Los despreciables vacacionistas regresan

Metro CDMX

Foto: ipp.mx

 

Recordaba el Metro por la mañana como el escape del Armageddon. A las seis a eme aún accesible. Vacío. Con la gente cabeceando y bostezando por la desmadrugada. El vagón con aroma de matutino aliento de leche que hace fruncir las narices. Cinco minutos después. El Metro siguiente. El caos. Cada vagón hasta la madre. La gente empujando a otros para que las puertas puedan cerrar. Donde cabe uno, caben diez. Dar el primer paso al interior del vagón es señal de victoria. A huevo, ya la armé. Cruzo mis brazos, como en sarcófago, cierro los ojos y el resto lo hace el gordo que empuja, que no puede entrar. Me dejo llevar y voy avanzando poco a poco hasta tener un tubo de donde agarrarme frente a mí.

Desde que mis clases eran por la mañana, no usaba el Metro tan temprano. Ahora, con una nueva rutina, obedeciendo al paso de la vida, he vuelto a ocupar ese transporte en horas en las que debería estar babeando mi almohada. Por fortuna y para acostumbrarme al supuesto crecimiento, me tocó regresar al Armageddon en Semana Santa. No lo había previsto pues para mí todos los días eran puente o vacaciones o sabáticos o cualquiera de las mil formas en que se le pueda nombrar al asueto. Los dones de traje y bigote, los contadores, los arquitectos, los albañiles, los estudiantes de comunicación, las madres solteras y luchonas, los morros precoces de secundaria, los acosadores, los masturbadores, los monjes tibetanos, las prostitutas desveladas y todo obediente oficinista descansaron. La ciudad estaba vacía, decían mis compañeros a diario. En efecto. Bendito Metro. Ojalá estuvieras así todos los días.

La semana de Yisus se acabó. Todos los que disfrutaron de las playas contaminadas, que las contaminaron aún más, regresan a la Ce De Mex. El dinero que pudieron ahorrar para el enganche de su propio auto, lo gastaron en jicaletas de Caleta y Caletilla. Sé que sería lo mismo si compraran un carro pues en esta caótica ciudad no cabemos más. Se debería legislar a favor del uso obligatorio del condón. Cualquier embarazo se mandaría a juicio. Los embarazos accidentales, por ruptura del preservativo, no tendrían alguna sanción legal; ya será suficiente castigo tener un hijo. Para los embarazos planeados, los que no puedan comprobar su concepción accidental, madre y padre serían acreedores a una dolorosa multa que consistiría en educar de buena manera a su retoño. Ya son muchos los cretinos que vagan por las calles.

Preferiría que los vacacionistas ahorren para tener su propio carro. Las avenidas se atascarían de latas con ruedas, chiflidos, mentadas de madre y claxonazos. Pero el transporte público vendría más accesible. Soy egoísta. No conduzco. No estoy tan loco para hacerlo. Es mejor mandarles la bronca a los automovilistas. Así, yo podría leer en el Metro y no llegaría sudado a cualquier lugar.

 

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

@mauricioneblina



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


Déjanos un comentario