Una vida secreta – Capítulo 1

Capítulo I

                      Conjugaciones del pasado que alargan el presente

 MaryJose Hinojosa / @MaryJoseHS / maryjohinojosa@capitalinoerrante.com

Una luz cegadora apunta directamente a mis ojos. La piel de mi cuerpo está erizada y mis manos parecen fuentes de tantos nervios que tengo. Mi cabeza rueda y rueda con la misma pregunta, intentando tener una respuesta que me salve. En verdad, no busco una respuesta que me salve, simplemente busco una respuesta que no justifique mis actos, pues no la tienen. ¿Por qué él? Me cuesta tantísimo trabajo mirarle a los ojos. Siento que cuando me mira sólo puede pensar una cosa y es: ¿cómo pudiste? No puedo creerlo…

silla interrogatorio

Foto: Internet

Lanza la pregunta una vez más, con ésta, ya son quince veces las que me pregunta lo mismo. Y mi respuesta sigue siendo un silencio que nos atormenta a ambos. Intento hablar, pero no quiero seguir cometiendo errores. No quiero mentirle pero sé que la respuesta que le dé no lo hará pensar en otra cosa, mas que soy una mierda.

Quiero llorar, y lo más preocupante es que no es por mis actos, ni por la situación; sino porque veo en su cara una duda y confusión, una incertidumbre inmensa que me provoca tal miedo el hablar. Los cristales de sus ojos se empañan y en mi mente sólo escucho la respuesta a gritos: Lo siento, mi amor. Jamás quise llegar a esto; y es que en efecto, jamás pensé que un día así llegaría.

La silla en la que me encuentro es muy incómoda, y pienso “qué fácil sería si en estos momentos lo único que me causara malestar fuera una silla. Tan dichosa me sentiría, yo.” Claro que todo se ve desde perspectiva.

Él continúa rodeándome con sus pasos hostiles, gritando una y otra vez; desesperado. No quiere ni mirarme a los ojos, no quiere si quiera rozar un poco de su persona con la mía.

De pronto se detiene, justo a mis espaldas. Me toma por los hombros y al oído me susurra: Cuanto más te he amado, más ha muerto de mí en estos momentos. El alma se me cae a pedazos y el llanto, por un largo tiempo ausente, comienza a drenar por mis ojos. Limpio mi cara y tomo un fuerte bocado de aire. Volteo a mirarlo y…  De nuevo esa pesadilla, mi corazón late aceleradamente y siento esas lágrimas brotar por mis ojos. Aunque es lo que mi mente proyectó mientras dormía, debo reconocer que no fue una pesadilla. Ojalá fuera un mal sueño en lugar de un tormentoso y repetitivo recuerdo. Es como ver la escena de una película noche tras noche, esperando que el final cambie, pero no lo es ni lo será.

Despertar con un ligero y tibio cobijo del aire, con un sol que te inspira a hablar cursilerías y un cielo tan despejado que puedes ver tu reflejo; para algunos el paraíso y para mí la belleza que deseo ignorar para no caer en un sentimentalismo que me atormente. Bastante tengo con la noche.

Y es que uno no sabe qué tiene la noche, pero es en la noche cuando nos embriagamos de cientos de deseos, que aunque descomunales, se planea cumplirlos. La luna los desinhibe, y rompe esas cadenas que durante el día los deja atados a la mente de las personas. La noche se encarga de cumplir nuestros sueños y de cumplir deseos, actúa de una forma mítica y misteriosa. Luna, noche y estrellas; no hay nada más secreto y único que un manto oscuro que nos cubra. No hay nada más excitante y placentero que ser la noche para presenciar, crear y contar nuevas historias. ¡Quién fuera la noche y ese cielo que se adorna con perlas!

luna

Foto: Eder Bayuelo

Las noches antes eran mi elemento, la serenidad y el romanticismo que necesitaba. La luna era mi enamorada y el cielo cómplice de mi barbarie. Pero la noche  es malévola, perversa. Atrapa una vez y sólo con una basta para que un tiempo más adelante, cuando ella decide que no le agradas más, sirva de tormento para espantar tu sueño o castigarte dentro de ellos. La cara pálida comparte conmigo cientos de memorias desde hace ya algunos ayeres, se convirtió en mi elemento y en cómplice del nuevo giro que mi destino había cobrado.

 

 

 



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