El Juanga y la generación del celular

Estatua Juan Gabriel

Foto: Telemundo

 

En el texto Efecto Juan Gabriel no me logré expresar del todo bien pues tal vez mi mente estaba en otro lugar o no quería cometer un Nicolás-Alvaradazo, di un pequeño rodeo a lo que quería decir y no dije nada, me temblaron las yemas de los dedos al momento de golpear mi teclado; eso me provocó un sentimiento de vacío e inconformidad y aprovecho esta semana para decir lo que de verdad siento en lugar de escribir indirectas que nadie entiende, ni siquiera yo.

No logro comprender o dimensionar que tal cantidad de gente se reúna a llorarle a una persona que jamás conocieron de cerca. Yo no sé bien qué carajo representa Juan Gabriel más allá de lo que he escuchado y leído, sobre todo estas últimas semanas. Para mí es un artista, un showman de tradición mexicana que logró posicionar su música en los hogares de las familias mexicanas. Pero a mí ya no me tocaron esas épocas de oro. Lo que vivo hoy referente a figuras como él es un recuerdo, una anécdota, una exhalación. Nunca he ido a una fiesta o peda en donde suenen las canciones del Juanga. Jamás he estado en una cantina donde la música vernácula sea esencial. En la primaria me enseñaron a tocar en flauta dulce el Noa Noa. Su nombre llegó a mí en una época que no recuerdo a partir de los rumores de su sexualidad. Sólo unos cuantos contactos en mi Facebook de mi misma edad, 23 años, postearon algo relacionado a la muerte del Divo de Juárez; quienes sí lo hicieron tienen más años que yo.

A mí no me tocó el boom o el éxito de Juan Gabriel. Muchos tal vez estén subidos al tren del mame para ir a Garibaldi o Bellas Artes y tomarse una foto. A otros de verdad les impactó su música, los hizo llorar, suspirar, cantar y la pérdida de la imagen de la persona que le dio voz a su dolor por muchos años, se esfumó. Y seguro ha de doler. Mi música es otra, pero no me conmueve tanto como percibo que la música de anteriores generaciones a la mía los conmueve. Carajo. Yo no creo llorar por la muerte de un Tacubo o la de Leonardo de Lozzane o la de Saúl Hernández, que tal vez sería una de las más sensibles. No me veo yendo al funeral de León Larregui, José Madero o Julión Álvarez. ¿Por qué músico mexicano apuesta alguien de mi generación, de la generación del celular, que va a sufrir su muerte? ¿Acaso son artistas desechables que no saben cómo profundizar en el alma de su gente como lo hizo Juan Gabriel? ¿O lo que quieren decir, dicho está?

No me pegó la muerte de Juan Gabriel, voz de los optimistas. No me pegará la de Luis Miguel, voz de los pudientes amorosos. Ni la de Paquita la del Barrio, voz de las mujeres despechadas. Mucho menos la de Angélica María o Enrique Guzmán. Delicada sería la de José José, pero no haría que expulsara una lágrima. Me sorprendería el fallecimiento de cualquiera de los que mencioné como el de cualquier figura pública que conozco, algo normal. Pero nada más, porque no me tocaron esas épocas, su tiempo no fue el mío; me conmueven su música y sus letras, pero ya no me identifico con esas figuras que están a punto de ser luces apagadas, ni siquiera con las luces actuales recubiertas de diamantina. Los artistas de hoy dicen mucho sin decir nada y se pasan la vida dando nota al periodismo de espectáculos. ¿Por quién lloraremos en verdad? ¿Qué artista es nuestro artista? ¿Qué música es la que identifica a la generación del celular?

No entiendo por qué a tanta gente le duele la partida de Juan Gabriel y le llora a sus cenizas; tal vez sea porque soy víctima de mi propia generación, de mi juventud posmodernista.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


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