Me sentí de VICE y me fui de cacharpo en un microbús de la CDMX para ver qué se sentía (y escribir un reportaje)

HACIENDO BASE

Don Panchito da medio giro a la llave. Se acomoda en el asiento. Estira la espalda. Presiona el botón de arranque. Carraspea. Clutch. Mete segunda –magia microbusera, ellos no usan primera-. Acelera. Saca clutch. Despacio. El motor ruge y las ruedas avanzan. Son las 7:00am. Estaciona su carro cuatro metros adelante y se forma tras la número 60, listo para esperar su turno.

Ya dio su primera vuelta del día. Salió por la calle de Ingenieros Militares, atravesó la colonia Argentina Vieja. Tomó la México-Tacuba, pasó a buen ritmo y llegó a la Alameda Central. Dejó a su pasaje. Hizo base dos cuadras más para allá. Vació su vejiga. Esperó un cuarto de hora y regresó al Toreo. A formarse una hora con diez minutos.
El señor Francisco Zepeda, de 60 años, no parece notar todo lo que hace. Fresco como lechuga, se revuelve en su asiento para responder mis preguntas. Cuando la micro número económico 60 se mueve, él enciende su motor y avanza otros cuatro o cinco metros. Todos su movimientos están memorizados, calculados. Y es que 26 años de practica, de 5 de la mañana a ocho de la noche, cuatro días a la semana, hacen a un gran maestro.
“Mi trabajo no es pesado”, me dice mientras me acomodo en mi asiento y truenan los huesos de mi espalda, después de una extenuante hora entera de entrevista.

paradero metro toreo
¡SÚBALE, SÚBALE!

Si usted es chilango, mexiquense, defeño o simplemente visitante en la grandísima Ciudad de México sabe que tiene mil y un maneras de trasladarse de un punto a otro. Doce líneas de metro –una en reparaciones y las demás se caen de viejas, pero pos ahí están-; el Metrobús que tiene su propio carril en la avenida más grande de Latinoamérica –en horas pico se conoce la gente muy, pero muy de cerca-; el Trolebús, que no utiliza gasolina y va por el Eje Central, a doble sentido –la mejor parte del recorrido es bajarse en Salto del Agua y echarse unos churros del Moro-; el Tren Suburbano, que ahorra una hora y media de recorrido del DF al Estado de México –incluye 180 pesos semanales en puro trenecito. Como europeos-; el Tren Ligero que lleva a los ciudadanos a la hermana república de Xochimilco y alrededores –nota: no subirse en días de partido del América-; el RTP, que con sus cuatro pesitos se puede andar en distintas rutas por todo el exDistrito –realmente es un buen transporte-; las combies, que con sus puertas automatizadas evitan el desgastante trabajo de que la abra el pasajero sentado junto a ellas –se sigue buscando la solución a que se agarre de puerquito al que va detrás del chofer con el famoso “¿sí le molesto si le pasa uno?”-; los camiones que van a todas las terminales del metro (Indios Verdes, Toreo, Rosario, Martín Carrera, Tacubaya, Tláhuac, etc.) y vienen de distintos puntos del Estado de México, Morelos y hasta Pachuca, Hidalgo… taxis, ubers y demás cosas que el lector ya debe conocer de sobra.




Sin embargo, como cereza del pastel, como cono de helado con punta de chocolate, cual Coca Cola bien fría y con hielos, como el Bésame Mucho de la música, tenemos a los microbuses. ¿O son las microbuses? No importa, son geniales.

Con todo y su confuso artículo, estos aparatos –llenos sean de gracia-, llevan a miles de pasajeros a través de sus 267 de rutas e incontables ramales en las principales avenidas, calles y ejes de la ciudad. Sus líneas verdes y grises características -que a un avezado Jefe de Gobierno del DF se le ocurrió que apoyaban la ecología-, el incontrolable traqueteo de sus ventanas –que parecen tener vidrio de 300 pulgadas, porque nunca se rompe ni se romperá-, la música cumbiera a todo volumen –que poco a poco es sustituida por Toño Esquinca y su muchedumbre- los asientos graffiteados y rasguñados por manos latosas, además de el rugido inconfundible de su motor, hacen de estos camiones el transporte más folclórico de México, pero también el menos cotizado.

“En sus comienzos lograron abatir un enorme problema de movilidad en la Ciudad de México, pero con el paso del tiempo se ha ido desvaneciendo la utilidad de las unidades, mismas que se conservan desde ésas épocas. Para la actualidad sugiere únicamente que debe ser reemplazado por medios más eficientes y menos dañinos a la sociedad, que está en aumento. Los micros son insuficientes para esta gran urbe. Se deben buscar alternativas económicas y ecológicas, prácticas y ágiles para la comodidad de los transeúntes y pasajeros”, platica Daniel Hernández, antiguo editor de Milenio.

