Un perreo del Edomex en la CDMX

Ven bái-la-lo, ay, ven gó-za-lo

 

La Zona es conocida por eso mismo, por ser rosa y no hay más explicación. A lo largo de la calle de Amberes conviven entre sí varios bares que dan la bienvenida a la comunidad gay. Pero casi todos están vacíos, tal vez, por su relajado ambiente. Ninguno como el Gayta Bar, que en contraste con los demás, todas las tardes del fin de semana, está atiborrado de gente.

Luego de ser revisado en la puerta, sólo porque llevo mochila, entro y enseguida las gotas de sudor surgen de mi frente y resbalan por mi rostro. El cambio de clima es instantáneo, como bajar de un autobús con aire acondicionado en tierras acapulqueñas. Intentar conseguir mesa es imposible, a menos que llegues súper temprano.

Para alcanzar la barra, que está hasta al fondo del lugar, tienes que estar dispuesto a que te torteen, a que te la arrimen y a arrimarla. Intentar caminar entre el reducido espacio de los cuerpos apretados es muy parecido a querer entrar al vagón del Metro Hidalgo en hora pico. La banda se amontona en el baño y no te deja pasar. Los demás bailan y ni te pelan.

 

Gayta Bar

Fiesta en el Gayta Bar. Foto original.

 

Shaky, shaky, shaky

 

Los meseros, como constructores de la borrachera, cargan sobre su cabeza cartones de veinticuatro chelas. Mientras, las sombras homogéneas, como un oleaje apresurado, se mueven en la oscuridad bailando al compás del perreo antiguo. Los tubos de table dance que sostienen desde el suelo el techo del bar son ocupados por esbeltos preparatorianos.

 

Gayta Bar

Carta Gayta Bar. Foto original.

 

Eddy, el barman, me dice que la especialidad de la casa se llama Tacones al cielo, una mezcla de vodka, tequila, ron, gin y mandarina. “Nadie aguanta más de dos, va flameada”, sentencia a todo aquel que desee aceptar el reto. No deseo probar suerte, pues los apuntes para esta crónica no se hacen solos.

 

Gayta Bar

Eddy prepara un trago. Foto original.

 

Uno de los meseros echa desodorante en la zona de mayor congestionamiento humano, ahí donde el perreo se vuelve más intenso. Tomo una foto de las sombras vivientes y alguien en la barra, con margarita en mano, me mira intuitivamente y se va. Varios ojos me aprecian con rareza cuando la pluma, entre el calor y la fiesta, se desliza sobre la libreta.

 

¿Dónde están las atrevidas?

 

Sobre la barra, hay una cubeta con hielos y descansa adentro, como botella de champán, una cerveza acompañada de una rosa. Al lado de mí, hay una pareja a la cual no le había hecho caso hasta que uno de ellos me habla. “Tú sí aplicas la de fiesta y tarea”, me dice  casi al oído para ser escuchado. Le explico que no es precisamente lo que hago. En eso, un mesero pasa por detrás cargando un botellón y sin saber si es a propósito o no, siento el arrimonsote de ida y de vuelta también.

 

Gayta Bar

Poseidón: Vodka, ron, tequila, gin, Sprite, granadina y curaçao azul. Foto original.

 

“Pues aquí tienes mucho material, aunque hay pura pose, pero de todos modos encuentras de todo”, me cuenta en confianza mi nuevo camarada: Efrén. Su acompañante se va, tal vez al baño. Le pregunto a qué se refiere con “todo”. “Sí, pues de toda clase de gays; aquí hay mucho chichifo y señores que se aprovechan de los chavos inexpertos, que vienen con lana para invitarle los tragos a uno. Por eso luego los menores sufren, por su idea del amor”. El chavo de lentes que viene con él regresa y se nota un poco molesto por ser ignorado, incluso celoso. Detenemos la charla.

 

Corazón de seda

 

Eddy toma la carta para preparar otro de los tragos clásicos del lugar: el Dragga, hecho con vodka, fresa y curaçao azul. Lo sirve en un caballito y me muestra cómo es que luce una vez terminado.

 

Gayta Bar

Foto original.

 

Hasta la barra llega una chica muy guapa, muy maquillada, con una perfo en la nariz que brilla desde la entrada y dos amigos fuertes y altos que no se le despegan. Me basta mirar un par de acciones de ambos para saber que no quieren algo con ella. A punto de lanzarme al encuentro, Efrén se despide de mí.

 

Gayta Bar

Dragga: Vodka, fresa y curaçao azul. Foto original.

 

– Oye, ¿te late que les tome una foto a los dos antes de que se vayan?

– Sí, por qué no.

Al muchacho de lentes parece no gustarle la idea. Le digo que Efrén nos dijo que eran novios y que quiero hacerles una foto. Él hace un gesto de desaprobación. Efrén le guiña el ojo. El muchacho dice que sí son novios. Ya no le creo. Le pregunto su edad para entrar más en confianza. Bromea, dice que tiene quince. Sólo él se ríe. Después corrige y descubro que es veinteañero. Se ve más chico. Efrén lo termina por convencer para que capture el momento. Clic. Y antes de irse…

– Oye, Efrén, no me dijiste cuántos años tenías.

– Treinta y cinco.

Y con él, ¡un chichifo!… como muchos otros que presumen sus esbeltos, planos y jóvenes abdómenes de preparatorianos que bailan en el tubo cercano a la salida, sintiéndose más conectados que nunca con su feminidad.

 

Gayta Bar

Chichifo y Efrén. Foto original.

 

 

 

**Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor y no son necesariamente compartidas por Capitalino Errante**

@mauricioneblina



(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en en el fanzine Punkroutine y en las revistas Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl y Tierra Adentro.


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