Terremoto en Insurgentes 300

Insurgentes 300 se movía de un lado a otro, sacudiendo sus 420 despachos con furia, azotando las puertas que quedaron abiertas y rugiendo con cada ladrillo y ventana; era como un señor de 60 años que se enoja porque no lo dejan dormir.

 

Insurgentes 300

 

Llevo casi un año viviendo en el Edificio Canadá, Condominio Insurgentes, Insurgentes 300, Medellín 143… El que está entre Metrobús Sonora y Álvaro Obregón. El que parece un libro abierto que abraza a Insurgentes y le da la espalda al asquerosamente caro Mercado Roma. El que ayer crujió como si se fuera a derrumbar piso por piso, desde el 17 hasta el sótano.

Después de todas las bromas de mis amigos sobre el Depa de la Muerte, sobre si saltar de la terraza a un árbol sería buena idea en caso de temblor, que si lo mejor era quedarse ahí esperando, de que ya no iba a aguantar otro sismo como el del ’57 y el ’85… ayer, después de todo, los más de 50 condóminos del edificio sentimos el rigor.

Porque no, olvídense del ridículo artículo de Vice -con todo y sus fotografías de puesta en escena- y las últimas publicaciones sobre balaceras y fantasmas. Insurgentes 300 SÍ está habitado, SÍ tiene servicios, NO está abandonado y NO hay zombies caminando entre los oscuros corredores…

Pasillo insurgentes 300

Eran las 11 y cacho de la noche. Acababa de abrir la puerta a mi roomie. Me acosté y entre sueños escuché el mugido de vaca que se hace llamar alerta sísmica. Hace casi dos años escribí un artículo sobre los 50 segundos que te da ese ruido para bajar a una zona segura; obviamente me paralicé y mandé a la mierda mi texto.

Salí a la sala con Edgar y me senté en el sillón, en boxer y con mis calcetas largas. Le dije “a lo mejor es falsa alarma, wey” y pum, empezamos a girar. Marcela salió de su habitación y comenzaron a debatir sobre bajar o quedarse. Todo esto pasó en menos de 10 segundos.




 

Según yo, arriba del tercer piso no debería tratar de escapar. Pero cuando vi a Marcela agarrar las llaves, sonó un CRAC espantoso, como si el edificio se fuera a partir en dos. En calzones y con aquellos al aire, corrí hacia la puerta, mientras la luz se iba en toda la Colonia Roma, Norte y Sur.

El pasillo parecía una carretera, recta y oscura; nosotros éramos como los choferes de trailer, sin luces, pero con un camino conocido. Durante los 10 segundos que nos tomó llegar a las escaleras, Insurgentes 300 se movía de un lado a otro, sacudiendo sus 420 despachos con furia, azotando las puertas que quedaron abiertas y rugiendo con cada ladrillo y ventana; era como un señor de 60 años que se enoja porque no lo dejan dormir.

Torre central insurgentes 300

Bajamos a la calle y vimos dos destellos de luz, de los que ya se habló mucho por todas partes. Caminamos hacia Mama Rumba y nos acercamos a la bola de gente. Del edificio de a lado salió un humo blanco, pero se disipó en seguida. Miramos hacia arriba y la torre del edificio -ésa sí abandonada- se movía como lanchita en mar abierto.

Con las piernas hechas gelatina, me acerqué a un valet parking y le pedí un cigarro. Casi me regala la cajetilla, de lo blanco que me vio. Claramente yo era el único ridículo que bajó en calzones; al menos traía algo en los pies.




 

Después de ayer, no sé si debo sentirme bien de que el edificio haya aguantado tantos temblores. Al menos dos de ellos destruyeron la ciudad. ¿Aguantará otro o ya mejor no le jugamos al vivo y nos vamos de ahí?

La pura palabra terremoto es poderosa. Y cuando la pienso, a casi 12 horas del sismo más fuerte en 100 años, le creo a mis amigos cuando me dicen el buena suerte… ¿será bueno seguirla retando?

Insurgentes 300 1985



Fundador y Director de Capitalino Errante. Periodista, escritor, fotógrafo, viajero. Puedes hablar mal de mí en twitter.com/eder_bay.


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