La Taberna de la Revolución

Visitamos una cantina de más de 50 años de antigüedad

 

En una esquina de la Tabacalera, donde cruzan las calles Ponciano Arriaga e Ignacio Mariscal, se encuentra una pequeña cantina que en sus exteriores se anuncia como Restaurante Bar La Taberna. Tienes que bajar un escalón por una puertecita de madera para pisar sus interiores de mosaico blanco. El espacio es muy reducido, por lo que las mesitas cuadradas están muy pegadas. Todas tienen su mantel blanco cubierto por plástico y son rodeadas por sillas metálicas, como si de una fondita se tratara.

 

La Taberna de la Revolución

Esquina y entrada La Taberna. Foto original.

 

El lugar se siente acogedor. Íntimo. El techo y todas sus paredes están cubiertas de madera. El toque de calidez necesaria para estar a gusto. Si alguien se animó a ponerle cinco pesos a la vieja rockola te recibirá la clásica música ranchera mexicana de José Alfredo Jiménez, Jorge Negrete, Pedro Infante, Chavela Vargas o Juan Gabriel, y si te portaste mal, no dudes que escucharás ‘rata de dos pataaaas…’.

 

La Taberna de la Revolución

Vieja rockola. Foto original.

 

Si asistes a la hora de la comida y pides una cerveza para bajarte el calor, te llevarán a tu mesa unas pequeñas, pero muy sabrosas quesadillas de papa como botana. En cambio, por la noche, recibes un tazón de palomitas caseras. La bola de cerveza oscura es lo mejor. Antes costaba treinta pesos, ahora le subieron cuatro pesos más. La copa está congelada y la cerveza de barril bien fría.

 

La Taberna de la Revolución

Bola de cerveza y palomitas. Foto original.

 

La música ranchera pone el ambiente, mece las emociones y tranquiliza las almas

 

La noche toma forma en la Ciudad de México. Apenas son las siete cuando llegamos. Las prostitutas comienzan su turno; caminan, como en loop, alrededor de La Taberna. Las nubes se condensan en el cielo. Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia.

Una pareja está sentada en el lugar más arrinconado de La Taberna, junto a la ventana que da hacia Ignacio Mariscal, la calle de donde salen de quién sabe dónde las prostitutas. Tres amigos ríen junto a ellos, silenciando para los demás la charla que la pareja pueda tener.

 

La Taberna de la Revolución

Mesa y refrigerador La Taberna. Foto original

 

Varios treintones con traje beben y platican en la segunda mesa que ofrece vista hacia Ponciano Arriaga, por donde se ve caminar a varios transexuales ofreciendo sus servicios. Al fondo, en la última mesa, dos hombres con saco y corbata, y dos mujeres de vestido, se desestrezan haciendo bromas.

No hay gritos. No hay aspavientos. No hay mala copas. Cada quien tiene su propia intimidad entre la melodía de las guitarras rancheras que ocultan las voces de la realidad.

 

Como en una película del Cine de Oro Mexicano…

 

Desde uno de los cuadros colgados en la pared, Pancho Villa observa con gran interés la lucha libre en la televisión que está a un lado de la puerta al pasado. Pedro Infante observa lo mismo desde la cantina de la barra y varios estáticos personajes revolucionarios color sepia hacen lo propio desde el interior de sus fotografías.

Una exótica clienta de rasgos andróginos entra. Lleva puesto un entallado vestido con estampado de flores y contorno fluorescente que resalta sus buenas curvas, propiamente delatadas por no ser naturales. Mira de reojo a todos los clientes y pasa entre las mesas, por el pasillo que se forma, directamente hasta la barra.

 

La Taberna de la Revolución

Pancho Villa mirando las mesas desde su cuadro. Foto original.

 

En La Taberna no hay distinción de sexo, mucho menos de edad. Por la puerta entra un bastón, sostenido por un hombre viejo que parece hijo de Santa Claus. El señor viste un chaleco rojo, su barba y cabello poseen un tono muy blanco, al igual que su rostro, remarcado por unas chapas rosas en las mejillas. Toma asiento en una de las mesas del fondo. Mira hacia todos lados y sonríe.

La llovizna cae más tupida. Las prostitutas, como cinta en carrete, siguen caminando alrededor de la colonia, pero ahora con paraguas. Por la ventana, algunos observamos sentados desde adentro de La Taberna cómo contonean su cuerpo. No importa si alguna vez fueron hombres. A una de ellas la llama un cliente desde un carro. Se inclina para observar el rostro de la calentura y sus nalgas nos apuntan, sometiéndonos a la carnalidad.

 

La Taberna de la Revolución

Cantina La Taberna. Foto original.

 

Llegan dos mariachis soberbios y elegantes. “¡Qué pasó, Don Berna!”, casi grita uno de ellos. Se acercan al viejo que parece hijo de Santa Claus, le estrechan fuerte la mano y le dan un breve abrazo. Ambos músicos se dirigen a la barra y saludan de beso a la señora que la trabaja. Permanecen ahí bromeando. No le hacen mucho caso a la mujer del provocativo vestido, quien ríe un poco y observa en silencio. Deciden regresar con Don Berna.

Los mariachis, como las prostitutas, salen de la nada. Entran dos más y realizan el mismo ritual que sus compañeros. Todos reunidos en torno al viejo, deciden cambiarse de mesa a una más amplia, a lado de nosotros. La mesera le sirve vino tinto al popular señor y los mariachis ordenan tarros gigantes de cerveza. La aparente sexoservidora se aleja de la barra y se despide: Adiós, Don Berna.

– ¿Quién es el señor que todos conocen? -le pregunto a la robusta mesera.

– Es el encargado y le gusta la Revolución.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

@mauricioneblina



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


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