Yayoi Kusama – de Escenarios y Pantallas

Foto: internet

Sergio Romero / @sr24_182/ sergioromero@capitalinoerrante.com

Obsesión Lunar

Yayoi Kusama no conoce límites. Muestra de ello son las 16 mil 300 personas –el equivalente a un lleno y medio en el Auditorio Nacional-, que durante el fin de semana de inauguración, abarrotaron el Museo Tamayo, agotando las localidades para ver “Obsesión Infinita”, exposición que contiene más de 100 obras de la japonesa, y que estará en nuestro país hasta enero del 2015.

¿Qué es lo que vuelve a esta exhibición tan especial?, y ¿porqué está haciendo tanto eco en las personas? Eran preguntas que rondaban mi cabeza desde antes del 26 de septiembre, día de la inauguración.

Sin lugar a dudas, estaba a punto de presentar un fenómeno dentro de las exposiciones en nuestro país, -no me refiero tanto al contenido artístico, sino al poder de convocatoria; siendo honestos… ¡es rara la vez que un museo se ha quedado sin entradas disponibles!-.

Así fue como acudí un miércoles en la mañana, para toparme con una especie de híbrido monstruoso entre la fila de las tortillas a las tres de la tarde, la taquilla del metro Universidad, los baños públicos en el centro, y las cajas de Soriana en domingo, en pocas palabras… ¡HASTA LA MADRE!

Pero antes de que contar lo que me gustó, y lo que no, escribiré un poco acerca de quién es Yayoi Kusama.

Una hippi-onesa

Corría el año de 1957, los Beatles ya se encontraban en la mente de John Lennon, el conflicto de Estados Unidos y Vietnam comenzaba a cocinarse, y los gringos aprovechaban sus últimos años sin hippies. Del otro lado del mundo, en el continente asiático, una japonesa, nacida en Matsumoto, en el año de 1929, -sí, ¡es más vieja que Chabelo!- y miembro de una familia que se dedicaba a comerciar granos, tomaba sus maletas para emprender el largo viaje hasta Seattle, donde permanecería un año, para después mudarse Nueva York. Esta chica había estudiado Nihonga, un estilo de pintura japonés muy disciplinado, hasta descubrir que sentía una fuerte atracción por el vanguardismo, o como dirían los hipsters Condeseros: “avant garde”.

La chica que tomaría ese avión se convertiría en uno de los más grandes íconos en el art pop, junto a Andy Warhol, Joseph Cornell y Donald Judd, con quienes convivió y que significaron un parteaguas para su carrera.

Considerada una obsesiva en sus trabajos, mismo que la llevó a ser hospitalizada en varias ocasiones por no descansar, Kusama no tardó mucho en hacerse de un nombre importante en los Estados Unidos, gracias a los característicos lunares que impregnaban cada una de sus obras, como la “Red Infinita”, pinceladas curvas de un solo color, repetidas una y otra vez sobre un fondo contrastante.

Yayoi se aventuró al mundo de la escultura, aprovechando su reconocimiento. Así fue que formó sus obras tridimensionales; consistiendo en objetos cotidianos, pintados y recubiertos de una proliferación de formas repetitivas, como muebles, ropa y accesorios. Uno de sus mejores trabajos es “Food Obsession”, donde maletines, blusas y sillas están recubiertos de sopa de pasta.

El movimiento hippie sirvió para explotar aún más la popularidad de esta artista, que se define como feminista, delirante, obsesiva, rebelde y minimalista. Su leyenda se acrecentó al pintar desnudos a hombres y mujeres con sus característicos puntos brillantes, organizar orgías, presidir bodas homosexuales y reclamar a Richard Nixon por la guerra en Vietnam, llegándole a ofrecer “sexo vigoroso” a cambio de terminarla.

Foto: Museógrafo

Ya con instalaciones independientes, aprovechó para llevar sus lunares a otro nivel, en grandes cuartos, llenos de espejos para jugar con la imagen, añadiéndole juegos de luces que contrasten con el resto de la obscuridad.

Regresó a Japón en 1973, y tiempo después, tras intentos de suicidio y un precario estado de salud ocasionado por sus problemas mentales, decidió internarse en un hospital, donde vive hasta la fecha y sigue realizando trabajos no sólo de pintura y escultura, también de escritura y moda, mismos que le han valido el reconocimiento mundial.

Hay gente que nace “con estrella”, Kusama es una de ellas.

Los cuartos de Yayoi.

Regresando a aquella fila, destinada a hacerme pagar mi karma por flojo –juré llegar a las diez de la mañana en punto, pero esos “cinco minutitos más” terminaron por costarme mucho tiempo de espera- les contaré un poco sobre lo que puedes encontrar en cada una de las 10 salas de “Obsesión Infinita”.

Resulta que esta es la primera retrospectiva de la obra de Yayoi Kusama que se presenta en América Latina. Incluyendo trabajo suyos desde 1950, hasta 2014, he ahí su importancia.

La primera recomendación, -ya te habrás dado cuenta- es llegar temprano, y de preferencia entre semana, para que no te toque ir con tanta gente.

Llegar es muy fácil, el Museo Tamayo se encuentra en la primera sección de Chapultepec, te queda la línea rosa con el nombre del mismo bosque, la naranja en Auditorio, o el camión que pasa por todo Reforma; gastarás máximo 6 pesos por persona en pasajes.