“La unidades están horribles y descuidadas. Son súper viejísimas y muy inseguras”. “Es culpa del gobierno, que no hace nada por corregirlo”. “A mí me da mucho miedo subirme a una, siempre andan asaltando por todos lados”. “Los choferes abusan de tu necesidad, cobran de más”, son las voces de algunos pasajeros que se repiten constantemente por todas las rutas.

micros cdmx

¿SI SE PUEDE IR RECORRIENDO, POR FAVOR? GRACIAS

Don Panchito es un hombre de estatura promedio, cabello canoso -pero no mucho-, de cara sonriente y bonachón. No es el estereotipo de microbusero que nos ha regalado Televisa con el poco creíble Adrián Uribe, su cabello engomado y albures de tres pesos. Don Panchito sólo terminó la primaria, pero su habla es fluida, tiene un vocabulario muy amplio y no trae el chale en la boca. Y no, no escucha a los Ángeles Azules ni trae su microbús con luz de neón a los costados.

“Este muchacho no se acordó de moverlo”, me dice al darse cuenta que ya se adueñaron de su lugar en la fila. “Todo lleva un orden bien desordenado, aquí en la ruta”.

Está casado -acaba de celebrar su aniversario número 32– y tiene tres hijos, una Licenciada en Relaciones Internacionales,  un Diseñador Gráfico y una Comunicóloga recién egresada. “Los tres agarraron el mismo camino: CCH Azcapotzalco y luego FES Acatlán”, comenta con una sonrisa orgullosa.
Ha pasado media hora en la base del Toreo. El sol empieza a asomarse y a calentar. El chofer me platica que es de un pequeño pueblito cercano a Toluca, hermano de nueve, se vino a vivir a la ciudad a los 13 años y desde ese entonces trabajó. Empezó de mozo e hizo una carrera de casi diez años en Sanborns, donde conoció a su esposa. Meses después su concuño “me dice, vente compadre (éramos, porque ahora ya ni eso), acá se hace buena lana. Tú decides cuándo y qué días trabajas, cuáles no, cómo trabajas y no le respondes a nadie más que a ti mismo. Y pues que me pongo a ver unas unidades, salió una buena y así empecé”.




Verlo y escucharlo genera un contraste con el paradigma social del chofer urbano –Y capitalino. Y mexicano-. “Yo vendí mi unidad, de hecho ésta no es mía. Ahorita ya me podría retirar y vivir de la renta de mis placas, pero aún tengo a Vicky en la casa, así que no puedo darme ese lujo”.

Victoria es la hija menor de la familia Zepeda y orgullosa describe el trabajo de Don Panchito. “Cuando nací él ya llevaba un año manejando. Recuerdo que llegaba como a las ocho de trabajar y yo ya estaba pendiente del momento en que viera el micro llegar a la calle. Salía corriendo, le daba su beso y me quedaba con él hasta que terminaba de estacionarlo, de cerrar las ventanas y de juntar y guardar su dinero, luego le ayudaba a cargar su suéter o su caja de herramientas”

Don Panchito ve con tranquilidad su día a día, parece tener bien planeado el futuro cercano y habla con bastante calma de su pasado. Es bastante delgado para estar sentado todo el día, además de que come en la calle.

Su más grande problema es la hora de ir al baño, cosa que logra con un bote vacío. Le pido que me aguante tantito, que voy al sanitario de la gasolinera. Me ve con cara de risa y me ofrece el bote. Me sonrojo y se ríe de mi. “A mi también me daba mucha vergüenza, pero pues ni modo, hay que acostumbrarse. Para hacer del dos, ahí si que está duro, debes acostumbrar a tu cuerpo a ir a la misma hora todos los días”.

ADIÓS AL PERIODISMO, HOY EMPIEZO DE CHOFER

La rutas están compuestas por distintos ramales que a su vez se dividen en roles –de 45 a 46 camiones cada uno-. Después entre los roles se reparten los días de trabajo. En la ruta 99 –de dos ramales: uno que va de Cuitláhuac a Echegaray y el otro, de Cuatro Caminos a la Alameda Central-, donde trabaja Don Panchito, antes había 332 unidades. Hoy en día sólo –léase con sarcasmo- hay 245 en la misma ruta. Al día trabajan cuatro roles, por lo que hay 80 unidades en cada ramal trabajando al día. “Por eso hacemos tanta base”.

Y nomás de ocio –además de que la página de la Setravi no carga en su sección de registro de transporte público-, calculamos el número de microbuses que rolan por toda la ciudad. Registradas encontramos 272 rutas. Suponiendo que el número de camiones promedie los 200 –nótese que la ruta de Don Francisco es de las más cortas que existen-, se puede pensar que hay más de 54 mil peseras por todo el Distrito Federal. ¿Pos apoco sí son negocio?

