El peatón suicida

Peatón Buenavista

Foto: eluniversaldf.mx

 

Al menos un par de veces he estado a punto de morir a causa de uno de los tantos cruces infernales que hay en la Ciudad de México. Debo decir que prefiero ser un noble peatón a un enajenado automovilista. Y cuando me atrevo a tomar el volante intento no sucumbir a los claxonazos que los otros dan, como si fueran máquinas programadas, cuando se pone el verde de los semáforos. De igual manera cedo el paso al peatón, respetando su caminata como me gustaría que lo hicieran conmigo. Ignoro las provocaciones y mantengo una velocidad que considero sensata.

Alguna vez en el cruce que está bajando de metro Buenavista, donde los nuevos camiones morados van en contraflujo, me asomé a ver si ningún automóvil daba vuelta. Efectivamente, la avenida estaba sola y pensé que podía atravesar con tranquilidad, pues hasta los camiones estaban detenidos por el semáforo. No conté con que alguno de los choferes de uno de estos abortos de Barney decidió pisar el acelerador los más que pudo para rebasar a todos los demás, probablemente para agarrar pasaje, y cuando decidí dar el primer paso para atravesar la avenida sólo sentí la ventisca de una enorme lámina morada pasar frente a mí. Cuando menos me hubiera dado un sustazo haciendo sonar su claxon como de camión de basura, pero el conductor quiso ganarle a la vida misma.

Menos de un segundo fue la diferencia para que no fuera impactado letalmente por el monstruo púrpura y su manager frustrado. Con los nervios a tope y mis enflaquecidas piernas temblando me pregunté, al llegar al otro lado, si aún seguía con vida o en ese momento mi cuerpo ensangrentado estaba tirado al centro de un tumulto morboso que se persignaba con resignación mientras el camión escapaba a toda velocidad con su mancha roja en el frente y al fondo se escuchaba “¿que no ese güey escribía en Capitalino Errante?

Sobre Insurgentes, muchos son los automovilistas que quieren dar vuelta en cualquiera de las calles que cruzan la avenida más importante de la Ciudad. Alguna vez un taxista acelerado quiso ganarme el paso. Supongo pensó que era una tortuga andante por la mochila que llevaba en mi espalda. Caminaba sobre el paso de cebra. El taxista hizo el amague de querer dar vuelta sobre Puente de Alvarado. Se detuvo porque me vio. No iba a caminar más rápido para que su majestad, el taxista, o cualquier otro carro, pasara, porque el semáforo estaba en rojo y tengo el derecho de transitar sin apuración alguna las calles de mi Ciudad. Probablemente se desesperó, pensó que correría para cederle el paso a la máquina automotriz, y en un arranque de frustración aceleró para pasar por el espacio exacto que quedaba frente a mí de avenida. Por poco me aplasta los pies o me lleva con el espejo lateral. Pensé en contestar la agresión, aventarle una moneda hacia algún cristal, pero mejor decidí no caer en el barbarismo cotidiano de la capital.

En esta Ciudad los automovilistas se encuentran permanentemente confundidos y creen que quien tiene más derecho a pasar primero son ellos mismos, parodia de la mexicanidad, “si no pasa él, paso yo”, y nunca un “pase usted, señor”, creen que el peatón es quien tiene que ceder el paso y no al revés. Hasta las ambulancias se aprovechan de su sirena. Alguna vez un señor como de cincuenta años tuvo que aventarse al suelo para no ser arrollado por una de ellas y creo que aun así le logró impactar las piernas.

Aquí el peatón no vale nada, la vida de una persona vale una chingada y si la atropello, me doy a la fuga y no hay quien me alcance.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

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(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


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