La entrada también es muy accesible; 19 pesos para el público en general. Si eres estudiante, maestro o adulto mayor, no olvides llevar tu credencial y pasarás gratis.

A la primera sala, titulada “Walking Piece”, solamente pueden ingresar 30 personas. En ella verás fotos de una joven Yayoi, en su búsqueda por conquistar Nueva York.

Las imágenes fueron tomadas por el japonés Eikoh Hosoe, y muestran a la artista con el tradicional kimono floreado, caminando por el Lower East Side de Manhattan, acompañada de una sobrilla.

La segunda sala nos muestra las primeras pinturas que realizó Kusama cuando aún vivía en Japón. Realizadas con pinturas domésticas mezcladas con arena, sobre los costales de semillas del negocio de sus padres. Estos trabajos representan la visión apocalíptica que existía en la isla, después de los bombardeos gringos por la segunda guerra mundial. Honestamente, las primeras salas no fueron mucho de mi agrado, pero la cosa mejora con el andar de los cuartos.

En el tercer apartado se encuentran pinturas de la serie “Infinity Net”. Cómo mencioné anteriormente, aquí hacen su aparición los distintivos “lunares”.

Además, se encuentran algunas de las esculturas realizadas por la japonesa. Verás diez pares de zapatos pintados –el sueño de toda mujer-, moldes, blusas pintadas, sillas y también un maletín cubierto por macarrones.

La cuarta sala se titula “Caminando en el mar de la muerte”; presentada por primera vez en 1963. Esta obra consiste en un bote de remos con incrustaciones de tela, pintado de blanco. El trabajo está compuesto de diversas frutas como piñas, uvas y manzanas, pintadas de color plateado.

La quinta sección se llama “Sala de espejos del infinito – Campo de falos)”, y es de las mejores en la exposición. Consiste en un pequeño cuarto lleno de espejos y falos de tela estampada con puntos rojos, brindándote la sensación de estar en un lugar interminable. Lástima que sólo sea una sensación espacial y no temporal, pues tienes permitido permanecer máximo veinte segundos dentro del cuarto, -si no te gustó la foto que tomaste, ya ni modo-.

Kusama´s Self Obliteration es la sexta sala, donde podrás ver un filme experimental, realizado por la artista y el fotógrafo underground Jud Yalkut. Trata sobre orgías, drogas y la época hippie, -de hecho fue grabada en Woodstock-. Como todo el trabajo de Yayoi, la película es muy bizarra, básicamente encontrarás lunares, penes, sexo –o eso parece-, agua y música psicodélica.

Las siguientes tres salas, fueron lo que más me gustó. La primera se llama “Estoy por aquí, pero nada”. Realizada en 1990. La representación de una sala te espera. Sala y comedor salen de lo común por su luz tenue, -aunque me recordó los tables- que refleja con fuerza las calcomanías de colores pegadas en todo el cuarto. Los lunares regresan con todo su esplendor.

La sala ocho se divide en tres apartados: a, b y c. Encontrarás pinturas recientes  de la japonea, que sobresalen por sus diversos colores y técnicas, algo parecido a los primeros trabajos amorfos de la artista, aunque más vistosos, grandes y de mayor complejidad.

La tan esperada sala nueve se titula “Sala de espejos del infinito –Plena del brillo de la vida). Es un cuarto de espejos supuestamente infinitos, donde experimentarás un efecto que Kusama llama “borramiento”, donde, gracias a los reflejos, te sentirás en todas partes y en ninguna a la vez. Camina con cuidado y no hagas el oso de estrellarte con algún espejo. Además, el mayor encanto radica en los lunares colgando por todos lados e iluminando de diferentes colores la habitación, antes de que quede totalmente obscura por un breve periodo de tiempo.

La última sala presenta una serie de fotos, cartas, folletos y revistas sacadas del archivo personal de la mujer. Además encontrarás un video donde aparece cantando –bastante creepy, la verdad-.

Al terminar, puedes consultar el modulario, que contiene libros con información adicional sobre la vida y obra de Yayoi Kusama.

El recorrido en realidad no es muy largo, te lo avientas en hora y media, pero también existe la posibilidad de agendar un paseo con guía.

Si todavía te quedan ganas, no olvides checar el “Bienal de Pintura Rufino Tamayo”. Cuando termines, aprovecha de una vez las bondades del bosque de Chapultepec, observa a los voladores de Papantla, cómete un algodón de azúcar y una hamburguesa; después de tanta arte fresa, necesitarás regresar a la normalidad.

En conclusión, ya sé que todos aman a Yayoi y me lloverán algunas mentadas. No pretendo criticar su arte, pues yo soy un negado hasta para recortar. Su trabajo con los lunares, la convierten en una de las artistas más innovadoras y creativas, además de los cuartos con espejos, puntos y juegos de luz. Hay otras, como las esculturas de los zapatos, las redes infinitas, los primeros cuadros, la película y el video cantando, que no fueron de mi agrado; como todo, depende de gustos, así que no pierdas la oportunidad de visitar el museo y decidir si “Obsesión Infinita” es legendaria, o no.

 

 

 

Foto: Internet

 

 



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