piso y él la tomaba por el hombro. Cuando su madre preguntó cómo le había ido a su hija, dentro de mis absurdos pensamientos pasó la escena en la que el doctor confesaría la estupidez que había hecho, pero simplemente contestó con un “No pudimos hacer nada, necesito que no esté estresada para que la anestesia le haga efecto y podamos proseguir”. Una vez dicho esto, la señora hizo nuevamente una cita para el jueves de la próxima semana. El doctor y la señora Griselda se despidieron, abrieron las puertas de vidrio y salieron. Faltaban diez minutos para que fueran las ocho de la noche y mientras yo me encontraba en mi escritorio organizando mis cosas para irme el doctor me dijo:

  • Y a todo esto, ¿para qué fuiste a buscarme? Nunca te había visto allá.- me dijo tranquilamente como si no hubiera sido testigo del crimen que cometió.
  • Tenía un recado de su esposa, me dijo que le avisara que su hijo Iván se rompió el pie mientras juagaba en el jardín, que llamara en cuanto pudiera.- traté de calmar mi nerviosismo y me concentré en no olvidar nada de mis cosas. Se acercó más a la altura de mi oído y me susurró:
  • Lo que viste hace un rato no es lo que crees. Carolina es una muchacha que sabe conseguir lo que quiere, además ella es una niña y a mí me gustan las mujeres jóvenes, pero con un poco más de edad…- acto seguido me tomó por el hombro y lo apretó de una manera poco amigable.

Dentro de mi mente estaba el miedo de que se pudiera propasar conmigo, pero en mi cabeza –sin que yo lo supiera- había una delgada línea entre el miedo y su contraparte que más que ser valiente, involucraba la venganza. En esos pocos segundos que duró apretando mi hombro, varias imágenes cruzaron mi cabeza. Sin tan sólo él se atreviera a tocarme o a hacerme algo, yo ya había pensado los castigos perfectos para que aprendiera su lección. Como tomar los espejos que utiliza para inspeccionar los dientes y usarlos para sacar de sus cuencas a sus globos oculares. También tomaría la fresa con la que hace las limpiezas dentales y tranquilamente, sin ninguna prisa la pasaría por su entrepierna una y otra y otra vez hasta que deje de girar, le llenaría la garganta con la resina que utiliza para tapar las caries o con uno de sus bisturís imaginaría en su cuerpo un lienzo y comenzaría a dibujar en él desgarrando poco a poco sus tejidos. Sería capaz de tomar sus pinzas y sacar uno a uno sus dientes y acto seguido a eso rompería con éstas mismas sus dedos, hueso por hueso hasta que se le quite lo tentón. Yo quería que él se atreviera a hacerme algo para poder ejecutar alguna de las ideas que había tenido, no quería cuidarme de él, simplemente quería hacerlo pagar, sufrir con el pretexto de que me había hecho algo.

Terminé de guardar mis cosas y me salí del consultorio, el doctor se había quedado un rato más, como casi siempre lo hacía.

Mientras iba caminando por la calle me sentía acelerada y aquellos pensamientos con los cuales podría torturar al doctor Gómez cada vez se hacían más específicos. Seguí caminando y respiraba cada vez más acelerada hasta que sin saber cómo llegué a la puerta de la casa y me metí. Me senté en el sillón junto a la señora Lucía y ella  me dijo:

  • Traes telarañas con muchas arañas en tu cabeza, Audrey.- no despegó sus ojos ni un instante del televisor.
  • Estoy bien, señora Lucy, sólo necesito descansar un rato. Hoy fue un día ocupado en el trabajo.-
  • Ya vas a entrar a la universidad y no vas a poder conservar ese trabajo, además no parece muy bueno.
  • Era bueno, pero…- me interrumpió sin voltear a verme.
  • Deberías de dejar ese trabajo, deberías de regresar a tu casa. Nunca me has dicho algo sobre tu familia, pero todos tenemos una, no te pierdas en pensamientos, niña. Los que tienes no te van a dejar nada bueno.- apagó el televisor y se fue a su recamara.

Sus palabras me parecían muy extrañas y aunque hablaba sin fundamentos, tenía mucha razón en lo que dijo. Sigo pensando que la cara de una persona lo delata, tal vez ese día mi cara reflejaba ese deseo que tenía de hacerle daño al doctor, tal vez alguna sonrisa o mueca satisfactoria delató las ganas que tenía de torturar a aquel sujeto. Tal vez, ese fue el principio de mi condena.

Mientras tanto dentro de lo que comenzaba a parecerme una mente enferma, no aparecía la idea de salirme de aquel trabajo, bueno, hasta que me dieran los resultados del examen y solamente me encontraba a escasos ocho días de saber qué sería de mí.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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