La serpiente que se arrastró debajo de nosotros, teleshow y nacionalismo

Las miradas se cruzaron en el momento en que la tierra palpitó. Trece horas con catorce minutos. Treinta y dos años después del segundo terremoto más potente que se sintió en la Ciudad de México, aquel que provocó más muertes que cualquier otro. Doce días después del temblor más fuerte en la historia del país, el cual, por ser oscilatorio, no causó tanto destrozo en el corazón de una nación centralista. Dos horas después del simulacro con el que se recuerda el sismo del 19 de septiembre de 1985.

Todos salieron de sus casas u oficinas. Mejor dicho, casi todos. Por alguna razón, un sismo causa pánico aunque hayas nacido después del 85 o hayas sido un bebé y no recuerdes el temblor por antonomasia de la Ciudad de México, en aquel entonces Distrito Federal. La sangre se coagula dentro de tu cuerpo, se te tapan lo oídos, pierdes el control de tus pies, le pides a una fuerza extraña que pare el movimiento tectónico aunque no creas en un dios, huele a gas, descubres tus propios sentimientos al pensar por reacción inconsciente en los seres que más quieres. ¿Por qué nos da miedo la serpiente gigante que despierta de vez en cuando para arrastrarse debajo de nosotros? ¿Es Quetzalcóatl acaso?  Se aprende desde niño que el estremecimiento de la tierra es la antítesis del vaivén de la cuna; mientras uno calma y duerme, el otro despierta y alerta, arrullo urbano que nos mece y agita antes de la paz infinita de los que sobreviven a la destrucción. El miedo vidente que pronostica el fin del mundo chiquito.

 

Teremoto CDMX

Foto: Debate

 

Se sintió fuerte. Pánico programado. La vida en la ciudad se volteó. El mundo al revés. Las calles vacías se llenaron y las oficinas y escuelas llenas se vaciaron. El temor se incrustó en nosotros, porque sin verla, sentimos cómo respiraba en nuestra nuca la tragedia. Al detener nuestro régimen de vida para caminar por las calles de regreso a casa, nos comenzamos a percatar de las desquebrajadas costras que cayeron de la piel de los edificios por el estremecimiento reciente. Algunos no dimensionaron la magnitud hasta que el efecto Doppler de las ambulancias rasgó sus oídos. Esta vez no fue Zabludovsky quien recorrió las calles en un vocho para cronicar por radio el cataclismo. Los teléfonos celulares movilizaron a sus compradores a grabar, intercambiar y subir videos a las redes para narrar la resaca de la cloaca urbana.

Televisa tomó el papel principal como animadora informativa de un drama involuntario. ¿Qué nos hizo olvidar nuestro odio a la caja idiota?  ¿La sensibilización televisiva con la que crecimos? ¿El melodrama del que formábamos parte en tiempo real y donde podíamos sentirnos un poco protagonistas? Los reporters asistieron a las zonas generadoras de rating, dejando a un lado a las colonias escondidas en el traspatio de la Ciudad. En busca de la nueva telenovela que nos mantuviera al tanto de su transmisión, encontraron al enano crecido: el Colegio Enrique Rébsamen, donde poco a poco Danielle Dithurbide nos fue envolviendo en una narrativa de intento de rescate de una niña que más tarde llamarían Frida Sofía.

 

Colegio Enrique Rébsamen

Foto. Publimetro

 