“Lo que cuesta es la concesión, las placas y el permiso de la ruta. La unidad ya está muy devaluada. 30 ó 35mil pesos”. Mordemos nuestro pan y le damos un trago al atole, desayuno que sustituye a la torta. Ya se le habían acabado a la del puesto. “La concesión se tenía que estar renovando cada cinco años. Y a los 20 te la podían quitar. Después tuvimos un dirigente que anduvo de aquí para allá logrando buenas cosas, hasta que nos lo mataron, hace unos 20 años. Desde entonces se nos fue la ruta para abajo”

Don Panchito explica que antes se trabajaba diario, sin día de descanso. “Te cansabas, te aburrías de tantas vueltas que dabas. Llegabas a la base y había filas y filas de gente. Ahora se ha alentado mucho el servicio, porque tenemos que buscar el pasaje. Tenemos que ir más despacio, por eso la gente ya no nos prefiere y se va en metro”.

El misterio del trabajo de los checadores es fácil. Están ahí para ‘controlar’ el tráfico, para que sea parejo el tiempo que cada micro espera en la base. Obviamente entre mejor te lleves con ellos y más entre –cuota- les dé el chofer, más segunditos le roban al camión de atrás. “Por regla tenemos que darles un pasaje mínimo, de cuatro pesos. Pero hay compañeros checadores que ni gritan ni nada, sólo te piden la tarjeta y se van a platicar por ahí. Hay varios en cada ruta y te dicen cuanto tiempo hay entre camión y camión, para que vayas controlando cuanto pasaje subes. Si el de adelante se va haciendo guaje y no te está dejando nada, puedes rebasarlo para recoger más pasaje”.

En algunas rutas hay microbuses que trabajan por tiempo y tienen que llegar a una hora específica a la base. Si se pasan, los pueden sancionar con una vuelta menos. De ahí vienen las carreritas tipo Rápido y Furioso que se dan en las avenidas.




De los asaltos, dice Don Panchito, ha tenido un ángel de la guarda. “A los compañeros a cada rato los andan parando aquí en el panteón, los desvían y desvalijan a la gente. A mí se me han subido a lo mucho tres veces en estos más de 20 años de servicio”.

Y es que el dinero de los pasajes queda en el camión todo el día, ya que no hay ningún recaudador en la ruta que les ayude. “No es tanta lana la que se junta al día. Lo más que llegas a juntar aquí es lo de la cuenta, el combustible y lo que quede para ti (risas). Un promedio de $1600, $1700. Cuando sacas $2000 es porque ya te rayaste”.

En días normales se dan $750 de cuenta y en vacaciones $600. Si no se junta, pues “ya te endrogaste. Hay gente que debe hasta 25 mil pesos ahorita”. La cumbia se oye de fondo. “En días flojos te quedan $400. En los buenos es de $800 a $900 para ti”. “Yo trabajo sólo los días que quiero. Trabajo por un poquito más de dinero, pero no me hace falta. Pero pues tengo vigente el tarjetón, así que hay que aprovecharlo”. El lector dirá cómo sería cuando no había tanta competencia. Aún así, adiós a los reportajes, yo me meto a manejar.

choferes peleando

¿ME DEJA EN LA ESQUINA POR FAVOR?

“Aquí ves a compañeros que nomás nunca se van a pasear. Nosotros, ahí en tu casa –gracias-, nos gusta darnos nuestros lujos. Mi hija mayor ya se fue a Europa de paseo. Hace año y medio nos regaló un viaje a Cancún. Yo ya le dije a mis hijos que de mi no esperen que les deje nada. Yo sólo les doy las herramientas para que se defiendan en la vida”.

Así de despreocupada describe su vida el señor chofer. Su día a día, aunque pueda parecer pesado, es realmente tranquilo en teoría. La parte difícil es el pasaje, la gente que se sube a su unidad durante el día. “Nos dan cursos de cómo tratar con la gente, pero siempre hay algunos, que hijo, se pasan. De ahí en fuera es muy tranquilo”.

El chofer en la capital mexicana es estigmatizado, criticado y muy condenado por conductores particulares y peatones. Estos los ven como seres sin alma ni sentimientos, que sus pies y manos nacieron pegados a la palanca, pedales y volante. No piensan –ni quieren hacerlo- en sus motivos para acelerar o frenar, para rebasar o detenerse a recoger pasaje. El claxon es el grito de guerra en la calle en contra de los Don Panchitos de la Ciudad de México. Ellos ya están calados, porque saben que su chamba es así. Hay que estar día a día, correteando la chuleta –y al pasaje, también-. Y bueno, mientras tengan para sacar a su familia adelante, que vengan las mentadas, los cerrones y las carreritas, que se reciben con gusto.

Victoria me ayuda con el remate: “Pues fíjate que no recuerdo haber sido molestada en sí, de pronto la gente hacía comentarios demeritando el oficio, pero recuerdo que en mi graduación de sexto de primaria fue él quien nos llevo a mi y a mis compañeros al salón donde fue la fiesta. Ese día todos se portaron bien y hasta les pareció divertido tener un papá chofer; de seguro después de eso querían un papá como el mío”.






Fundador y Director de Capitalino Errante. Periodista, escritor, fotógrafo, viajero. Puedes hablar mal de mí en twitter.com/eder_bay.


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