Una Vida Secreta – Continuación Capítulo 2

CONTINUACIÓN DEL CAPÍTULO II (MIRA AQUÍ EL INICIO)

MaryJose Hinojosa / @Maryjo_hs / maryjohinojosa@capitalinoerrante.com

Cuando mis abuelos me llevaron al aeropuerto, mi mente comenzó a maquinar mi furtiva huida de aquel destino. Sin embargo, lo único que hice fue caminar por ese pasillo alfombrado con un color verde que sólo provocaba la apatía para algunos cuantos viajeros. El pasillo se me hizo eterno, en él podía oler las ilusiones, esperanzas y sueños que abordaban o abordaron ese avión, aunque también el nerviosismo, incertidumbre y ,en mi caso, la desesperación.

Al llegar a la puerta del avión me detuve por uno o dos minutos, el sudor en mis manos era tan notorio como el rechinido incómodo que hacía mi mandíbula al apretar fuertemente mis dientes unos contra otros, pero que no podía detener. -¿Señorita? El avión está próximo a despegar…- El murmullo incansable de miles de personas resonaba en mis oídos, como el tumulto que uno escucha cuando deja perdida la mirada y sus sentidos cortan momentáneamente ese hilo que se encuentra atado a un mundo descocido, deshilachado.

Giré mi cuerpo, y alzando un poco la vista me aseguré de que mi familia no estuviera cerca; así que acto seguido comencé a caminar, con rumbo hacia la salida, pero sin rumbo alguno ante la vida.

Foto: Internet

Mis pensamientos se acrecentaban a medida en que caminaba y mis tenis golpeaban los charcos y el pavimento mojado por la reciente lluvia. Era de noche, para variar en mis escenarios, y mi pulso no parecía acelerarse en ningún momento. ¿Dónde dormiría esa noche? ¿Qué haría al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente y al siguiente…? Bastó con sacudir bruscamente mi cabeza para alejar aquellas preguntas innecesarias de mi psique.

Jamás había caminado de noche, jamás me había puesto a ver detenidamente a las personas que habitan esta ciudad. México de noche es imponente, el paisaje cambia y, por lo que veo, uno cambia junto con el paisaje. Te acoplas, te amoldas a lo que tienes justo en frente de tus narices. Pero no hay cuidado, que cuando sale el sol, todo vuelve a la normalidad…

Visualicé un hotel a unos cuantos charcos más. ¿Qué dirían mis abuelos si me vieran cruzar por aquella puerta? Seguramente me sacarían de aquel lugar y me harían una reservación en un Holiday Inn, pero para mí ese lugar era suficiente.

Aunque era un hotel barato, tenía buena fachada, algo carcomida por los años. El vestíbulo era rojo, con varios adornos como de la época barroca; como si estuviera viendo

Foto: Internet

alguna fotografía. Tenía una alfombra roja, tan roja y empolvada como el telón de algún viejo teatro. Olía a polvo y a huesos, a los huesos de un viejo que se mantiene en pie tal vez por inercia o tal vez por ganas de seguir viviendo.



La Guía Definitiva de la Ciudad de México


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