Mientras eso sucedía, los hombres-hormiga descendieron en la escala social para convertirse en obreras, ayudando a mover escombros de los edificios caídos o a transportar alimentos y medicinas a las zonas donde se requería. El trabajo paró. La educación paró. El futbol mexicano paró. El país se movió. El mundo siguió su curso. Raúl Jiménez anotó un gol con Benfica y mostró a la cámara portuguesa un mensaje patriotero que no ayudaba en nada que decía “Fuerza México”, trending topic nacional por varias horas. Héctor Herrera, Miguel Layún y “Tecatito” Corona portaron, en lugar de su nombre en la camiseta del Porto, el mismo mensaje inservible, útil si acaso para promover el nacionalismo absurdo. El Ejército que alguna vez nos mató,  ahora nos rescataba. Ante la necesidad de una figura heroica, nosotros, millenials, brindadores de virtudes humanas a los animales, nos tatuamos el rostro de una perra con el chaleco de la Marina que tenía por nombre Frida. ¿Paralelismo causal de la niña imprecisa del Rébsamen? Los rescatistas japoneses, recibidos por los medios como rockstars,  que pisaron nuestro suelo para ayudar, simpatizaron con el animal. Algún héroe noble entre tantos falsos que el día de mañana seguirán siendo parte de la barbarie había que encontrar. La fotografía de una bandera en movimiento curvilíneo, rendida ante el viento, rompió las redes sociales, una imagen de un mañoso patriotismo o de un nacionalismo practicado a lo bestia. Sobre la cima de una pirámide de concreto de un edificio caído en la calle de Ámsterdam, un grupo de militares dirigió la letra del Himno Nacional a capella que entonaron decenas de voluntarios desde abajo. ¿A qué le cantaban con tanta solemnidad ritualera? ¿A la corrupción inmobiliaria que se cobró tantas vidas? Llamadas de Ámsterdam es una novela de Juan Villoro, autor que se volvió tendencia en redes por el esporádico poema proveniente de un cuentista y novelista: “El puño en alto”, texto vigoroso que nos pone en los zapatos de cualquiera que se pudo haber salvado, que pudo haber muerto, que fue voluntario o brigadista o rescatista. El internet como noticiero global.

En el Colegio Rébsamen un nervioso hombre no identificado con casco y chaleco que al parecer era brigadista pidió, y repitió en cadena nacional varias ocasiones, gracias a su tropezada dicción y a la insistencia de la reportera del momento, Danielle Dithurbide, una serie de materiales que necesitaban para rescatar a Frida Sofía. Diez vigas IPR de cuatro pulgadas de doce metros. Tubular PTR de tres pulgadas. Una barra. Cinco garruchas. Polipastos. Cadenas. Soldadores. Y la Carabina de Ambrosio. Con ese ánimo urgido, pero efímero de ayudar, las redes volvieron a unir sus ecos virtuales. Sin saber qué era lo que estaban pidiendo, el mensaje se replicó, esperando que alguien sacara de su Barney-bolsa todo el material necesario para rescatar a la niñita aún atrapada bajo los escombros, que según “fuentes oficiales” ya se había comunicado con el exterior por medio de un celular; ya había visto a varios de sus compañeros alrededor suyo; ya había notado que frente a ella se encontraba la parte trasera de un automóvil, por lo que suponían podía estar en el estacionamiento; incluso ya le habían dado de beber agua mediante una manguera y pasado un Game Boy que por un descuido no tenía pila. Si la Marina y el Ejército estaban en el lugar, e incluso el Presidente Enrique Peña Nieto y el Secretario de Educación, Aurelio Nuño, lo habían ido a inspeccionar, ¿acaso no bastaba una llamada para pedir todo el material necesario a algún ente burocrático que lo pudiera llevar hasta allá? ¿Por qué pedirlo con tanto apremio a la ciudadanía? ¿De verdad iban a esperar que un hombre cualquiera sacara de su recámara todo ese material y cruzara la ciudad en calzoncillos para entregar todo en un corto lapso de tiempo con el objetivo de lograr algún rescate lo más pronto posible?

 

Brigadistas Sismo CDMX

Foto: Scoopnest.com

 

Pudo haber sido mal periodismo. Falta de investigación y corroboración de datos. Malinformación por parte del integrante de la Marina que habló por primera vez de una niña bajo los escombros. Teléfono descompuesto entre todo el orden disimulado que había entorno al Colegio venido a menos. Parecía que Televisa, a causa de la tragedia social, había recuperado su nobleza y honestidad, lo que le devolvía un poco de la credibilidad, respeto y confianza que había perdido durante el último sexenio. Con su cobertura, parecía que nos informaba con total transparencia sobre lo que ocurría en distintos puntos de la Ciudad de México, pero en especial en el Colegio Rébsamen, donde todo un país depositaba su atención por la historia que se estaba contando ahí, ante la necesidad de aquella épica que todos buscamos en nuestra vida, atrapados por el suspenso de un largometraje transmitido en vivo, en busca del héroe del cuento, la novela fantástica, el desenlace feliz, conmovidos por la esperanza de volver a ver la inocencia de una niñita desconocida para experimentar alivio y sentirnos parte de la Historia para poderla contar de primera mano a nuestros descendientes.

