Las miradas se cruzaron en el momento en que la tierra palpitó. Crónica del #19S

Comenzaré este texto con un cliché porque tal vez no hay otra manera de empezar, pero tal vez, líneas más abajo, desharé, voluntariamente, lo dicho.

Ante las desgracias provocadas por el sismo del 19 de septiembre, cadáver resucitado del terremoto del 85, la sociedad mexicana ha demostrado que sí hay héroes dentro de ella, humanos silenciosos dispuestos a colaborar ante la catástrofe, personas solidarias que salen a la calle a ayudar a quien lo necesita con lo que esté a su alcance. 

Pensé que era un mareo, pero cuando un compañero de trabajo y yo nos miramos, como dos enamorados, y sentimos lo mismo, concluimos instintivamente que no era algo íntimo y pasional, un síncope de enamoramiento. Estaba temblando. Acababa de contestar un güats y de enviar un tuit, acciones antifrenesí. ¿Cuándo me iba a esperar que mi pulsación se elevara tanto como la del corazón de la Ciudad?

Salimos enseguida de la casa disfrazada de oficina, nosotros, las ratas computarizadas con lentes, con la sensación de un vaivén apenas perceptible. Luego de dar unos pasos hacia la calle, los espectros de 1985 reclamaron su día, ocuparon su espacio entre los vivos, dejando nuestro sentido auditivo a expensas de su murmullo entre placas tectónicas que se acomodaban debajo de nosotros liberando una energía densa, entre gritos, entre expresiones de asombro, espanto y groserías.

Los vecinos y los empleados de ambas empresas que se encuentran en esa calle de la Roma Sur se reunieron en conjunto, hincados, en cuclillas, arrodillados y algunos en plegaria,  en medio de ambos extremos de la misma, entre edificios tambaleantes, árboles y cables de luz descontrolados. Viaducto Miguel Alemán se detuvo, ningún carro circulaba. Algunas personas huyeron hacia allá. Yo me quedé en medio de ambas zonas en espera de que terminara la sacudida. “Que termine, por favor, que ya termine, por favor”, le pedí al diablo que golpeaba el techo desde el centro del planeta hasta que su última voluntad fue tirar un edificio que dejó desnudo al que estaba detrás, como una radiografía en la que se ve el interior. Preocupado por no poder comunicarme con mis padres, la única familia de sangre que me importa de verdad, y con mis manos convulsas, decidí regresar a casa.

 

sismo Insurgentes

Foto original.

 

Tenía que cruzar casi toda la ciudad para poder saber algo de mis padres. Pensé en dos rutas. Elegí la que me pareció más corta, aunque no por eso menos larga. Caminé, junto a tres de mis compañeros de trabajo hacia Insurgentes, rodeando la colonia Condesa. En el trayecto intentaba, de manera fallida, establecer comunicación con mis viejos. Las personas, cuando debían de estar enclaustradas en sus oficinas o en restaurantes durante su hora de comida, permanecían en las calles, intentando hacer lo mismo que yo. Mi preocupación crecía por informar que estaba bien y saber las mismas noticias.

El cascajo caído de algunos edificios se volvió parte de la decoración urbana, incluso se acentuó el estilo con algunos vidrios rotos sobre el asfalto de algunas ventanas de pisos altos. Cerca de una escuela no nos dejaron pasar junto a ella, argumentando que la construcción estaba muy debilitada. Los vecinos y los trabajadores de Protección Civil permanecían bajo resguardo en un parque cercano. Los civiles no cesaban su deambular por la ciudad.

 

Incendio Forum Buenavista

Foto original.

 

Deseé tomar Metrobús, pero al llegar a Insurgentes, todos los convoys de este transporte estaban detenidos. La gente caminaba sobre el carril que me escupía hasta mi primer destino: Buenavista. Me despedí de mis compañeros e ingresé dentro de la multitud. A momentos aumentaba la velocidad, incluso trotaba para ahorrar tiempo. La señal de mi celular era inexistente, sólo podía acceder al internet por un breve tiempo cuando apagaba y prendía mi estúpido e indispensable aparato. ¿Habrá sido parecida la movilización de la gente a sus hogares en el 85?

A la altura de Reforma ayudé a un par de personas a bajar por la puerta trasera del paralizado Metrobús. Varios metros más adelante vi humo en el cielo, proveniente de un lugar que se me hacía conocido. Seguí avanzando hasta que mis suposiciones tomaron forma. El incendio era en el último piso de Forum Buenavista, aquella plaza comercial que he visitado tantas veces. Luego de insistir continuamente por más de una hora logré escuchar la voz de mi madre. Ella y mi padre se encontraban a salvo, al igual que la colonia donde vivo. Ningún inconveniente.

 

Incendio Forum Buenavista

Foto original.

 

Tardé otra hora y media en poder sentarme en el sillón de mi sala. Por medio de Tuiter, supe entonces de todos esos héroes anónimos que comenzaban a movilizarse a las zonas de mayor afectación, a los edificios derrumbados, a los centros de acopio. Esos héroes que el día de mañana volverán a insultar, afilarán los codos para ganar un lugar en el Metro, se estacionarán en doble fila, le darán un dinero a algún policía para que no los multe o los pase en la verificación, se harán los dormidos en el autobús para no ceder el asiento a una viejita. ¿Acaso es necesario un derrumbe urbano y la psicosis social, oportunidad de selfis y laics para el reconocimiento de gente que no importa, para que lo héroes se construyan y se sientan importantes?

HÉROES hay que ser todos los días y si hoy ayudas, mañana, cuando los fantasmas del 85 nos vuelvan a dejar paz, sé uno de ellos , no le cuentes a tus nietos que sólo un día de tu vida lo fuiste y mejor cuéntale que lo eres a diario.

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

@mauricioneblina



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


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