Orangutanes andantes en el Metro

Metro lleno

Foto: Mobogenie.com

Toda mi vida he viajado en Metro. Nunca me di cuenta, cuando era niño, del atascadero que se formaba ahí adentro. ¿Qué interés podría yo tener en ese entonces de reflexionar acerca de ello? Sin embargo, desde que poseo una conciencia más aterrizada en la realidad, me ha interesado observar a la barbarie que se reúne en torno a los vasos sanguíneos de esta impaciente Ciudad.

En casi todas las estaciones con transbordo se puede apreciar el show de los orangutanes andantes, quienes compensan la falta de un cerebro evolucionado con la fuerza física. Sin ninguna expresión oral, porque les comió la lengua el ratón o porque como mexicanos le tienen miedo a la otredad, diría Octavio Paz, meten de espaldas su cuerpecito al vagón y apoyan las manos en el marco de la puerta automática para empujar con las nalgas a sus semejantes. Hay quienes, por más masoquista que parezca, disfrutan del aplastamiento masivo y ríen a carcajadas, pensando que es diversión, sin reflexionar que es un problema de convivencia social, evidenciando su carencia intelectual.

Aquellos orangutanes andantes que afilan los codos para ingresar al vagón del Metro, también se quejan del mal gobierno, sin pensar en la contradicción que esto representa, evidenciándose, una vez más, como seres subdesarrollados que deberían ser aislados del mundo pensante hasta que logren desarrollar una conciencia civil tolerable.

En mi estudio zoológico logré observar dos comportamientos sorprendentes que resaltan sobre la conducta general de esta aborrecible fauna urbana dentro de su ecosistema:

En algunas estaciones se colocaron líneas amarillas sobre el andén para que los orangutanes se formen de manera ordenada, esperen a que sus iguales salgan del vagón y después ellos ingresen. Increíblemente, esta estrategia funciona. Hay algunos a los que su instinto los traiciona; en ellos habrá que trabajar más. Hay otros que, por la costumbre, se ven tentados a desobedecer; sin embargo, al ver la línea amarilla y el comportamiento de sus similares, un dolor moral los aqueja y regresan a formarse. Los estímulos conductuales son efectivos para ellos, como para todo animal.

La segunda observación que me sorprendió mucho fue cuando decidí adentrarme a los lugares más oscuros de ese ecosistema, a las estaciones más concurridas, en las horas de mayor afluencia y mimetizarme entre ellos, camuflarme para contemplar de primera mano lo que ellos viven. Noté que estas criaturas tienen bastantes dificultades para bajar en el paradero que desean, debido a que los demás se aferran al tubo de donde están agarrados y no se sueltan, no dan posibilidad de pasar a quien lo necesita por miedo a que otro abuse y le gane su lugar. A pesar de ello, resolví intentar con una estrategia diferente a la de los empujones y jaloneos. Descubrí, con base en mis investigaciones, un hueco clave dentro de esta narrativa urbana, un par de palabras mágicas que abren a los orangutanes andantes como Moisés abrió los mares: con-per-mi-so, o cualquiera de sus variantes; también se le puede agregar: por-fa-vor.

Con este estudio de campo concluí que los orangutanes andantes, a pesar de ser seres sin raciocinio, dentro de su alma tienen una luz latente de conciencia, que muy pocas veces se manifiesta y que con ayuda de ciertos estímulos, su demostración de inteligencia se hace más constante.

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

@mauricioneblina



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online y Tierra Adentro.


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