Cuando el portal de Aristegui Noticias, luego de seguir de cerca esta trama, entrevistó a ciertos reporteros de otras cadenas, a familiares de rescatistas y a algún voluntario, la especulación de una farsa, de una narrativa de ficción televisiva, tomó fuerza, pues las declaraciones de éstos apuntaban hacia allá. “El único medio que tiene asientos en primera fila es Televisa, a los demás no nos dejan entrar”. “Ya no hay nadie ahí adentro, lo que están haciendo es un teatro, lo del puño levantado para pedir silencio es parte del teatro, pero ya no voy a decir nada más porque tengo miedo”.

Ángel Enrique Sarmiento, subsecretario de Marina, afirmó ante los medios de comunicación que no existía nadie en el interior del Colegio Rébsamen con el nombre de Frida Sofía. Carlos Loret de Mola y Denise Maerker, figuras principales de la cobertura del sismo en Televisa, exigieron una explicación a la Marina sobre la falsa información que le habían proporcionado a su reportera, Danielle Dithurbide. ¿Les jugaron alguna mala broma? ¿Qué intenciones e intereses hubo detrás de todo esto? ¿Quién inventó la triste historia? ¿Fue en verdad un montaje, un teleshow? ¿O una confusión larguísima? ¿Qué fue lo que en verdad pasó? Probablemente nunca lo sabremos. El único beneficiado con este cuento fue Televisa, al menos, por un par de días, antes de que se descubriera que Frida Sofía nunca existió. Horas después, Sarmiento volvió a salir a las cámaras a pedir disculpas por la desinformación que hubo durante el tiempo que duró el supuesto rescate. ¿Por qué el subsecretario de Marina primero enfrentó al medio de comunicación cuando declaró la inexistencia de Frida Sofía y tiempo después pidió disculpas? ¿El poder de rodillas frente al verdadero poder? Tras estos acontecimientos, las cámaras abandonaron el lugar y ya nadie hizo caso a la señal de silencio en el Colegio Rébsamen.

 

Sismo CDMX

foto: TVC News

 

En los días siguientes, de las ruinas se seguían extrayendo al mundo cuerpos sin vida. Otros volvieron a nacer dentro de los úteros de concreto. Los silencios cuarteados se fueron levantando con maquinaria pesada para dejar libres las calles y los nuevos espacios vacíos, donde días antes, cuando aún había una construcción en pie, alguien no alcanzó a salir. Las oficinas volvieron a llenarse, los restaurantes, algunas escuelas. Las calles se abandonaron con el anhelo de acercarnos, a partir del cataclismo, un paso más hacia la utopía. El miedo se quedó en el centro de aquello que nos define. Qué paranoia sentimos cuando nos bañamos. Qué repentino mareo nos acecha cuando caminamos. Qué sofocante se volvió el vagón del Metro. Dos terremotos en doce días nos provocaron asfixia. Ahora el corazón palpita más fuerte y tiene principios de taquicardia cada dos horas. Bolsas viejas de papel ocupan el lugar de los pulmones. El cerebro se llena de sangre e inmediatamente se vacía. La piel se arruga y los cabellos se erizan. El interior del pecho es golpeado por un gran bloque de hielo. La saliva se vuelve arena. Los párpados se esconden detrás de los ojos. Las pupilas se dilatan sin necesidad de algún estimulante. Y nuestras miradas se vuelven a cruzar para verificar que por debajo de la tierra no se arrastre una serpiente.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

@mauricioneblina



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


Déjanos un comentario